La casa ardía; lo que se había logrado rescatar de ella pronto resultaría más comprometedor que lo perdido entre las llamas. Unos muebles a buen recaudo, unas vacas echadas en un huerto, el respiradero de un sótano cegado: tras la noche del desastre, aquellas cosas se examinarían con una atención de la que jamás habían sido objeto. La prudencia de unos tomaría, a ojos de los demás, el semblante de una preparación deliberada. En Coullemont, donde veintinueve casas acababan de desaparecer, salvar los propios bienes podía exigir, en adelante, una explicación.
Una mujer, a quien situamos entre los damnificados sin tomar prestado el nombre de testigo alguno, hace girar una llave en la palma de su mano. Había cerrado la puerta por costumbre al abandonar la vivienda; ya no sabe por qué ha conservado la llave. Ante ella no queda más que un lienzo de pared que reconoce mejor de lo que reconocería su propio rostro. Más allá, los vecinos hablan del ajuar de los Camus. Ella deja de buscar dónde posar lo que sostiene y se acerca para escuchar.
Lo que se había salvado
En la noche del 8 al 9 de agosto de 1831, hacia la una de la madrugada, el fuego se declaró en Coullemont, en el departamento de Pas-de-Calais. La crónica judicial sitúa su primer resplandor sobre la casa de Jean Delaporte. Un estruendo formidable despertó a la aldea; las llamas se propagaron con tal rapidez que redujeron veintinueve viviendas a cenizas en menos de dos horas. El periódico evalúa las pérdidas en noventa y siete mil francos. Aquella cifra daba una medida del siniestro; no decía dónde dormirían las familias a la noche siguiente.
Louis Camus dirigió las primeras sospechas hacia Delaporte. La acusación no tardó en volverse contra su propio autor. Muy pronto, fue en la casa de los Camus donde se buscaron los ademanes sospechosos, las precauciones excesivas, esa ventaja sobre la desgracia que parecía delatar el conocimiento previo de sus designios. Los habitantes no se limitaron a las palabras: la crónica da cuenta de injurias y violencias contra Camus. La cólera ya estaba en marcha cuando la justicia emprendió la tarea de reunir sus pruebas.
Se contó que un vecino había acudido a toda prisa a avisar a la familia, creyendo hallarla dormida, y la encontró en pie frente al incendio. Gran parte del mobiliario estaba a salvo. El ganado descansaba en el huerto. El respiradero del sótano había sido tapiado. Los pesquisas hubieron de escuchar lo que aquellos detalles significaban para quienes habían huido sin poder llevarse nada: los Camus debían de saberlo antes que nadie, habrían dispuesto de un tiempo que a los demás les fue negado.
Pero un objeto no indica por sí mismo la hora en que ha sido trasladado. Hacía falta reconstruir los hechos a través de los recuerdos de personas arrancadas del sueño, ocupadas en socorrer a los suyos o en combatir el fuego. La acusación sostenía que los preparativos constatados no pudieron haberse realizado tras la alarma. Una vaca echada se transformaba así en un argumento sobre el transcurso del tiempo; unos muebles intactos, en una incriminación contra sus dueños. Ya no quedaba nada de inocente en la forma de contemplar aquella casa.
Las palabras que no ardieron
Otras cosas habían sobrevivido: los rencores. En octubre de 1830, tras un procedimiento correccional por rapto de una menor, Camus había amenazado, según la acusación, a varias personas que habían testificado en su contra, pese a haber sido absuelto en apelación. Las palabras que se le atribuían resultaron tan inquietantes que se llegaron a organizar patrullas nocturnas en la primavera siguiente. Entre los damnificados del verano figuraban antiguos testigos; ante sus casas destruidas, aquellas amenazas cobraban una fuerza temible.
A la presunta venganza se sumaba el dinero. La casa de Camus, tasada en unos mil francos por la reseña judicial, había sido asegurada por el doble. El ministerio fiscal podía articular ambos intereses en una misma hipótesis: perder el propio techo privando del suyo a los enemigos, para percibir luego una indemnización. Semejante construcción dotaba al desastre de la nitidez de un cálculo. Exponía el móvil propuesto por la acusación; no por ello abría los pensamientos del procesado a quienes lo escuchaban.
Las palabras de un niño entraron también en el sumario. Varios testigos refirieron que un nieto de Camus, de ocho años de edad, les había hablado de actos de violencia ejercidos por sus tíos contra su padre a causa del incendio. El pequeño habría afirmado que su abuelo prendió fuego a su propia casa. No lo vemos aquí, candela en mano, sorprendiendo un ademán criminal: ninguno de los dos artículos relata semejante escena. Oímos únicamente a adultos reproducir lo que un niño les habría confiado. Entre el hecho juzgado y el tribunal mediaban múltiples voces.
En nuestra aldea imaginada, la mujer de la llave se encuentra con su vecino ante una pared aún en pie. Le repite una historia que acaba de oír; él le pregunta de quién la ha sabido. Ella se vuelve hacia la calle, busca con la mirada a una persona que ya no está allí y responde luego con un nombre. El vecino asiente en silencio. Ambos reanudan su labor. La conversación apenas habrá durado un instante; bien puede, sin embargo, prolongarse mucho después de ellos.
Dos esposos ante el jurado
La vista del 15 de diciembre condujo a los esposos Camus ante el tribunal de lo criminal. Marido y mujer habían compartido una casa, una noche y los actos descritos por los testigos; su presencia, lado a lado, invitaba a transformar aquella vida en común en una complicidad. Correspondía no obstante a los jurados pronunciarse individualmente sobre cada uno. Lo que se reprochaba al hogar no bastaba para borrar la frontera entre dos personas.
El letrado Boubert combatió los cargos. Insistió de modo particular en lo que el periódico denomina la ausencia de cuerpo del delito y solicitó que se desconfiara de unos testimonios enardecidos por las pérdidas sufridas. El dolor de los damnificados era comprensible; mas no eximía de examinar rigurosamente sus imputaciones. En una causa donde tantas certezas descansaban sobre el sentido atribuido a unos actos, esta defensa atacaba el nexo entre lo que se había visto y lo que se había deducido.
El jurado se retiró a deliberar. Su decisión separó a los cónyuges: la mujer fue absuelta; Louis Camus, declarado culpable. La pena de muerte fue pronunciada a medianoche. El artículo publicado tres meses más tarde subraya cuán divididos habían estado los sufragios. El veredicto había zanjado el litigio; no había disipado la dificultad de juzgar. En cuanto a la esposa, salía del proceso libre de culpa. Atribuirle, en nuestro relato, una culpabilidad latente sería dictar contra ella una condena que el jurado se negó a pronunciar.
Lo que se llevaría el mediodía
Tras la desestimación de los recursos de casación y de gracia, Camus fue conducido a Saint-Pol para ser ejecutado el 5 de marzo de 1832. La crónica de aquella jornada lo muestra preocupado por su familia y rogando al fiscal del rey que la proteja. Evoca asimismo una confesión en prisión, pero a título de información transmitida por terceros. No se trata de una confesión de la que poseamos el texto. El reo, según lo describe el corresponsal, insistía sobre todo en el encarnizamiento que reprochaba a los testigos.
La última mañana tuvo sus comidas, sus visitas, sus gestos ordinarios convertidos en penosos trances. Ayudaron a Camus a sostener el vaso. Rezó; miró a cuantos lo rodeaban. Conforme se aproximaba el mediodía, el tiempo ya no se medía en jornadas ganadas o perdidas ante los tribunales. Sólo restaban el trayecto hasta la plaza, los peldaños, la muchedumbre. El periódico le atribuye aún, en el último instante, un pensamiento para los suyos. Luego tuvo lugar la ejecución.
El corresponsal asevera que una multitud de varios miles de personas presenció el suplicio. Refiere, por último, que tras la retirada del cadáver aparecieron gentes enmascaradas que se pusieron a bailar cerca del cadalso, mezclando el carnaval con la muerte que acababa de consumarse. Esta escena nos llega a través de su crónica indignada. No necesita que inventemos una risa, una canción o los rostros de los danzantes para producir su efecto: la plaza volvía a quedar despejada, mientras una familia continuaría arrastrando el nombre del ajusticiado.
En Coullemont, nuestra mujer de la llave se detiene al atardecer ante una puerta nueva. La madera huele todavía a taller. Prueba por distracción su vieja llave, advierte su error y busca la otra en el bolsillo. A su espalda, alguien habla de los Camus. Reconoce la voz sin necesidad de girarse. La cerradura cede al fin; entra y deja las dos llaves sobre la mesa, una junto a la otra.
