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Venenos y herencias · Inglaterra

El sombrero de Anne Turner

El caso Overbury: los poderosos tenían intermediarios

El sombrero de Anne Turner fue una de las primeras prendas que el tribunal le arrebató. Comparecía acusada de complicidad en envenenamiento; el juez, no obstante, halló tiempo para advertirle que una mujer podía cubrirse en el templo, mas no ante aquellos que se disponían a juzgarla. Ella se quitó el sombrero y acomodó un pañuelo sobre sus cabellos. Así dio comienzo, según la antigua relación del proceso, aquella audiencia destinada a examinar un asesinato, en la que se cuidó de hacer ver a la acusada que ni siquiera dispondría ya de su propia apariencia.

Nos hallamos en Westminster, en noviembre de 1615. Sir Thomas Overbury lleva dos años muerto. Anne Turner, viuda y allegada de la condesa de Somerset, debe responder por el auxilio que presuntamente prestó a Richard Weston para emponzoñar al cautivo. Se declara inocente. A su alrededor, quienes han acudido a oír las pruebas habrán de escuchar también cartas de amor, ver objetos de magia y conocer el catálogo de pecados con que un magistrado se juzga autorizado a abrumarla.

El amigo trocado en obstáculo

Overbury había sido íntimo de Robert Carr, favorito del rey Jacobo I. Cuando Carr se prendó de Frances Howard, aún condesa de Essex, su amigo se opuso tenazmente a semejante alianza. La joven dama pretendía anular su matrimonio; los intereses de linaje, el favor real y los apetitos privados confluían en este negocio con una familiaridad que volvía peligrosa cualquier confidencia.

Se ofreció a Overbury una misión diplomática que este rehusó. Aquella negativa desagradó al monarca y precipitó su encierro en la Torre de Londres, donde halló la muerte en septiembre de 1613. Poco después, Frances obtuvo la ansiada anulación y contrajo nupcias con Carr. Las apariencias bastaban para colmar a quienes preferían que los estorbos se resolvieran sin inquirir el modo: un adversario apartado, un enlace libre de trabas y dos consortes arrimados al poder.

Sin embargo, la muerte del recluso no reposó en paz. En 1615, las sospechas de envenenamiento motivaron una pesquisa. Esta siguió el rastro de personas, envíos y comunicaciones que la encumbrada condición de los artífices no había librado de pasar por manos subalternas. Weston, comisionado para custodiar a Overbury, quedó en el centro de las imputaciones; Anne Turner figuró entre los mediadores. Un hombre podía yacer encerrado a resguardo de sus amigos y seguir estando al perfecto alcance de sus enemigos.

Las cartas que no ardieron

Anne conocía a Frances desde tiempo atrás. En la relación impresa en 1651 a partir de documentos atribuidos a los papeles de Bacon, manifiesta haber vivido bajo su dependencia, con hijos a los que sustentar. Semejante vínculo no basta para exculparla ni para desentrañar todos sus actos; mas revela por qué las misivas de la condesa podían albergar, junto a las finezas de la amistad, ruegos a los que resultaba harto difícil oponer una negativa.

El tribunal oyó hablar del doctor Simon Forman, astrólogo al que se consultaba en lances de amor, fallecido antes del juicio. Su viuda había dado con ciertos papeles: algunos habían ardido; otros se habían conservado a espaldas de quienes anhelaban su destrucción. Frances desnudaba allí su desesperanza, la aversión a la vida conyugal que se le imponía, su empeño en retener a Carr. Imploraba socorro, prometía dineros y exigía que el intercambio epistolar fuera reducido a cenizas.

El lector de nuestros días no precisa creer en el poder de los encantamientos para comprender la fuerza de una promesa. En un orbe donde las damas requerían de terceros para alcanzar cuanto no podían reclamar abiertamente, un aposento atiborrado de arcanos podía mudar en despacho de influencias. Ello no convertía cada consulta en el esbozo de un crimen; mas la audiencia tendía de buen grado a confundir lo que encendía la curiosidad con lo que debía probar la culpa.

Un crujido en la sala

Se exhibieron figurillas, moldes y pliegos cubiertos de signos cabalísticos. Refiere la crónica que un repentino crujido en los estrados destinados a los asistentes desató el pánico: durante unos instantes, el público pareció temer la presencia misma del demonio, cuyos supuestos aperos se mostraban allí. El texto narra aquel sobresalto con la gravedad propia de su siglo. Nosotros advertimos ante todo una concurrencia predispuesta a tomar su propia fantasía por testigo.

Luego, las declaraciones volvieron a las sustancias y a los envíos. James Franklin fue señalado como abastecedor de tósigos. Se habían remitido a Overbury tartas y jaleas; salían a relucir órdenes tajantes de que nadie más las probase y viandas que era preciso retirar para cambiarlas por otras nuevas. El desvelo aparente por el sustento del prisionero se transformaba, en el alegato fiscal, en el vehículo mismo de su suplicio.

Hay en este trueque algo más desasosegante que una redoma descubierta en una manga. Un obsequio franquea los portones porque finge aliviar una condena. Un carcelero deviene cómplice porque goza del privilegio de arrimarse. Una amiga concierta un trámite porque se confía en sus valimientos. Los ademanes que ordinariamente sostienen la vida brindan entonces al recelo la urdimbre de un crimen concertado.

Anne sostuvo no haber sabido que los manjares enviados a Overbury contuviesen veneno. Se le opusieron los testimonios y careos practicados con anterioridad. El relato la retrata cada vez más quebrantada, en particular al comprender que Weston ya ha sido ajusticiado. Las versiones que habría podido rebatir no están todas presentes ante ella: algunas se incorporan por lectura; otras, por boca de testigos en sala. El estrado ya no se limita a dilucidar su intervención: compone el retrato de una mujer cuyos tratos vuelven verosímil cualquier vileza.

Las palabras del juez

El Lord Chief Justice entreveró en la acusación de asesinato afrentas carnales y religiosas, amén de imputaciones de hechicería. Fútil empeño sería reproducir esa letanía con el mero fin de dar color al cuadro; importa más reparar en su efecto: transmuta a una procesada por hechos concretos en receptáculo de todos los espantos del tribunal.

El jurado la declaró culpable. Imploró clemencia y prorrumpió en llanto. Otro juez la exhortó a no malgastar el escaso tiempo que le restaba en concebir vanas esperanzas de salvar la vida; añadió que una persona de su condición había gozado de un tribunal en extremo honorable. Era aquella, para quien acababa de escuchar su sentencia de muerte, una singular invitación a la gratitud.

Anne Turner fue conducida a Tyburn y ahorcada en noviembre de 1615. La antigua crónica recoge que reiteró su servidumbre respecto de la condesa y declaró que, una vez enredada en aquel negocio, denunciarlo se le antojó la certidumbre de su propia ruina. Semejante confesión no borra el delito; hace patente la prisión interior que a menudo precede a aquella donde se encierra a los reos: saber lo bastante para quedar comprometida, mas demasiado poco o demasiado tarde para creerse capaz de zafarse.

Los Somerset comparecieron a su vez ante la justicia en 1616. Condenados, burlaron no obstante el cadalso. Ni Anne ni los restantes intermediarios ya difuntos llegaron a contemplar este postrer desenlace. La disparidad de las suertes otorga a la causa su prolongada resonancia, sin que sea menester lavar las culpas de los subalternos para advertir el amparo del que los poderosos todavía sabían servirse.

Al inicio del proceso, Anne se vio obligada a despojarse de su sombrero. Al término de la historia, aquellos cuyos afanes ella había servido conservaban algo incomparablemente más precioso: la certidumbre de un mañana.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El proceso de Anne Turner se relata a partir de la relación publicada en 1651, que compila cartas y testimonios: expone la versión de la acusación y dista de ser un acta neutral. El despojo del sombrero, el estupor de los espectadores, los envíos al prisionero y la condena proceden de dicho texto. Las valoraciones del narrador son de nuestra cosecha. La cronología distingue los juicios a los intermediarios en 1615 de los seguidos contra los Somerset en 1616.

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