Ir al contenido
Maison BeaulieuMAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · GASTRONOMÍA Y ARCHIVOS HISTÓRICOS
Amores y traiciones · Francia

Las muertas regresan a la audiencia

Pierre Dudragne: un robo, dos muertes y el reparto imposible

Se había comenzado por juzgar un robo. Luego un testigo cambió su declaración, el acusado se enredó en sus respuestas y las muertas, a quienes dos tempranas explicaciones médicas habían dejado descansar, regresaron para ocupar su lugar en la sala. Pierre Dudragne ya no respondía únicamente por una suma desaparecida. Tenía que explicar por qué dos mujeres habían muerto en la casa donde se custodiaba ese dinero.

La Gazette des tribunaux, que relata el caso en agosto de 1849, no ahorra asperezas al lector: considera de antemano culpable al reo y mide su sosiego con la vara del horror de los hechos. Guardémonos de tomar prestada semejante ciencia de los semblantes. Un hombre puede temblar por toda suerte de razones, y permanecer inmóvil por otras; lo que habría de abrumar a Dudragne pertenecía a los actos, a las declaraciones y a las confesiones, no a la fisonomía que los curiosos pretendían descifrar.

La casa de Étivaux

La viuda Maréchal tenía ochenta y cinco años. Vivía en Étivaux, en el municipio de Montmort, en compañía de su sirvienta Claudine Bray. Los caudales que atesoraba eran bien conocidos; habían adquirido en la vecindad esa presencia singular de los bienes que no se ven, pero de los que tanto se habla que acaban por antojarse al alcance de la mano. Una casa apartada, una anciana, una criada: bastaba con que alguien dejase de ver allí a dos personas para no hallar más que una ocasión propicia.

Dudragne mantenía una relación con Claudine. A tenor de la acusación recogida por el periódico, ambos participaron en la muerte de la viuda en mayo de 1848 para apoderarse enseguida de su dinero. Él se quedó con la totalidad. El primer crimen contenía ya, incluso antes de que pudieran considerarse a salvo de sospecha, la materia prima del segundo: uno poseía el botín; la otra poseía lo que sabía.

A la viuda la encontraron muerta. Un primer dictamen facultativo apartó las pesquisas de la hipótesis homicida. Ignoramos las palabras que se pronunciaron aquella mañana en torno al lecho mortuorio; resultaría demasiado cómodo introducir en la alcoba a un testigo perspicaz a quien nadie hubiera querido creer. El sumario publicado revela algo mucho más simple y más inquietante: se aceptó una explicación, y esa explicación consintió que el secreto y sus beneficiarios convivieran bajo el mismo techo.

Claudine permaneció en la casa.

El reparto que nunca tuvo lugar

Ella reclamó su dinero. Dudragne respondió con brutalidades y amenazas. El vínculo, que había podido servir de promesa antes del asesinato, se trocaba en un medio para mantener al otro sujeto al miedo; ya no mediaba proyecto en común alguno, sino únicamente una deuda que ningún juez podía admitir a trámite sin inquirir por su origen.

Sin embargo, Claudine habló. Confió a varias personas su participación en el robo, denunció las violencias de su compañero y advirtió de que lo juzgaba capaz de matarla. El periódico refiere incluso una premonición de su propia muerte. No precisamos conservar los términos exactos para calibrar su alcance: suplicaba que se la recordara de otro modo que como a una mujer a quien la enfermedad se hubiera llevado de improviso.

Aquel testimonio no la exculpaba del primer delito que el ministerio fiscal le achacaba. Tampoco la privaba del derecho a la vida. A las crónicas judiciales les complace en ocasiones disponer a sus protagonistas en dos hileras netamente deslindadas, a fin de preservar la compasión de todo tropiezo; la casa de Étivaux se resistía a tal ordenación. Claudine pudo haber sido cómplice de un asesinato y convertirse luego en la víctima de otro. Preciso era considerar ambos extremos a la par, sin que el uno sirviese de disculpa al otro.

En febrero de 1849, fue hallada sin vida a su vez. La víspera, unas vecinas la habían visto con cabal salud. Una vez más, vino a interponerse una explicación médica harto tranquilizadora para el homicida: se habló de una apoplejía. El paso del tiempo bien hubiera podido consumar la labor que el silencio había inaugurado.

Mas las confidencias pervivían en la memoria de cuantos las habían recibido.

Una audiencia interrumpida

El juicio por robo dio comienzo en junio. Dudragne sin duda habría preferido recibir condena por este único delito; cabía defenderse de una suma sustraída, discutir un reparto o albergar la esperanza de que a las difuntas se las mencionara a título de meras circunstancias. Mas un testigo se retractó de su deposición, las respuestas del encausado dieron pábulo a la duda y el tribunal suspendió los debates para que una nueva instrucción examinase los dos óbitos.

Semejante aplazamiento mudó la naturaleza del tiempo. Durante un año, cada semana transcurrida había ido alejando a la viuda Maréchal de las inquietudes judiciales; en adelante, los días se consagraron a aproximar lo que se había disociado. Las revelaciones de Claudine, las marcas advertidas en los cadáveres, la presencia de Dudragne y la desaparición del caudal dejaron de pertenecer a relatos inconexos.

El acusado confesó. La Gazette ofrece de estas admisiones una crónica de la que cabe retener lo sustancial sin reproducir los ademanes criminales: reconoció su participación en la muerte de la anciana junto a Claudine, para declarar a continuación que había matado a su compañera cuando esta le reclamó su parte y amenazó con denunciarlo. No se había topado con un obstáculo imprevisto. Había suprimido a la persona de la mano de la cual había franqueado el primero.

En la sesión de agosto, el dinero ya no señoreaba el proceso. Y sin embargo, seguía siendo su hilo más pertinaz: codiciado antes de la muerte de la viuda, retenido tras el reparto prometido, exigido antes de la muerte de Claudine. El homicida había pretendido erigirse en su único poseedor; acabó convirtiéndose en su prisionero antes de que los gendarmes lo condujeran ante los magistrados.

Las dos muertas

La defensa impetró circunstancias atenuantes. El ministerio público solicitó la pena capital, y el jurado pronunció un veredicto que llevó al tribunal a condenar a Dudragne a muerte. La reseña concluye señalando la atención que el gentío prestaba a su semblante, para dar paso al rumor de un tercer crimen. Dejaremos tal habladuría al periódico que la estampó en sus páginas: un relato no precisa añadir un cadáver incierto para tornarse más sobrecogedor.

La causa se bastaba a sí misma. Una anciana había sido despojada de la vida a cambio de su dinero; una segunda mujer, implicada con arreglo a las confesiones en aquel primer crimen, había sido asesinada por reclamar una parte del botín. Entre ambos hechos, varias voces habían hablado, ciertos dictámenes habían sembrado la calma y la justicia se había visto obligada a desandar el camino que creía haber recorrido.

Quisiéramos poder concluir con la restitución de algún bien, el regreso de un heredero o una puerta que por fin vuelve a abrirse. Las piezas consultadas no nos deparan semejante estampa, y no hemos de forjarla. Nos legan dos nombres: Maréchal y Claudine Bray. El segundo había advertido del peligro; el primero casi se había difuminado tras la suma robada.

Escribirlos uno tras otro, sin reducir a la viuda a su ancianidad ni a Claudine a su culpa, constituye una forma de franquear de nuevo los umbrales de aquella casa. El dinero lo había ocupado todo. Es hora de que las muertas recobren allí su lugar.

De este caso podría nacer un libro

Ayúdenos a elegir nuestro próximo libro

Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

La parte de Claudine

Una mujer exige su parte de un dinero ensangrentado y comprende que su cómplice pretende comprar su silencio con la muerte. Una ficción intimista centrada en sus postreros recursos.

Cargando votos…

novela

La casa de Étivaux

Dos muertes explicadas con excesiva premura. Un proceso por robo obliga a una aldea a escuchar de nuevo las palabras que acogió en el pasado sin mover un dedo.

Cargando votos…

trilogía

Los testigos de la comarca

Tres volúmenes dan voz a la sirvienta, a una vecina y a un joven letrado: tres modos de encarar una violencia a la que el dinero y las apariencias imponen el silencio.

Cargando votos…

Un voto por caso en este navegador, modificable en cualquier momento. Los proyectos más apoyados orientarán nuestras próximas ediciones. Cómo se conservan sus votos.

Ver los demás proyectos en el Salón →
El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

La Gazette des tribunaux del 29 de agosto de 1849 da cuenta de la vista celebrada el 23 de agosto ante la audiencia provincial de Saona y Loira. El texto original emplea diversas grafías para el apellido y consigna una edad distinta a la de otras fuentes; tales variantes no se han incorporado. La crónica concluye con la condena a muerte atestiguada en dicho documento, sin fijar fecha de ejecución. Se descarta expresamente el rumor final relativo a un tercer asesinato.

← Todos los 1.003 casos del Gabinete