El paquete había sobrevivido al fuego. Aquel gesto discreto, consumado en una cocina donde al principio solo se pensaba en alimentar a un enfermo, pesaría de manera decisiva en la sala de la corte donde se dirimiría la vida de la hija de la casa. En el papel arrancado a las brasas, una inscripción aseguraba que el polvo servía para limpiar piedras. Ahora bien, las sirvientas acababan de hallarlo en un preparado destinado a Francis Blandy, su señor. Entre las piedras de Escocia y la cena de un letrado de Henley, alguien tendría que justificar un traslado tan singular.
Imaginemos a la cocinera sosteniendo aquel vestigio de papel lejos del fogón. Hubo que esperar a que Mary saliera, retirar el carbón, evitar que se dispersara lo poco que aún quedaba. Escasos instantes antes, todavía era posible atribuir la extraña dolencia del amo a esos desórdenes de los que los médicos hablan con suficiencia sin llegar siempre a remediarlos. En ese instante, un objeto forzaba a cada cual a tomar partido. Arrojarlo habría devuelto la casa a su incertidumbre; conservarlo equivalía a acusar.
Un lugar en la mesa
Francis Blandy ejercía la profesión de abogado y las funciones de secretario del municipio de Henley-on-Thames. Tenía una hija única, Mary, instruida, capaz de sostener su lugar en cualquier conversación, y cuyas expectativas de fortuna contribuían al éxito de las tertulias paternas. Una joven bien podía poseer todas las virtudes; una dote supuestamente considerable tenía el mérito añadido de hacerlas notar. En la década de 1740, el capitán William Henry Cranstoun franqueó el umbral de la casa, donde su linaje, emparentado con la nobleza escocesa, causó una grata impresión.
Poseía menos caudales que relaciones, tesitura que no impide presentarse de modo ventajoso cuando se tiene cierto roce social. Francis acogió al visitante; Mary cobró afecto por él. Ya se comenzaba a llamar porvenir a aquel apego, hasta que una noticia llegada de Escocia obligó a buscarle otro nombre: Cranstoun estaba casado.
El obstáculo resultaba lo bastante tosco como para que un hombre menos diestro se diera por vencido. El capitán se propuso tornarlo sutil. Una mujer le reclamaba como esposo, decía; la validez del matrimonio se hallaba en litigio, las resoluciones distaban de ser definitivas, convenía aguardar. Mary se vio así invitada a acreditar su constancia soportando una zozobra de la que no era causante. Semejante paciencia brinda inmensas ventajas a quien la exige: cuanto más se prolonga, más doloroso resulta admitir que se ha malgastado en balde.
Las actas escocesas ratificaron, sin embargo, el enlace con Anne Murray. Francis acabó desconfiando del oficial, mientras su hija persistía en dar crédito a sus protestas de fidelidad. Es lícito conjeturar comidas tornadas en silencios difíciles, un nombre cuidadosamente eludido, una carta que se retira apresuradamente antes de ser abierta. Lo que el sumario nos depara resulta más inquietante que una disputa doméstica: una mujer joven que aún aguardaba, y un hombre ausente que conservaba el crédito suficiente para remitirle unos polvos.
El sabor de la confianza
A decir de Mary, aquellos polvos debían granjearle la benevolencia paterna hacia Cranstoun. La virtud que les atribuía participaba de la naturaleza del filtro amoroso; la inscripción del paquete aludía a un preparado para pulir las piedras que el capitán le había enviado. Dos usos aparentemente inocuos amparaban de este modo una sustancia cuya composición química no tardaría en desvelarse: arsénico blanco.
A comienzos de agosto de 1751, Francis comenzó a sufrir dolores desgarradores y vómitos. Se le cocinaba esa papilla ligera de avena y agua que en Inglaterra llaman gruel. El mal requería un alimento suave; y fue esa misma suavidad la que le suministró el veneno. Mary reconoció más tarde haber mezclado los polvos en la preparación. Mantuvo hasta el cadalso que jamás albergó la intención de matar.
En la cocina, no obstante, el mal comenzó a desbordar los límites que se le suponían. Ann Emmet, una mujer empleada en las faenas del hogar, comió de los restos y cayó enferma. Susan Gunnell, sirvienta de la casa, probó asimismo del brebaje y padeció iguales rigores. Ya no se trataba de un solo estómago vulnerable en una alcoba, sino de varios cuerpos postrados tras haber ingerido el mismo condumio. Las criadas escrutaron el fondo de la vasija. Un sedimento blanquecino, granuloso, detuvo su atención.
Es posible reconstruir el movimiento de sus manos sin atribuirles saberes que no poseían: levantar el cuenco, ladearlo, examinar lo que difería del resto y, acto seguido, resolver que nada debía lavarse. La loza ordinaria se trocaba en una pieza de convicción. Se puso el recipiente a buen recaudo; Susan lo llevó a casa de una vecina y se mandó llamar al boticario Norton. Aquel traslado prudente, de una cocina a una casa extraña, brindaría a los facultativos lo que ningún testimonio de familia podía suplir.
Francis tuvo conocimiento de las sospechas. El señor que había vivido colmado de los desvelos de su hija se veía obligado a escrutar cuanto ella le servía. En las actas, una taza de té, su regusto equívoco y la turbación de Mary ocupan un espacio pavoroso: se repetían los gestos cotidianos, pero habían mudado de sentido. Hay moradas donde la acusación entra sin estrépito; se sienta a la mesa y aguarda a que le sirvan.
Poco después, Mary intentó arrojar a las llamas una serie de cartas y los restos del polvo. Los sirvientes rescataron el paquete. Este acto obraría con tremenda fuerza contra ella: de haber creído que la sustancia era inocua, ¿por qué destruirla? Podía haber comprendido demasiado tarde la naturaleza de lo administrado; o bien intentaba borrar lo que sabía desde el principio. La ceniza impedía decantarse por una u otra versión. Tan solo hacía imposible ignorarlas.
Lo que un padre puede perdonar
Compareció en la estancia el doctor Anthony Addington, secundado poco después por su colega William Lewis. Examinaron al paciente, los posos y el polvo preservado. El veneno recibió su nombre técnico, y el estado de Francis cobró una gravedad que los remedios ya no lograban contener. A medida que el diagnóstico se hacía incontrovertible, Mary dejaba de ser la persona autorizada a franquear libremente la alcoba.
Los testigos refieren una última entrevista. La hija imploró clemencia; el padre se la concedió. Ella admitió haber echado el polvo, pero juró que su intención era inocente. Francis encauzó su indignación hacia Cranstoun, aquel hombre a quien había sentado a su mesa y que, a sus ojos, destruía al unísono su existencia y la de su hija. Mas su perdón paterno no acarreaba las mismas servidumbres que un veredicto judicial.
Francis falleció el 14 de agosto de 1751. Mary fue confinada en la cárcel de Oxford. El capitán, en cambio, permaneció fuera del alcance del proceso. Su ausencia ofrecía a todos una figura conveniente: para unos, el seductor calculador que lo había urdido todo; para otros, el cómplice a quien se imputaba cuanto ya no era posible justificar. Pero, sobre todo, privaba a los magistrados de las preguntas que habría sido indispensable formularle en persona.
El 3 de marzo de 1752, Mary compareció ante el tribunal de Oxford. Los médicos expusieron sus hallazgos periciales. Los criados refirieron los actos observados, pero asimismo antiguos desahogos verbales, anhelos de partida y palabras hostiles contra el padre. La casa entera parecía haber guardado una memoria latente que ahora volcaba en el estrado. Una frase proferida en un arrebato de cólera no demuestra por sí sola un crimen; mas unida a los polvos, a las dosis reiteradas y a los papeles quemados, mudaba enteramente de peso.
Mary rebatió semejante reconstrucción de su vida íntima. Sus arrebatos, argüía, habían sido acopiados y ordenados con el único fin de servir a la acusación. Hubo testigos que recordaron su devoción filial; se sopesó la supuesta inquina de una sirvienta. En el centro de las declaraciones persistía una cuestión harto más ceñida que el escándalo: ¿había administrado un veneno a sabiendas? Reconocía el acto material, pero rechazaba el designio homicida. La coartada del filtro amoroso resultaba inverosímil para sus juzgadores. Mary la sostuvo, no obstante, ante aquellos que debían decidir sobre su vida.
El jurado la declaró culpable. El 6 de abril de 1752 fue ahorcada en Oxford, insistiendo hasta el último aliento en que jamás deseó la muerte de su progenitor. El pronunciamiento de la ley es firme; el itinerario interior que guio su mano hacia el polvo escapa a nuestro alcance.
De este proceso perduran dos realidades que convendría no confundir: el perdón concedido en la penumbra de una alcoba y la condena pronunciada en el estrado de un tribunal. Entre ambos extremos, unos criados habían preservado un cuenco y arrancado un paquete del fuego. Desconocían tanto los íntimos pensamientos de su señora como los ardides del capitán. Se limitaron a ver enfermar a los suyos y se negaron a fregar a destiempo. En una casa donde todos creían comprender a los demás, la prudencia provino de quienes habían comenzado por dudar.
