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Justicia y escándalos · Inglaterra

Los vecinos no habían absuelto

Christopher Slaughterford: un veredicto no basta para devolver un hombre a su ciudad

Pidió que lo metieran en prisión. Los magistrados que acababan de enviarlo de vuelta a su casa habían creído hacerle un favor; Christopher Slaughterford descubría, al retomar el camino de su hogar, que un hombre puede ser libre de sus movimientos y no hallar ya en ningún sitio un lugar donde permanecer. A las puertas, las conversaciones se interrumpían cuando él se aproximaba. Lo dejaban pasar con esa cortesía particular con la que las pequeñas comunidades envuelven a veces sus más crueles certezas. Quería un juicio. Se imaginaba que, tras el veredicto, no tendrían más remedio que devolverle su buen nombre.

Jane Young había desaparecido. Había sido vista con él; esta circunstancia, transmitida al principio como una simple información, no tardó en cargarse de todas las explicaciones de las que se carecía. En un asunto turbio, el último hombre visto junto a una mujer posee el temible privilegio de proporcionar a cada cual el comienzo de una historia. El resto se añade con facilidad, sobre todo cuando puede contarse en voz baja.

Las galas de la boda

Slaughterford procedía de una familia de molineros de Surrey. Tras su aprendizaje y varios empleos, se había hecho cargo de una maltería en Shalford; su tía gobernaba la casa y su trabajo le había procurado cierto desahogo. Nada, en este comienzo, se parecía a las aventuras que las coplas de ciego prometen al vulgo. Un negocio propio, algunos ahorros, una mujer para atender el hogar: se daban allí los elementos de una existencia a la que los vecinos conceden de buen grado su aprobación, hasta el día en que esos mismos elementos se convierten en las piezas de una acusación.

Jane, por su parte, había hablado de matrimonio. Su ama, Elizabeth Chapman, habría de declarar que la muchacha había dejado su servicio anunciando dicha esperanza y que había comprado ropas para la ocasión. Reparemos en estas ropas, que no son el detalle más espectacular del sumario, pero acaso sí el más triste. Una joven se había preparado para ser recibida bajo otro techo; le había dado a su porvenir una forma lo bastante precisa como para elegir lo que vestiría al cruzar el umbral.

La última noche en que se la vio junto a Christopher fue la del 5 de octubre de 1703. Luego pasaron los días. Quienes la buscaban preguntaban si se había casado, si se había reunido con algún conocido, si había regresado a casa de aquella a quien servía anteriormente. Las preguntas circulaban de una casa a otra sin traer consigo respuesta alguna. Christopher decía ignorar dónde se encontraba. Lo que un inocente podía responder era también lo que un culpable habría podido decir: la dificultad del juicio entero residía ya en aquel encuentro.

Aproximadamente un mes más tarde, hallaron su cadáver en un estanque. Presentaba marcas de violencia. A partir de ese instante, ya no se habló de una ausencia que explicar, sino de una muerte por la que alguien debía responder.

Un veredicto que no basta

Cuenta la antigua crónica que Slaughterford se presentó por su propio pie ante dos jueces de paz. Estos no lo retuvieron. Él habría podido considerar tal decisión como una liberación; pero una resolución judicial no se lleva grabada en el rostro, y la gente con la que se cruzaba seguía leyendo en él otra cosa.

Fue, pues, a buscar a un tercer magistrado y rogó ser encerrado. La prisión de Marshalsea le abrió las puertas. Puede medirse lo que este paso supone de confianza en la justicia, o de desesperación ante la opinión pública: elegir una celda porque la calle se ha vuelto inhabitable, preferir las preguntas de un tribunal a las miradas que nadie está obligado a explicar. No buscaba únicamente que lo dejaran en paz. Quería que una autoridad declarara públicamente lo que él repetía sin ser creído.

En las asambleas judiciales de Kingston, un jurado lo absolvió.

Nos gustaría poder escribir que el asunto concluyó allí. Sería atribuir a una sentencia un poder que los hombres no siempre le conceden. Para quienes se habían persuadido de su culpabilidad, aquella absolución no demostraba en absoluto su error; revelaba únicamente que los jueces habían estado mal informados. Su indignación tenía en adelante dos motivos: la muerte de Jane y el regreso de Christopher.

La familia de la joven era pobre. Varios vecinos contribuyeron a las costas de un nuevo proceso, entablado en nombre de su hermano Henry Young según el procedimiento especial que describe el relato antiguo. Así, el dinero del vecindario dio una segunda vista a su convicción. Podía verse en ello la abnegación de gentes decididas a no desamparar a una muerta; podía reconocerse también la fuerza de una comunidad que no toleraba que le hubiesen respondido que no.

Las mismas palabras, otro hombre

Ante el Tribunal del Banco de la Reina, bajo la presidencia de Holt, la acusación retomó, en lo esencial, las pruebas ya escuchadas. Pero aquellas pruebas no eran objetos cuyo peso cualquiera hubiese podido comprobar sobre una balanza. Eran encuentros, comentarios de segunda mano, horas nocturnas, impresiones mudadas en testimonios.

Un hombre aseguraba haberse cruzado, hacia las tres de la madrugada, con una pareja no lejos del paraje donde se había descubierto el cuerpo. El hombre vestía ropas claras; Christopher las había llevado. El testigo había oído después el grito de una mujer. Aquella concatenación resultaba terrible y, sin embargo, mediaba un abismo entre distinguir un color en la noche y reconocer a un asesino.

Dos mujeres referían palabras que se antojaban abrumadoras. En una conversación, Slaughterford habría bromeado con una grosería singular sobre el modo en que se desembarazaba de las mujeres. En otra, al ser interrogado acerca de Jane y sobre la posibilidad de una criatura, habría respondido entre lágrimas. Los mismos ojos podían ver en aquel llanto el remordimiento de un culpable o la pesadumbre de un hombre abatido; la misma crudeza de lenguaje podía pasar por una confesión embozada o por esa necedad a la defensiva de la que ni siquiera los inocentes se hallan siempre a salvo.

La tía de Christopher y un muchacho de la casa sostenían que había dormido bajo su techo la noche del crimen. Su cercanía con el reo podía invitar al recelo; les brindaba asimismo la posibilidad de saber dónde se encontraba. He aquí precisamente lo que vuelve tan difíciles de sopesar ciertos testimonios: el motivo para escucharlos es a veces el mismo por el que se sospecha de ellos.

El segundo jurado lo declaró culpable.

Lo que dejó tras de sí

Hasta su muerte, Slaughterford sostuvo su inocencia. Los ministros del culto que lo visitaban albergaban la esperanza de obtener una confesión; una entrevista solicitada a un eclesiástico de Guildford hizo creer incluso que cambiaría por fin de actitud. Repitió lo que ya había dicho. Una conciencia culpable puede guardar silencio; una conciencia inocente no posee, para defenderse, palabras de una especie distinta. El mutismo del remordimiento y la obstinación de la verdad pueden, vistos desde fuera, asemejarse de un modo aterrador.

Fue ejecutado en Guildford el 9 de julio de 1709. Antes de morir, entregó una declaración en la que rogaba en particular que se dejase de hacer recaer su suerte sobre su madre, su tía y sus allegados. Ya no podía salvar su propia vida; intentaba todavía impedir que su nombre arrastrase en su caída las de los demás.

El Newgate Calendar, que transmite esta causa, se inclina a considerarlo víctima de los prejuicios de su vecindario. Es el juicio de dicha crónica, no una prueba nueva de la que dispongamos. No sabemos devolver a Jane Young el relato certero de su última noche, ni tampoco transformar las protestas de Christopher en demostración de su inocencia.

Quedan dos vidas cuyo final no se esclarece por completo la una con la otra. Una mujer había comprado galas de boda. Un hombre había pedido entrar en prisión para poder salir de ella inocente. Las ropas no habían hecho a la esposa; el primer veredicto no había hecho al hombre libre. Entre la esperanza de Jane y la confianza de Christopher, una comunidad había pronunciado las palabras que deseaba oír. La justicia se había pronunciado dos veces. La duda, en cambio, había sobrevivido.

De este caso podría nacer un libro

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El vestido de Jane

Una costurera ficticia encuentra la prenda encargada por una joven desaparecida. Al buscar a quién devolvérsela, tropieza con las dos versiones de un mismo crimen.

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El segundo jurado

Un pasante sigue el nuevo juicio entablado contra un hombre absuelto. Entre una familia que clama justicia y una ciudad que se niega a dudar, descubre el precio de cada declaración.

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Los nombres de la ciudad

Tres volúmenes recorren una comunidad inglesa: la desaparición de una criada, los pleitos que dividen a las familias y la investigación emprendida, una generación más tarde, por una heredera de aquella querella.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El Newgate Calendar da cuenta de la absolución de Christopher Slaughterford, del nuevo proceso instado por el hermano de Jane Young, de su condena y de su ejecución en 1709. Esta antigua recopilación prima los relatos ejemplarizantes y toma aquí partido por el condenado. Conservamos su incertidumbre sin convertir dicha opinión en prueba de inocencia. Las intenciones atribuidas al vecindario corresponden a la interpretación literaria; ninguna declaración judicial se cita de forma literal.

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