El profesor tomó la llave del gabinete. Acababa de encerrar allí aquello que, en cualquier casa bien gobernada, se apresuraban a tirar: las deyecciones de una enferma. Hélène Jégado retiraba los bacines, lavaba y borraba las huellas con el celo de una criada solícita. Théophile Bidard había decidido al fin que aquella pulcritud debía cesar. Rosalie Sarrazin aún se debatía en dolores en la alcoba contigua; los médicos vacilaban desde hacía días, y otra sirvienta ya había perecido bajo el mismo techo.
Más tarde, ante el tribunal de lo criminal de Rennes, Bidard advirtió de que no podía narrar los acontecimientos en el orden en que los había comprendido. Su sentido solo se le había revelado al término. Había sido precisa una tercera sirvienta enferma para que la primera muerte mudase de naturaleza en su memoria. Esta declaración infunde al proceso Jégado su curso más inquietante: los hechos eran patentes, las personas hablaban entre sí, los médicos acudían; con todo, cada cual hallaba un motivo para no concluir.
Hélène había entrado a su servicio en octubre de 1850 con excelentes certificados. Un antiguo amo lamentaba no haberla retenido; otro daba fe de varios años de servicio. Ella se profesaba devota de su familia y del trabajo. Rose Texier, la persona de confianza de la casa, la había propuesto en persona para suplir a una cocinera. De este modo, la primera víctima de este último periodo había contribuido a abrirle la puerta. Bidard, absorbido por la docencia y sus demás cargos, descansaba en Rose para el gobierno del hogar.
Las dificultades surgieron casi de inmediato. Hélène toleraba con disgusto la autoridad de las doncellas. Rose padecía de la espalda tras una caída; la cocinera anunció que aquel percance acarrearía malas secuelas. De regreso en Rennes a comienzos de noviembre, Rose sufrió violentos vómitos. Hélène no se apartó de su lado, preparó pócimas, prodigó cuidados. Los facultativos consideraron primero un trastorno nervioso, luego una inflamación. En la estancia, el empeoramiento aún podía pasar por el curso natural de un mal al que no se había hallado nombre.
Rose falleció tras varios días de agonía. Su madre perdió con ella a una hija y a su amparo material. El doctor Pinault había conjeturado el envenenamiento, mas la hipótesis del suicidio, el temor a un escándalo y la manifiesta solicitud de la cocinera frenaron las averiguaciones. ¿Podía una mujer que velaba con tal entrega ser quien causara la muerte? La sospecha exigía subvertir el sentido mismo de los afanes domésticos. Se consignaron, pues, los cuidados a la cuenta de la abnegación y la muerte a la de las desgracias.
Françoise Huriau ocupó el puesto de Rose. Temía a Hélène y apenas osaba replicarle. Un día, Bidard sorprendió a ambas comiendo sendas sopas distintas en los extremos de la mesa. Les recordó que deseaba ver a sus criadas alimentadas como él mismo, sobre un mantel. Hélène se ofendió. El lance parece insignificante hasta el instante en que se discierne lo que está en juego: ¿quién dispone lo que cada cual recibe? La cocina confería una autoridad que el amo creía poder rectificar mediante una instrucción.
Françoise se hinchó, languideció y rogó marcharse antes del término acordado. Abandonó la casa en mayo de 1851. Rosalie Sarrazin la sucedió; Hélène la había recomendado en un principio con vehemencia. Rosalie sabía escribir. Cuando Bidard requirió que la cocinera le rindiese cuentas de los gastos, la simpatía se trocó en hostilidad. A esta recién llegada encargada del escrutinio, Hélène no tardó en reprocharle lo mismo que a las anteriores: tomarse excesivo espacio y mandar sin tener, a sus ojos, derecho alguno.
Bidard anunció que despediría a la cocinera por San Juan. La noche misma de una de aquellas disputas, ella porfió en servirle unos guisantes que el profesor rehusó. Rosalie los probó y cayó enferma. Cuando el amo quiso reservar el resto del plato, este ya se había desvanecido. Los días sucesivos alternaron mejorías y recaídas. La joven podía acompañar a Bidard al campo, parecer restablecida y luego volver a vomitar. Hélène se tornaba de nuevo afable, se brindaba a conducir a la enferma a la consulta médica y glosaba las recetas.
El despido no se ejecutó. Hélène prometió guardar la paz con Rosalie; Bidard consintió en retenerla. En la audiencia, el profesor evocó aquella determinación con la precisión dolorosa de quien persigue el instante en que aún habría podido atajar lo venidero. Sus ausencias, las pócimas prescritas, los vasos arrimados por una u otra mano se convertían en hitos. El mismo brebaje parecía ya aliviar, ya abrasar. El mal eludía todo diagnóstico certero porque una mano humana alteraba de continuo su curso.
El doctor Pinault y sus colegas acabaron por cotejar los síntomas con los de Rose Texier. La presunción del arsénico resurgió, decayó ante un alivio momentáneo y se impuso de nuevo. El propio Bidard oscilaba entre la figura de una envenenadora y la de una mujer admirablemente abnegada. Pensó en hacer prender a Hélène, mas desistió. No era por no ver padecer a Rosalie: la velaba, buscaba remedios, corría en pos de los médicos. Carecía de la certidumbre indispensable para mudar a su sirvienta en reo.
Cuando al cabo echó la llave a los bacines, alteró la marcha de la casa. En adelante se preservaría lo que Hélène se apresuraba a hacer desaparecer. Intentó apartarla de la cabecera, pero la madre de Rosalie, exhausta, consintió aún en dejarla acercarse. La joven expiró a finales de junio. Se dio parte a la justicia; Jégado fue arrestada el 1 de julio. Los peritos detallaron luego la autopsia, las tomas de muestras y las exhumaciones. Los despojos de Rose Texier y de Perrotte Macé, otra criada fallecida antes de la entrada de Hélène en casa de Bidard, fueron examinados. Los análisis introdujeron el arsénico allí donde se había invocado sucesivamente a los nervios, a una inflamación o al infortunio.
La pesquisa desanduvo entonces las colocaciones de Jégado por toda Bretaña. Antiguas defunciones, en particular las acaecidas en Guern en 1833, reaparecieron en torno a su nombre. Esta dilatada retrospectiva alimentó su nombradía de envenenadora de víctimas incontables; el juicio, empero, debía ceñirse a hechos concretos y atenerse a los plazos de prescripción. En Rennes, en diciembre de 1851, los testigos refirieron cuanto habían visto, pensado y a veces callado. Efectos hallados entre sus pertenencias añadieron los hurtos a la causa por envenenamiento.
Jégado lo negaba todo. Impugnaba las intenciones que le atribuían y sostenía haber asistido a las enfermas por su propio bien. Sus letrados, entre ellos Magloire Dorange, procuraron hacer comprender su condición y su grado de discernimiento en una sala violentamente hostil. Dorange denunció incluso un conato de agresión dirigido al rostro de la acusada a su entrada. El 14 de diciembre fue sentenciada a muerte. Subió al cadalso en Rennes el 26 de febrero de 1852.
En este proceso, el cúmulo de muertes ha solido terminar por sepultar sus nombres. El relato de Bidard permite restituirlas a su sitio exacto: Rose gobernaba una casa, Françoise deseaba recobrar fuerzas para volver a colocarse, Rosalie sustentaba a su madre y sabía llevar la contabilidad. No habían entrado en una leyenda; habían aceptado un empleo. Y esa llave apretada en la mano de un profesor recuerda cuán tarde llega a advertir una casa que quien acerca el remedio es también de quien urge resguardar a la enferma.
