La vendedora de ostras había empujado la puerta porque nadie respondía a sus llamadas. Venía a ofrecer algo para la cena; halló una casa donde hasta el gesto más ordinario estaba a punto de volverse sospechoso. En el interior se oían los gritos de una mujer. Instantes después, Mary Edmondson corría en busca de auxilio, y los vecinos franqueaban el umbral de Mrs. Walker con la premura atolondrada de quienes aún no saben si habrán de apagar un fuego, reducir a un ladrón o contemplar a un muerto.
Este último deber era el que les aguardaba. La dueña de la casa yacía tendida junto a una mesa cubierta de ropa blanca. Tenía la garganta seccionada. Su sobrina mostraba una herida en el brazo y hablaba de hombres que habían entrado por la parte trasera, de un forcejeo, de amenazas de muerte. Para prestarle oídos, habría sido menester que la estancia concediese una tregua y dejara de reclamar la atención de todos. Pero aquella habitación parecía narrar ya una historia muy distinta.
La casa de la tía
Mary era hija de un labrador de las inmediaciones de Leeds. La relación del Newgate Calendar sitúa su llegada a Rotherhithe unos dos años antes del drama, con el fin de vivir junto a su tía viuda. Esta circunstancia apenas aporta detalles sobre su intimidad cotidiana. No deduciremos de ella ni una devoción intachable ni un odio larvado durante largo tiempo: las familias albergan con frecuencia motivos para convivir de los cuales los expedientes criminales solo conservan aquello que sirve al propósito de una acusación.
La noche del crimen, una visitante, Mrs. Toucher, había abandonado la vivienda. Mary la había alumbrado con una vela para cruzar la calle y luego había regresado al interior. Siguen a esto la llegada de la vendedora, las voces de alarma, la carrera de la joven hasta la casa de Mrs. Odell y los hombres a quienes se fue a buscar a un establecimiento cercano. Eran trayectos breves. Sin embargo, habrían de ocupar un lugar desmesurado en las actuaciones judiciales, pues entre la partida de una visita y la irrupción del vecindario era preciso encajar el tiempo material de un asesinato.
Mary afirmó que cuatro hombres habían irrumpido por la puerta trasera. Uno de ellos habría sujetado a su tía; otro la habría amenazado a ella misma. La herida del brazo, según declaró, se la produjo al quedar este atrapado contra la puerta durante la huida de los asaltantes. Aquel relato tenía la virtud de explicar su presencia junto al cadáver y el desorden reinante. Padecía, en cambio, de una flaqueza terrible: los hombres de quienes dependía su veracidad ya no estaban allí.
Los vecinos podían examinar a Mary. No podían interrogar a sus cuatro desconocidos.
Una herida acusadora
Entre las personas congregadas figuraba un tal Holloway. El Calendar le atribuye un papel determinante. Observó el corte del brazo y no creyó que hubiese podido producirse del modo descrito. De esa discrepancia pasó directamente a la incriminación: Mary habría degollado a su tía para después fingir un ataque y desviar las sospechas. La joven sufrió un desvanecimiento; se le prestaron cuidados y, al día siguiente, las pesquisas adoptaron la senda que aquel primer examen había abierto.
Conviene detenerse un instante en este viraje, no para reabrir la causa a dos siglos de distancia, sino para medir la soledad que allí da comienzo. Antes del reparo de Holloway, una herida podía interpretarse como el testimonio de un peligro corrido por Mary. Tras él, esa misma laceración se convertía acaso en la prueba irrefutable de una impostura. Nada había cambiado en la carne de su brazo; todo había mutado en la mirada de quienes lo escrutaban.
La indagación del coroner dictó su encarcelamiento. Los encargados de velar por los bienes de Mrs. Walker registraron minuciosamente la vivienda. Los objetos cuya sustracción se alegaba no confirmaban el saqueo narrado; un reloj de faltriquera fue hallado oculto en el retrete. El repertorio antiguo expone estos hallazgos como indicios abrumadores. No nos autoriza, empero, a suponer una mano ajena que nadie vio depositar la alhaja, ni una confesión que la inculpada jamás pronunció.
Para la acusación, sin embargo, las piezas encajaban a la perfección. Ya no hacía falta perseguir las sombras de cuatro fugitivos por las callejuelas de Rotherhithe: bastaba con demostrar que jamás habían cruzado aquel umbral.
El sábado de Kingston
Ante el tribunal de lo criminal de Kingston, el proceso descansó sobre una serie de circunstancias que bien podían relatarse por separado, pero cuya suma trababa contra Mary una cadena harto difícil de quebrar. Su presencia, sus explicaciones, la herida, las piezas recobradas: los jurados escucharon un bloque compacto, mientras que a ella le correspondía desarticular cada eslabón. Se trata de una desventaja bien conocida por los reos que solo disponen de un testimonio frente a un cúmulo de sospechas; cuanto más lo reiteran, con mayor insistencia se les reprocha haberlo prefabricado.
El veredicto fue de culpabilidad. Mary se mantuvo inquebrantable en su negativa. El Calendar, que dista de compartir su firmeza, recoge no obstante sus cartas y sus protestas de inocencia. Esta discordancia entre el personaje y su cronista constituye una de las razones para frecuentar los antiguos anales del crimen: a menudo pretenden conducirnos hacia una certidumbre incontestable, al tiempo que preservan palabras que nos impiden acomodarnos del todo en ella.
Condenada en sábado, la joven debía ser ajusticiada el lunes. El tiempo disponible se redujo hasta no contener más que un puñado de visitas, una carta y los preparativos de una partida definitiva. Escribió a sus padres. La muchacha que había marchado a Londres para acompañar a una tía regresaba a ellos bajo una forma que ningún hogar sabe cómo acoger: unas líneas remitidas por una sentenciada a muerte, cuya lectura ya nada podía cambiar del desenlace venidero.
Ignoramos cuál fue la respuesta paterna. No inventaremos, para añadir dramatismo a esa última noche, a una madre desolada corriendo por un camino de postas ni a un padre cuyo caballo se detiene demasiado tarde. El silencio de tales escenas deja espacio suficiente para el espanto.
La voz preservada
El 2 de abril de 1759, Mary fue conducida a Kennington Common. La crónica antigua da cuenta de su traslado, del alto antes del último trayecto y de su llegada al lugar de suplicio. Allí ratificó su inocencia y perdonó a quienes habían propiciado su condena. Semejantes declaraciones no anulaban los indicios; mas tampoco los indicios impedían que aquellas palabras fueran pronunciadas. La justicia penal había concluido su fallo. La conciencia del lector no se despide siempre con idéntica ligereza.
Tras su muerte, el cadáver fue entregado al hospital de Saint Thomas para la disección preceptiva según las leyes penales de la época. La causa pasaba de este modo del vecindario a los tribunales, del tribunal al cadalso, y de allí a otra mesa de madera, donde otros hombres diseccionarían lo que Mary ya no podía aclarar. La casa de Mrs. Walker, por su parte, hubo de ser restituida al orden. Se impuso disponer de la lencería, del ajuar y de cuanto la difunta había dejado sin prever para un día después semejante.
Al principio, una vendedora de ostras había empujado una puerta entreabierta. Ninguno de los vecinos que entraron tras ella podía prever entonces qué palabras sobrevivirían en los legajos. Hoy conservamos las de una acusada que jamás confesó, enfrentadas al haz de conjeturas que selló su condena. Sería demasiado fácil pretender forzar, en nuestros días, una reconciliación que los documentos se niegan a otorgar.
Mrs. Walker había perdido la vida. Mary entregó la suya sin renunciar a su verdad. Entre ambas muertes perdura una interrogación más inquietante que cualquier secreto desvelado: ¿qué es lo que en verdad sabemos cuando hemos alcanzado la certeza?
