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Venenos y herencias · Inglaterra

El frasco que fue lavado

Theodosius Boughton muere tras haber tomado un remedio. Su madre conserva un olor en la memoria; su cuñado ha enjuagado los frascos. En Warwick, los médicos y el jurado deberán juzgar lo que queda.

La madre había administrado el remedio; el cuñado había lavado el frasco. Cuando la justicia quiso averiguar qué había ingerido el joven, no quedaban más que una etiqueta, recuerdos y el agua sucia de una palangana donde a nadie se le ocurrió buscar la muerte de inmediato. En la alcoba, todos habían querido hacer algo. Fueron precisamente esos ademanes, consumados en mitad del espanto, los que reaparecieron más tarde ante los miembros del jurado, despojados de su turbación y ordenados según la lógica de una acusación formal.

Situémonos junto a una criada imaginaria, ocupada aquella mañana en sacudir un lienzo en el corredor. Oye una llamada, se detiene y ve pasar a otra sirvienta con objetos cuya importancia aún no alcanza a vislumbrar. Se aprieta contra el muro para dejarla correr. El lienzo se le escurre de las manos y cae al suelo. Durante meses, en los relatos que hará de aquella mañana, volverá a evocar ese lienzo; jamás sabrá en qué instante preciso lo recogió.

Una casa antes de la herencia

En 1780, sir Theodosius Boughton residía en Warwickshire junto a su madre, su hermana y el esposo de esta, el capitán John Donellan. El joven baronet se hallaba próximo a la mayoría de edad. Una fortuna considerable dependía de su vida, de sus eventuales herederos y de las disposiciones familiares. Su hermana estaba llamada a beneficiarse de su desaparición en las circunstancias que la acusación no tardaría en detallar. En aquella mansión, el porvenir contaba, pues, con varios beneficiarios posibles, y uno de ellos ocupaba el aposento donde acababan de llevar una pócima.

Donellan dejaba tras de sí una carrera militar y una existencia mundana en Londres. Había desposado a la señorita Boughton en 1777. Nada en aquel parentesco le obligaba a desear la muerte de su cuñado; ofrecía, sin embargo, a cuantos sospechasen de él una explicación inmediata. El dinero de las familias posee la virtud de arrojar luz sobre un crimen aun antes de que se tenga certidumbre sobre su naturaleza. Bastaba con seguir el rastro de los bienes para hallar a quién interrogar.

Theodosius tomaba medicinas. Aquel tratamiento, encomendado a un facultativo de Rugby, no impedía al muchacho salir al campo e ir de pesca. La víspera de su fallecimiento había pasado parte de la velada fuera y luego había pedido a su madre que acudiera a darle la pócima a la mañana siguiente. El frasco, que antes se guardaba en un lugar menos accesible, se dejaba ahora sobre una repisa. Donellan había aconsejado semejante disposición para evitar olvidos, según refirió el testimonio materno. Aquel consejo doméstico se transformaría, también él, en una prueba de cargo.

Lo que la madre había percibido

Lady Boughton entró en la alcoba de su hijo hacia las siete. Él le señaló la medicina. La madre leyó la etiqueta; el joven tomó el brebaje y se quejó de un sabor y un olor desagradables. Su madre reconoció un matiz que le recordaba a las almendras amargas. Aquel detalle, insignificante en tantas otras circunstancias, no tardaría en cobrar un peso descomunal. Pertenecía a un instante irrepetible del que, no obstante, le exigirían rescatar la más absoluta precisión.

Muy pronto, el joven se vio presa de violentas convulsiones. Un sosiego engañoso hizo creer por un momento que iba a dormirse; cuando la madre regresó a su lado, halló un estado ya pavoroso. Enviaron a buscar al médico. Llegó demasiado tarde. La medicina que todavía se aguardaba para socorrer a Theodosius ya no serviría más que para explicar su muerte.

Donellan había entrado en la habitación. Según Lady Boughton, pidió el frasco, vertió agua en su interior y lo vació en una palangana. Ella protestó. El capitán tocó asimismo otro frasco, alegó que deseaba catar el contenido y luego ordenó que se llevaran los enseres. Las órdenes del militar y las de la madre chocaban frontalmente. Él pretendía despejar; ella, conservar. Los criados se hallaban entre dos voluntades igualmente habituadas a ser obedecidas.

Es preciso calibrar lo que aquel enjuague significó para la instrucción judicial. El remanente del medicamento se habría podido examinar; ya no se encontraba en su estado primitivo. La acusación vería en semejante acto una destrucción deliberada de pruebas. Donellan había ofrecido otra explicación. La desaparición del líquido hacía aún más crucial aquel altercado, al tiempo que lo privaba con exactitud del objeto que hubiera podido esclarecerlo. Se iba a exigir a las personas lo que el frasco ya no podía mostrar.

Un cuerpo que se tarda en abrir

Las sospechas rebasaron los muros de la residencia. Sir William Wheler, encargado de velar por los intereses del joven, solicitó un reconocimiento del cadáver. En la crónica que Arthur Griffiths consagró más tarde al caso, las cartas, las visitas médicas y los sucesivos malentendidos componen una serie de ocasiones perdidas. Donellan habría presentado a los médicos una misiva donde se reclamaba el examen forense, ocultándoles aquella otra que exponía las sospechas de envenenamiento. La autopsia no se practicó antes de las exequias. Hubo que exhumar.

Aquéllas dilaciones agravaban el expediente contra el capitán; mermaban asimismo lo que se podía averiguar a partir de los despojos. La descomposición dificultaba la observación. Cuando los facultativos fueron llamados a declarar, hubieron de cotejar las evidencias anatómicas, la sintomatología descrita y el recuerdo de aquel olor. Varios de ellos concluyeron que se trataba de un envenenamiento. Una preparación a base de laurel cerezo centró sus hipótesis, sin que se hubiera conservado intacta la pócima ingerida.

John Hunter opuso a tamaña seguridad la cautela de otro criterio médico. Griffiths refiere que no hallaba en las observaciones descritas la prueba concluyente de un veneno y que no descartaba causas naturales. Su reserva no demostraba la inocencia de Donellan. Impedía, empero, narrar el proceso como si un análisis indiscutible hubiese revelado el nombre del homicida. Dos interrogantes permanecían entrelazados sin ser idénticos: ¿de qué había muerto Theodosius y quién lo habría hecho morir?

Nuestra sirvienta, pocos días después de los funerales, oye a dos hombres debatir junto a una puerta. Uno habla del lavado de las botellas; el otro inquiere por qué se habría aguardado tanto tiempo para abrir el cuerpo. Ella sostiene ropa blanca limpia y desearía que le franqueasen el paso. Nadie se aparta. En una casa antaño pautada por los servicios de mesa y las visitas, los mismos pormenores devuelven ahora cada conversación al aposento del difunto.

El nombre que retuvo el jurado

En el juicio de Warwick, celebrado en marzo de 1781, los actos del capitán pasaron a integrar una construcción acusatoria global. Le interesaba la desaparición del baronet; había tenido acceso a la medicina; había lavado los recipientes. Su conducta tras el deceso se antojaba sospechosa. El testimonio de Lady Boughton prestaba a la fiscalía la voz de alguien cercano a la víctima, y la discrepancia entre los médicos no bastaba para disipar el resto de los cargos.

La defensa rebatió la culpabilidad. Diversos testigos acudieron a encomiar el carácter de Donellan. Su situación patrimonial y las capitulaciones relativas a los bienes de su esposa podían también esgrimirse contra una explicación excesivamente simple fundada en el enriquecimiento personal. Sin embargo, los jurados debían sopesar aquel haz de circunstancias y no únicamente la imagen que un antiguo oficial ofrecía de sí mismo. Lo declararon culpable. La condena a muerte no tardó en pronunciarse.

El 2 de abril de 1781, Donellan fue conducido al cadalso en Warwick. La crónica de la época lo describe impetrando las oraciones de cuantos lo rodeaban. Proclamó su inocencia en el instante supremo y dejó un alegato por escrito en descargo de su conducta. Estas denegaciones forman parte indisociable del proceso; no pueden suplantarse por una confesión que viniese a redondear su desenlace. Fue ahorcado. El reo desaparecía, mas el juicio emitido sobre las pruebas seguiría dividiendo a cuantos volvieran a examinarlas.

Mucho tiempo después, hubo autores que juzgaron acumuladas suficientes certezas; otros hallaron en la incertidumbre pericial motivo para la duda. Los debates ulteriores no le han devuelto a la botella su contenido. Han conservado, en torno a ese vacío, los ademanes de la madre, los del cuñado, las respuestas de los médicos y el fallo inapelable de un jurado.

En la última escena que atribuimos a la casa, la sirvienta halla sobre una repisa un frasco común destinado a otra persona. Lo toma para sacudir el polvo de la madera, pero de pronto se inmoviliza. La etiqueta apenas se sostiene. Deja el recipiente con cuidado exactamente donde estaba, consiente el polvo debajo y se aleja con su paño. Lo que antaño hacía sin pensar exige de ella, en adelante, una prevención que nadie le habrá de agradecer.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

La orden de retirar

Una doncella recibe dos órdenes contradictorias ante el lecho de un joven señor agonizante: llevarse los utensilios o no tocar nada. Años después, reconoce en la tienda de un chamarilero la bandeja que creía haber dejado en la mansión. La novela corta seguiría su decisión de buscar a una antigua compañera de servicio. Aquello que ambas callaron acaso no señale a un asesino, pero podría destruir la existencia apacible que cada una ha logrado labrarse.

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novela

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Una heredera contempla cómo su esposo es condenado por la muerte de su hermano y percibe una fortuna cuyas rentas la señalan a ojos de toda la comarca. Decide contratar a una joven secretaria para revisar las cartas y los libros de contabilidad del dominio. La novela seguiría esta investigación íntima entre la lealtad conyugal, los intereses sucesorios y el dictamen forense. Ambas mujeres descubrirían no tanto una prueba redentora como una trama de silencios de la que varias familias aprendieron a sacar partido.

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trilogía

Los médicos de la duda

Tres generaciones de facultativos se enfrentan a tres muertes sospechosas en el seno de linajes poderosos. El primer volumen arrancaría con un remedio desaparecido; el segundo, con un cadáver exhumado a destiempo; el tercero, con un peritaje moderno que ciertos intereses privados intentan acallar. Cada entrega tendría su propia resolución. En los archivos familiares, los herederos descubrirían asimismo las componendas de sus antecesores y tendrían que dirimir si preservar una reputación vale más que enmendar una injusticia pretérita.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Lectura íntegra del Newgate Calendar ng359; lectura íntegra del capítulo «Captain Donellan» en Mysteries of Police and Crime de Arthur Griffiths (págs. 129–135 del texto impreso descargado de Gutenberg). No se consultó ningún facsímil de dichas páginas ni acta judicial manuscrita de la época. Se trata de dos relatos retrospectivos, de los cuales el segundo cita otras obras sin que conste su independencia respecto a las narraciones precedentes. El Newgate fija la muerte en un 27 de febrero que resulta incompatible con su propio relato; Griffiths precisa el 30 de agosto de 1780. La crónica se ciñe a 1780, remite a marzo de 1781 para el juicio y al 2 de abril de 1781 para la ejecución señalada por Newgate; se desestima la mención errónea de «al día siguiente» consignada en esta última fuente. Lawton Hall en Newgate frente a Lawford Hall en Griffiths: el relato opta por mencionar únicamente Warwickshire. Las cláusulas de la herencia se han simplificado sin refundir minoría de edad y ausencia de descendencia, fórmulas ambas presentes en las fuentes. El lavado de los frascos y la reacción de Lady Boughton se consignan como testimonio de parte. Los retrasos en la autopsia y los reparos de Hunter proceden de Griffiths; no se presentan como un diagnóstico contemporáneo ni como prueba concluyente de inocencia. Se descartan las anécdotas del pliego con hojas recortadas, el letrado y la cólera contra la esposa por tratarse de transmisiones indirectas de escasa fiabilidad. No se reproduce fórmula, posología ni procedimiento toxicológico alguno. Se preserva la protesta final de inocencia; no se inventa confesión ni desagravio póstumo.

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