El sombrerero había salido a la carrera, sin calzarse los zapatos. Acababan de avisarle de que un caballero se llevaba a su hijo; su mujer ya corría tras él. Aquel 17 de junio de 1820, entre Saint-Rambert y Lyon, las riberas del Saona se transformaron en el escenario de una persecución en la que cada indicio imponía un nuevo rodeo. Varios obreros habían visto pasar al raptor: había tomado una barca, cruzado a la otra orilla y proseguido la marcha. Berthier le siguió el rastro hasta el límite de sus fuerzas. Luego, una serie de gritos en las inmediaciones del puente de Tilsitt lo pusieron de nuevo en pie. El hombre se hallaba en un café. El padre entró blandiendo un palo; varios parroquianos le sujetaron el brazo. El fugitivo logró colarse por el zaguán de una finca. Aquella vez, el pasaje no le ofreció salida alguna.
El niño fue hallado con vida. El hombre arrestado se había cambiado las medias y llevaba consigo otras prendas destinadas, al parecer, a disfrazar la menuda silueta del pequeño. Ante el comisario, ofreció una explicación cuya extrañeza superaba con creces la de su fuga: le habían arrebatado a su propio hijo y él había tomado a otro en su lugar. Acto seguido declaró su nombre y su cargo: Pierre-Claude Chevallier, subjefe del negociado de hacienda de la prefectura del Ródano. La administración estaba habituada a ciertos tropiezos; menos familiarizada estaba, en cambio, con ver a uno de sus empleados en manos de un sombrerero que corría descalzo. La consideración social de la que gozaba Chevallier hizo que el arresto resultara más difícil de comprender y, muy pronto, infinitamente más inquietante.
La crónica judicial publicada en 1827, merced a la cual conocemos este caso, se apresura a condenar antes incluso de narrar. Conviene tomar sus documentos con mayor cautela que sus arrebatos de indignación. En sus páginas se describe a un funcionario puntual, estimado por sus superiores, cuyos modales habían favorecido su ascenso. Lo muestra asimismo tres veces viudo y recién casado de nuevo. Hasta aquel instante, los lutos podían pasar por una sucesión de desgracias familiares; tras el secuestro, se convirtieron en las conversaciones públicas en una serie de presagios harto temibles. Reaparecieron recuerdos, los parientes hablaron y se interrogó a los médicos. Una reputación intachable había cubierto aquellas muertes; en cuanto se quebró, todas pasaron a ser sospechosas.
Antes de sus nupcias, Chevallier había convivido con Jeanne Dejounk, viuda de Debira, una joven holandesa que murió en Lyon. Más tarde, Étiennette Desgranges, su primera esposa, sucumbió en 1814; Marguerite Pizard, la segunda, en 1817; Marie Riquet, la tercera, en 1819. Benoîte Besson era la cuarta. Bajo la pluma del cronista, las difuntas se convierten de inmediato en las víctimas de un mismo envenenador. Las sesiones del juicio revelarían una historia con pruebas menos terminantes. Varios contratos matrimoniales estipulaban ventajas económicas para el cónyuge superviviente, pero no todos las contemplaban. El dinero podía brindar un móvil a la acusación; no bastaba, empero, para esclarecer cada unión ni para probar cada crimen. Los nombres de aquellas mujeres exigían algo más que una simple suma contable.
Faltaba, asimismo, un menor. Denis-Marie-Eugène, hijo de Marguerite Pizard, había sido sacado del pupilaje por su padre a comienzos de agosto de 1819. A quienes inquirían por su paradero, Chevallier les respondía que el niño gozaba de buena salud, que se encontraba en casa de una tía en otro departamento. Jeanne Pontannier, que era su madrina, insistía con inquietud; también el tío materno. Tras el arresto, el padre ofreció una versión enteramente distinta: se había llevado a su hijo con la intención de colocarlo en otra parte, mas una caída en un camino tortuoso los había separado. La noche cerrada, su propia turbación y una serie de búsquedas infructuosas habrían consumado el desastre. No formuló declaración alguna ante la autoridad; se reintegró a su puesto de trabajo y continuó dando noticias tranquilizadoras de un hijo que ahora afirmaba haber extraviado.
El rapto del pequeño Berthier cobraba así un sentido verosímil: sustituir al ausente, presentar un niño ante quienes acabarían por exigir verlo. Tal era la tesis sostenida por la acusación, la cual revelaba una traba añadida: el hombre que habría pretendido reemplazar a un chiquillo por otro vivía él mismo bajo un nombre prestado. En Lyon, los familiares de la estirpe Chevallier no lo reconocían. Por más que dilatara sus explicaciones sobre su cuna, su parentela y sus campañas militares, ninguna lograba atribuirle un solo allegado de sangre. Por fin, la justicia halló al auténtico Pierre-Claude Chevallier: estaba vivo, servía como oficial en el ejército y había extraviado su documentación años atrás. Se le hizo comparecer. Dos hombres reclamaban ante los tribunales el mismo patronímico; solo uno de ellos tenía derecho a conservarlo.
El falso Chevallier solicitó entonces entrevistarse con su esposa. Ante Benoîte Besson reconoció la usurpación y le habló de su verdadera estirpe, a la que aseguraba querer librar de la infamia. Al cabo confesó su identidad: Pierre-Étienne-Gabriel Lelièvre, natural de Madrid y de ascendencia francesa. Las indagaciones practicadas en París sacaron a la luz a un antiguo empleado del Banco de Francia y un desfalco de sesenta mil francos cobrados mediante pagarés fraudulentos. Su padre había contribuido a devolver las sumas; ciertas influencias y protectores le habían evitado las penas judiciales. El paso por el ejército, la deserción y unos papeles militares hallados en Flesinga habían precedido a su asentamiento liones. En la vista oral negaría haber falsificado los pagarés, si bien reconoció haber percibido los fondos. Tras la máscara del funcionario intachable despuntaba una trayectoria de firmas engañosas.
Las sesiones del juicio se iniciaron el 11 de diciembre de 1820 ante el tribunal de lo criminal del Ródano. Se había situado al reo en un sillón elevado; una multitud se apiñaba en la sala para contemplarlo. Con todo, la deposición más rotunda y sencilla fue la de un niño de apenas tres años. Jean-Claude Berthier reconoció al sujeto que se lo había llevado en brazos. Habló de golosinas, de un silbato que le compró y de un frasco del que le habían hecho beber. Cuando se le preguntó qué contenía dicho frasco, no supo nombrarlo. Los adultos habían sospechado la presencia de alguna sustancia destinada a adormecerlo; la respuesta del pequeño no permitía identificarla. Lelièvre convino en que, en efecto, aquel era el niño al que había alzado.
Otros vestigios prometían revelaciones para luego sumirse en el silencio. Se le mostraron a la mujer que había custodiado a Eugène las medias azules incautadas al pequeño Berthier; no las reconoció como pertenecientes al hijo del acusado. Semejante negativa poseía su valor: en una sala persuadida de que todos los cabos se ataban a la perfección, una testigo se permitía dejar uno de ellos desanudado. El mismo rigor correspondía a las muertes de las cónyuges. Las convulsiones, los brebajes y las actitudes del marido conformaban escenas espeluznantes; restaba probar, sin embargo, qué acreditaban realmente. El recuerdo de una penosa agonía no constituía, por sí solo, el conocimiento cierto de su causa médica.
Respecto a Marie Riquet, los testimonios resultaban especialmente demoledores. La enfermera Fontaine había visto a Chevallier administrar una pócima de cuyo amargor dio fe y que no identificaba como remedio prescrito por el facultativo. El doctor Levrat refirió su propio estupor ante el fulminante empeoramiento de la paciente. Lelièvre mantenía haber obrado únicamente para aliviar a su esposa. Al hilo de los interrogatorios, el sulfato y el sulfuro de potasa corrían el riesgo de tomarse como dos nombres de una misma certeza incriminatoria, cosa que distaban de ser. El boticario dio cuenta de una petición sospechosa, rectificada de inmediato por Chevallier, pero creyó situarla al día siguiente del óbito. No era posible, por tanto, erigir sobre semejante memoria vacilante la prueba definitiva de una compra de veneno previa a la muerte.
El alegato de Beaugeard en favor de la defensa se prolongó durante cinco horas. En lo tocante a la suerte de Eugène, se aferró a la ausencia de cadáver y a la falta de pruebas terminantes. Las mentiras del padre eran inexcusables; ¿demostraban, no obstante, que hubiera cometido un homicidio? El letrado instó a los miembros del jurado a imaginar al niño regresando algún día a reclamar a su padre. El fiscal replicaba esgrimiendo la concatenación de los hechos: la desaparición oculta y el secuestro forzoso del hijo ajeno. Ambos hombres podían ser elocuentes; su elocuencia no eximía de su responsabilidad al jurado. El cuestionario separaba las falsedades documentales, cada uno de los tres envenenamientos, la muerte del hijo y el rapto de Berthier. Procedía responder a cada extremo por separado.
Y así lo hizo el jurado. Descartó la culpabilidad de Lelièvre en los fallecimientos de Étiennette Desgranges y de Marguerite Pizard. Lo declaró culpable del envenenamiento de Marie Riquet, del homicidio premeditado de su propio hijo, del secuestro y de las falsificaciones. El tribunal pronunció la pena capital. Lelièvre interpuso recurso de casación. Dos veredictos absolutorios habían quebrado la cadena de atrocidades que el ministerio fiscal presentaba como continua. Aun condenado a muerte, Lelièvre no lo estaba por todos los crímenes que se le imputaban.
Sobrevino después un hallazgo. Durante los debates de la causa, una vecina de Ternay había tenido noticia del menor desaparecido y relacionó sus señas con las de un niño ahogado hallado en las orillas del Ródano en agosto de 1819. Se abrió una investigación. Las ropas se habían conservado y luego entregado al nieto del fabriquero; la policía las trasladó a Lyon el 16 de diciembre. La crónica de la época presenta dicha coincidencia como la certidumbre largamente esperada. No obstante, aquellas prendas llegaron tras el veredicto. Los jurados no tuvieron tales piezas a la vista en el instante de fallar sobre la suerte de Lelièvre. El nuevo elemento se incorporaba a un expediente sobre el que ya pesaba sentencia firme. La instrucción seguía su curso mientras el reo aguardaba la resolución de su recurso.
El recurso de casación fue desestimado el 11 de enero de 1821. El día 29, Lelièvre escribía todavía para impugnar la sentencia; la víspera había implorado un aplazamiento. Fue conducido al cadalso y ejecutado en Lyon. El caso se había iniciado con un padre que corría descalzo para recuperar a su hijo. Concluía con otro padre condenado por dar muerte al suyo, tras meses de alterar su nombre y el lugar de su paradero en cada una de sus declaraciones. El pequeño Berthier, por su parte, había regresado junto a los suyos. Entre legajos adulterados, contratos y actas judiciales, su menuda presencia con vida permanece como lo más limpio y certero que este proceso logró salvar.
