William Perigo abrió al fin las bolsitas. Había dejado pasar la enfermedad, el entierro de su esposa y varias estaciones antes de atreverse a tocar aquello cuya inspección le estaba vedada. Entre los pliegues de la cama debían hallarse los billetes y las monedas confiados al influjo de una dama de Scarborough. Lo que extrajo carecía de semejante valor. Papeles sin curso legal, monedas envilecidas: las promesas habían permanecido cosidas; la hacienda se había esfumado.
Imaginémoslo sentado al borde del lecho, con una bolsita abierta sobre las rodillas. Aún puede tomar otra, buscar un error, apartar de la vista lo que acaba de comprobar para no precipitar el juicio. La alcoba es la misma donde expiró Rebecca. No descubre en ella únicamente una pérdida pecuniaria; descubre cuánto tiempo persistió en su fe tras haberla perdido a ella. Corre octubre de 1808 cerca de Leeds, y el último cerrojo de Mary Bateman acaba de ceder.
La dama que respondía desde lejos
Todo había comenzado en 1806. Rebecca Perigo, vecina de Bramley, padecía un desasosiego que cierto hombre consultado atribuyó a un maleficio dirigido contra su persona. No nos corresponde fijar hoy un diagnóstico certero a semejante dolencia. Lo decisivo estriba en el cauce que se le ofreció para salir de ella: si el mal procedía de una fuerza oculta, urgía recurrir a quien dominara las artes para combatirla. Una parienta le recomendó a Mary Bateman.
Mary residía en Leeds. Había ejercido la costura y se granjeaba fama mediante la adivinación, los sortilegios y los auxilios prometidos contra las brujerías. Poseía el arte de acoger una inquietud ajena y moldearla hasta conferirle una forma tan precisa que el interesado accediera a desembolsar su dinero. Sin embargo, ante los Perigo no se arrogó la máxima autoridad. Conocía a una dama, Miss Blythe, avecindada en Scarborough, de quien transmitiría las disposiciones. La intermediaria podía permanecer cercana y complaciente; el poder, en cambio, aguardaba en la distancia, a resguardo de cualquier pesquisa inmediata.
Se envió una prenda que Rebecca había vestido. Llegó una respuesta, o al menos Mary exhibió una misiva que aseguraba proceder de Miss Blythe. En ella se prescribía introducir billetes en saquitos cosidos a la cama y dejar obrar el ensalmo durante dieciocho meses. Otros billetes de idéntico valor debían entregarse a Mary. La estratagema revestía la apariencia de un trueque: los Perigo no se desprendían de nada, puesto que un caudal equivalente reposaba a su lado. La única condición residía en no mirarlo jamás.
El matiz reviste una importancia capital. El ladrón vulgar necesita llevarse el botín o esconderlo. Aquí, Mary dejaba en manos de las víctimas algo que estas creían conservar, al tiempo que convertía la comprobación en una falta de funestas consecuencias. Cuanto mayor era la suma depositada, más grave se antojaba el riesgo imaginario de quebrar el conjuro. El lecho, que debiera haber procurado reposo, custodiaba en adelante una silenciosa trinchera contra la curiosidad de sus propios moradores.
La casa que se vaciaba
Las cartas se sucedieron con regularidad. Miss Blythe requería enseres, lienzos, provisiones, vajilla; las demandas transitaban por mediación de Mary y venían rodeadas de minucias cuya rigurosa exactitud confería al embuste la gravedad de un asunto respetable. Se debía obrar de tal suerte, llevar esto a tal paraje y luego quemar el pliego. Una recomendación descabellada cobra visos de destreza cuando se torna lo bastante prolija para absorber el juicio de quien obedece.
Podemos figurarnos a Rebecca preparando un hatillo mientras William echa cuentas de lo que será preciso adquirir. Falta ya la cuchara de plata en el cajón; se reserva una pieza de paño, se aplaza un gasto apremiante. Nadie en el hogar reconoce que la casa se está quedando en los huesos. Se dispone el ánimo para el regreso de la salud y, tras ella, el recobro del dinero. Cada merma semeja un sacrificio transitorio, y parecería mezquino, a juicio de entrambos, regatear el precio de un auxilio que el otro precisa.
Cerca de setenta libras fueron arrancadas así al matrimonio, sin computar los bienes muebles. La exigencia de una cama con sus aderezos llevó la farsa hasta el extremo de hacerles costear un nuevo lecho para la misteriosa protectora, mientras el de los Perigo permanecía custodiado por los saquitos. Miss Blythe argüía la imposibilidad de emplear sus propios efectos mientras gravitasen sobre Rebecca semejantes influencias. Hacía falta, pues, ayudarla a que los ayudara. El ardid trocaba en gesto piadoso lo que no era sino un despojo metódico.
Resulta cómodo mofarse de los incautos una vez abiertos los saquitos. Las crónicas de antaño apenas resisten esa tentación burlona. Pero los Perigo vivían en el curso inverso del tiempo: ignoraban el desenlace y habían cedido ya tantas cosas que dudar amenazaba de golpe su esperanza, sus ahorros y su propia lucidez. Mary no se limitaba a venderles un remedio; alimentaba un porvenir en el cual los sacrificios consentidos adquirirían, por fin, una justificación cabal.
La enfermedad anunciada
Hacia la primavera de 1807, una misiva previno a los cónyuges de que iban a caer enfermos. El vaticinio se acompañaba de instrucciones relativas a ciertos brebajes que debían ingerir y a una miel en la que Mary mezclaría un preparado. La dolencia misma se convertía en una etapa prevista del conjuro; la aparición de los síntomas no haría sino certificar, a ojos de las víctimas, la sabiduría de quien los había profetizado.
Durante las primeras jornadas, los Perigo acataron las órdenes con puntualidad. Mas sobrevino un preparado cuyo gusto les resultó intolerable. Probaron apenas un bocado y sufrieron al punto vómitos convulsivos. Rebecca recurrió entonces a la miel, presentada como lenitivo. El consiguiente empeoramiento no abatió de inmediato su fe: las cartas habían anunciado con precisión una dura prueba de la que debían salir con vida. Los textos prohibían con severidad recurrir a médico alguno, repartir los alimentos prescritos o alterar el orden del rito.
En esa alcoba que la mente recrea, William pugna por hallar un gesto de amparo. El cocimiento aguarda sobre la mesa, las fuerzas flaquean y cada determinación queda atrapada en el dilema dispuesto de antemano por Mary: obedecer a ciegas o cargar con la culpa de la catástrofe. Mandar llamar a un médico podría, según les habían inculcado, malograr la salvación. El veneno corrompe los cuerpos; la prohibición apostada guarda la puerta.
Rebecca expiró el 24 de mayo de 1807. William sobrevivió con lentitud y acabó consultando al cirujano Chorley, a quien la índole de los síntomas y las circunstancias hicieron sospechar un envenenamiento. Con todo, el deceso no acarreó de inmediato la detención de Mary. El viudo continuó recibiendo correspondencia. Las epístolas achacaban la desgracia a una transgresión de las reglas y proferían nuevas amenazas contra el superviviente. La supuesta falta de Rebecca servía así de escudo a quien la había conducido a la tumba con sus recetas.
Mary prolongaba de este modo su yugo más allá de la muerte. William debía seguir esperando. Un hombre puede intuir que ha sido burlado sin hallar las fuerzas precisas para afrontar cuanto semejante desengaño le exige: admitir que los desvelos no salvaron a su esposa, que el dinero no regresaría por ensalmo y que la intermediaria compasiva tal vez ocultaba la clave de su duelo. Hubieron de transcurrir largos meses antes de que se decidiera a descoser la cama.
Un domicilio para las promesas
En octubre de 1808, el hallazgo de cuanto encerraban los saquitos hizo imposible dilatar la espera. William acudió a exigir explicaciones. Mary sostuvo impávida que había descosido el lecho a destiempo. Según refiere la crónica antigua, él replicó que lo hacía demasiado tarde. El testimonio de época atribuye al viudo esta sentencia que sella su desengaño. El plazo ya no dependía de Miss Blythe: pertenecía al hombre que rehusaba seguir aguardando.
Se concertó un encuentro. La autoridad intervino y Mary fue arrestada. En su morada salieron a la luz las prendas remitidas a la dama remota. Se intervinieron asimismo sustancias sospechosas. El plano de lo invisible se desmoronaba en torno a un domicilio preciso, a una caligrafía ordinaria y a enseres que los propios agraviados habían costeado. Miss Blythe no compareció para amparar a su emisaria. Las pericias caligráficas determinaron que las cartas habían brotado de la mano de Mary Bateman.
El proceso tuvo lugar en York en marzo de 1809. No bastaba con acreditar la estafa para sustentar una condena por asesinato. Semejante distingo, remarcado en las actas de la vista, impedía en rigor que la fama de embaucadora solventara por sí sola el alegato de la acusación. Se imponía encadenar la muerte de Rebecca al tóxico administrado, y luego ese suministro a los manejos de Mary. Se examinaron los síntomas, los restos conservados de las pócimas y las declaraciones de los testigos. El fiscal sostuvo que el veneno había sido el recurso extremo para encubrir la expoliación continuada.
El jurado halló a Mary culpable. Se le impuso la pena de muerte. En los días subsiguientes confesó sus fraudes, mas negó con terquedad haber buscado el fin de los Perigo. La negativa no mudó el curso del cadalso. El 20 de marzo de 1809 fue ahorcada en York. La conocida como la bruja de Yorkshire había sido juzgada por un crimen ejecutado con medios terrenales, no por la autenticidad de los poderes que fingía dispensar.
William, por su parte, hubo de quedarse a solas con los bienes recuperados y con aquellos que jamás retornarían. La justicia podía catalogar el engaño; no podía devolverle el tiempo gastado a la cabecera de Rebecca temiendo invocar el auxilio médico que debió haber franqueado la puerta. Descoser un saquito había disipado la impostura, pero no había cerrado la alcoba donde aquella mentira determinó quién tenía derecho a entrar.
