El pagaré era bueno, decía Jesson; era el nombre de su propietario lo que le incomodaba. En la sala pública del George and Vulture, en Londres, James Bolland acababa de exhibir una promesa de pago de cien libras. Deseaba descontarla. Pero su propio nombre figuraba al dorso, y Jesson no quería que el suyo lindara con aquél. Ciertos hombres pierden su crédito antes de haber perdido su dinero. Bolland había alcanzado ese punto desagradable en que una firma puede desmerecer el papel que debería garantizar.
Un comensal empuñó un cuchillo de mesa. El informe judicial conservado por Thomas Leach refiere que emprendió la tarea de raspar las letras, comenzando por el final. Bolland lo detuvo cuando ya sólo quedaba la B: de proseguir, se corría el riesgo de horadar el pagaré. Halló otra solución. Unas pocas letras añadidas a la inicial compondrían otro nombre. De este modo, Banks ocupó el lugar de Bolland. Ya no restaba sino otorgar una existencia al firmante.
Seis chelines por día
Mucho antes de aquel encuentro de octubre de 1771, Bolland había hecho de la solvencia ajena su ocupación. Agente del sheriff, apresaba a los deudores; regentaba asimismo una casa en la que éstos podían alojarse antes de su traslado a prisión. La diferencia tenía un precio. Quien pagaba su hospedaje compraba una tregua, un arreglo menos temido, la posibilidad de recibir todavía algún auxilio. Quien ya no poseía nada dejaba de revestir el mismo interés.
La crónica de su vida describe primero una casa de Falcon Court, en Southwark, y luego un establecimiento de Great Shire Lane, cerca de Temple Bar. En el segundo, la jornada habría costado seis chelines. Las ventanas no estaban provistas de los barrotes que habrían delatado con excesiva franqueza el destino del lugar. Podía darse al confinamiento la apariencia de una morada; bastaba con hacer comprender al huésped que la otra dirección sería una cárcel.
Dicha crónica es implacable con Bolland. Lo acusa de retener a los clientes aún capaces de pagar, de desplumarlos en el juego, de lucrarse con su desasosiego. No todos sus episodios poseen la precisión del informe judicial sobre el pagaré. Preciso es, por tanto, preservar en estas acusaciones su carácter de relato inculpatorio. Trazan, no obstante, el mundo en el que su nombre había adquirido tan funesto valor: un universo de deudas, fianzas y firmas, donde el hombre que ejecutaba las persecuciones judiciales sabía igualmente cómo desviarlas.
El capitán había conservado su recibo
Entre los lances referidos figura el de un capitán que adeudaba trescientas libras. Encargado de arrestarlo, Bolland había obtenido el pago de la deuda y de las costas. La nave se hizo luego a la mar. A su cliente, empero, el agente le declaró que el capitán se le había escapado; insistió incluso en las fatigas y dispendios de su pesquisa. El acreedor, así informado, le otorgó una gratificación. La deuda estaba saldada, mas su beneficiario lo ignoraba.
La mentira tenía por delante todo el tiempo de una travesía. Al regreso de la embarcación, una nueva acción ejecutiva fue encomendada a otro oficial, hallándose Bolland ausente. El capitán opuso a esta segunda demanda el recibo de la primera. Aquel papel, que debió haber cerrado el asunto tiempo atrás, lo reabrió contra quien lo había suscrito. Bolland había confiado en el alejamiento de un hombre; se topaba de bruces con la presencia de su propia letra.
Según la misma crónica, dilataba el procedimiento, perdió el pleito y conoció a su vez el cautiverio, y luego la Fleet. Su excarcelación merced a una providencia de insolvencia no significaba que el acreedor hubiera errado. Le permitió salir. Un contacto trabado en prisión le ayudó después a encontrar fiadores y un cargo al servicio del sheriff de Middlesex. La historia depara aquí una lección menos edificante de lo previsible: la experiencia carcelaria no puso término a sus manejos con los cautivos.
Más adelante, pretendió adquirir el cargo de City Marshal. Se impuso en la subasta por dos mil cuatrocientas libras, pero la aprobación preceptiva le fue denegada tras examinar su reputación; su depósito debía serle restituido. La compra no bastaba, pues, para consagrarlo titular. Podía exhibir el dinero. Mas las autoridades municipales no estaban dispuestas a acoger su nombre.
El señor Banks, comerciante
En el George and Vulture, el obstáculo se antojaba más sencillo de allanar. El pagaré de cien libras estaba fechado el 12 de octubre de 1771, pagadero a dos meses de su fecha a Samuel Pritchard o a su orden, y llevaba la firma de Thomas Bradshaw. Bolland sostenía con Pritchard cuantiosos y enmarañados negocios de dinero. Jesson tenía ya un efecto de cincuenta guineas impagado. Su requerimiento sobre dicha liquidación había inducido a Bolland a exhibir el nuevo pagaré.
Tras el raspado, Jesson admitió el papel. Advirtió, no obstante, que el hombre a quien pensaba entregarlo inquiriría quién era Banks. Bolland tenía la réplica presta: un tratante de licores establecido en los alrededores de Rathbone Place. El nombre añadido dejaba de ser una mera serie de letras. Recibía un oficio y una residencia, suficientes para consentir que el dinero circulara con visos de fianza.
Francis-Lewis Cardeneaux tomó el documento para descontarlo. Anticipó primero una suma a Jesson; más tarde, Bolland acudió a reclamar la devolución del efecto o su importe. Los tres hombres se reunieron en un café. Cardeneaux pidió informes acerca de Pritchard y de Banks. Bolland presentó al primero como un tratante de caballos de sobra conocido y acaudalado; al segundo, como un hombre de posibles con un respetable comercio de vinos y espirituosos. Tales prendas son las seguridades que él ofreció, no las nuestras.
El pago se verificó mediante diversos efectos y una suma previamente adelantada. Cardeneaux no exigió la firma de Bolland: Jesson le había explicado que entorpecería la circulación del papel, a causa de su antigua condición de oficial del sheriff. Era una cautela singular. Se eludía el nombre del hombre presente para serenarse con el de un sujeto jamás visto.
El papel regresa
Antes del vencimiento, Bradshaw y Pritchard se declararon en quiebra. Cardeneaux buscó a Bolland para comunicarle que el pagaré resultaría fallido. No halló ya al presuroso propietario ansioso de embolsarse el precio. A decir del informe, Bolland fingió no haberlo visto jamás y le rebatió precisamente con la falta de su endoso. Él llevaba el nombre de Bolland; el pagaré, el de Banks. Lo alterado sobre la mesa de la taberna servía ahora como su alegato de defensa.
Cardeneaux confió el efecto a un mandatario para compeler al pago. Un letrado, Levi, dos de cuyos clientes habían sido igualmente burlados por Bolland según el legajo, supo por Pritchard de la transformación del nombre. Propuso entablar querella. El pagaré fue recuperado para servir como pieza de convicción, y luego consignado ante el escribano de sir John Fielding tras la detención de Bolland. Iba a ser presentado en juicio, con los rastros de la operación consumada por sus artífices ante testigos.
Sobrevino aún otra intervención: consumada la reclusión, alguien llevó cien libras a Cardeneaux en nombre de James Banks. Éste libró un recibo, empeñando su palabra de restituir el pagaré a requerimiento. Pero la prueba obraba ya en manos del magistrado. Añade el acta que no se constató la existencia de tal James Banks de Rathbone Place. El dinero reapareció; el garante, por su parte, no compareció con una identidad probada.
El último endoso
En las sesiones de febrero de 1772 de Old Bailey, Bolland fue procesado por el endoso falso y por su uso a sabiendas. El jurado lo halló culpable; se dictó sentencia de muerte. Su ejecución quedó, empero, en suspenso a fin de elevar ante los doce jueces una cuestión cuya gravedad ponía de relieve el litigio: ¿cabía falsedad a nombre de una persona que jamás había existido?
Sería tentador escribir la respuesta como una última y rotunda palabra del tribunal. Leach nos lo impide: su informe precisa que el dictamen de los magistrados no se hizo público. Consigna seguidamente la ejecución de Bolland en Tyburn, en 1772. La suspensión no lo había salvado. La crónica le atribuye, antes de morir, el reconocimiento de numerosos agravios, pero asimismo la negativa a confesar intención criminal alguna en la causa que lo arrastraba al patíbulo.
Años de quejas no habían obrado semejante desenlace. Un pagaré corrido de mano en mano había hecho desfilar los actos precisos de una tertulia: una deuda por zanjar, un nombre tenido por enojoso, un cuchillo, unas letras preservadas y otras tantas añadidas. Bolland creyó poder escindir su interés de su rúbrica. El papel había acabado por volver trayendo ambos consigo.
