Había que franquear las puertas de una prisión para recuperar los encajes. Katherine Stetham acudía allí con diez guineas, porque el hombre recluido tras aquellos muros le había hecho saber que podía devolverle su mercancía. En el Londres de la primavera de 1725, Jonathan Wild proseguía con su oficio entre las rejas de Newgate. El escenario había cambiado; los clientes, no obstante, sabían a la perfección dónde encontrarlo.
La mercera entregó el dinero al mozo que le presentaron. Éste salió, regresó al cabo de unos instantes con una caja y la práctica totalidad de los encajes volvió a ver la luz. Wild no reclamó nada para sí. Se proclamaba desinteresado, hablaba con pesar de sus enemigos y pedía oraciones por su alma. La transacción ofrecía la apariencia de un favor dispensado por un hombre sumido en la desgracia. Iba a ser, sin embargo, el sendero que lo conduciría directamente al cadalso.
Aquel a quien se acudía
Mucho antes de aquella visita, Wild había comprendido una singularidad fundamental del robo: el objeto arrebatado a alguien conserva a menudo mayor valor para su víctima que para cualquier comprador fortuito. Un reloj de bolsillo puede revenderse; los papeles que lo acompañaban, los recuerdos de familia, los documentos de interés comercial difícilmente encontrarán mejor postor que su legítimo dueño. Bastaba con reconducir los bienes hacia quien los había perdido, haciéndole pagar con creces el camino de vuelta.
Natural de Wolverhampton, Wild había ejercido el oficio de fabricante de hebillas antes de afincarse en Londres. Una detención por deudas lo puso en contacto con maleantes y con Mary Milliner, cuya profunda familiaridad con los bajos fondos propició más tarde sus empresas. El establecimiento que ambos abrieron en Cock Alley no tardó en erigirse en concurrido punto de encuentro. Allí se depositaba el botín; allí se buscaba un arreglo. Wild aprendió con presteza a sacar provecho de los secretos y delaciones que unos guardaban sobre otros.
Colaboró asimismo con Charles Hitchen, un funcionario de la City cuyos turbios procedimientos acabaron denunciados. La sociedad se disolvió y las mutuas inculpaciones saltaron a la imprenta. Mientras ambos disputaban en público sobre su respectiva probidad, las víctimas continuaban clamando por sus caudales. Wild les ofrecía algo incomparablemente más seductor que una querella: la certidumbre tangible de recobrar lo sustraído.
Anotaba las señas, dilataba la espera, anunciaba la pista de un rastro. Una recompensa podía facilitar las pesquisas; una suma más elevada prometía mejores frutos. Había que andarse con tiento con el actual poseedor del bien —se advertía a la víctima—, so pena de inducirlo a destruirlo o deshacerse de él para siempre. El despojado, que ya había sufrido una primera expoliación, descubría consternado que corría el riesgo de perder incluso la opción de recomprar su propia hacienda.
El protector elegía a sus ladrones
Wild no vivía únicamente de las restituciones. Hacía prender a criminales, coadyuvaba a su condena y se presentaba ante el mundo como un celoso auxiliar de la justicia. Aquella actividad le granjeaba una provechosa aureola ante los caballeros que lo visitaban, pero sobre todo una autoridad implacable entre los ladrones. Quien conocía al milímetro sus escondrijos podía protegerlos con una mano, o conducir con la otra a los corchetes destinados a capturarlos.
Las crónicas de la época describen una escisión despiadada entre los cómplices que acataban sus condiciones y los que se negaban a doblar la cerviz. Los primeros alimentaban el engranaje de su comercio; los segundos se exponían a nutrir su reputación de infatigable cazador. Con cada arresto que se apuntaba, su amenaza cobraba un cariz más sobrecogedor. Un truhán díscolo no sólo debía temer a la competencia, sino el pavor de ver a su antiguo intermediario subir al estrado para testificar en su contra.
Wild disponía de almacenes clandestinos, enlaces de confianza y una embarcación para dar salida fuera de Inglaterra a las mercancías de más difícil colocación en el mercado local. Lucía con orgullo los distintivos del prestigio alcanzado en la capital. En 1724 llegó a solicitar a la corporación londinense el reconocimiento formal de sus desvelos mediante la concesión de la libertad de la City. Había aprendido el arte de maquillar de mérito cívico un poder arbitrario cuyas reglas fijaba a su entero capricho.
Aquel ascendiente, empero, albergaba sus límites. Joseph Blake, apodado Blueskin, le asestó una cuchillada en la garganta dentro del propio recinto del tribunal, hiriéndolo de gravedad. Wild logró sobrevivir. Su renombre seguía intacto, pero los lazos con aquellos a quienes empleaba o perseguía no podían perpetuarse en una sumisión indefinida. Los mismos testigos a los que mantenía a su merced atesoraban también revelaciones comprometedoras sobre su persona.
Una caja desaparece en Holborn
El 22 de enero de 1725, un hombre y una mujer entraron en la tienda de Katherine Stetham. Dijeron desear encajes, mostraron reparos ante los cortes que se les ofrecían y pidieron examinar otras piezas. La mercera subió a los aposentos en busca de otra caja, dejando a su hija al cuidado del mostrador. Los forasteros se marcharon sin cerrar trato alguno. Poco después, Stetham descubrió la desaparición de una caja de hojalata que contenía encajes valorados en cincuenta libras.
Desde las primeras noches acudió en busca de Wild. Al no hallarlo, hizo publicar un aviso ofreciendo quince guineas de recompensa, sin preguntas de por medio. Esta última salvedad revelaba a las claras su prioridad: recobrar el género antes de exigir cuentas a los expoliadores. El bando no surtió efecto. Regresó entonces a las dependencias del hombre a quien tantos londinenses confiaban quebrantos semejantes.
Él recabó la filiación de los sospechosos, prometió averiguar su paradero y la emplazó a regresar. Pronto la mujer ofreció más: veinte guineas, veinticinco si era menester. Wild la exhortó a guardar calma. Según las declaraciones impresas en el proceso, adujo la posibilidad de sembrar la discordia entre los poseedores del alijo para sacar ventaja de su desavenencia y rescatarlo a mejor precio. Poseía la destreza de transformar la espera forzosa en la apariencia de un provechoso ahorro futuro.
En nuestra recreación de aquellas entrevistas, la comerciante se detiene antes de ofrecer una suma mayor. Ya ha desembolsado en su día el valor de la mercancía que ahora pretende recomprar; cada incremento de la recompensa devora una porción de su propio trabajo. Wild puede aguardar con holgura. Ella, mientras tanto, tiene un negocio abierto que sostener. El silencio que media entre ambos no acarrea el mismo precio para una y para el otro.
El 15 de febrero, Wild fue prendido por haber participado en la fuga de Johnson, capitán de su nave, arrebatado a la justicia durante un violento tumulto callejero. Los cargos no tardaron en acumularse en su contra. Katherine, sin embargo, continuaba privada de sus encajes, y los muros de Newgate no interrumpieron el trato. El 10 de marzo recibió la propuesta que la condujo hasta allí con diez guineas en la faltriquera.
Un favor dispensado ante testigos
Wild le entregó una esquela con las señas donde recoger los efectos. Al ser iletrada, la mercera puso el papel en manos del mozo. El dinero transitó por idénticos conductos. La caja recuperada no era la sustraída originalmente, pero albergaba la mercancía casi al completo, a excepción de una sola pieza. Katherine preguntó qué adeudaba al prisionero por sus desvelos. Wild contestó que no pedía nada para sí, al tiempo que confiaba en restituirle el retal que faltaba, e incluso su dinero y la captura del ladrón.
Todo el artificio descansaba en aquella hábil frontera: los intermediarios embolsaban las guineas; él se limitaba a prestar un noble servicio. La mercera no había presenciado sus pactos entre bastidores, pero había sido testigo directa de lo que urdía entre rejas y estaba en condiciones de atestiguarlo con pelos y señales.
En el juicio celebrado el 15 de mayo se ventilaron dos imputaciones. La primera atañía al robo de los encajes. Henry Kelly y Margaret Murphy incriminaron a Wild, declarando haber obrado bajo sus órdenes directas y haberle entregado el botín en mano. La defensa opuso la fórmula procesal de la acusación a la participación material que los testigos le atribuían: él no era quien había sustraído físicamente la caja del establecimiento. El primer veredicto se saldó con una absolución.
Aquel pronunciamiento no zanjó el pleito. La ley castigaba con el máximo rigor a quienes percibían, de forma directa o indirecta, una recompensa por colaborar en el rescate de bienes hurtados sin proceder a la detención y procesamiento del culpable. El segundo cargo versaba con precisión matemática sobre las diez guineas y la restitución consumada en Newgate. La mercera detalló el trayecto que siguió la plata y el camino recorrido por la caja. Lo que se había presentado como una mediación ajena a Wild volvía a manifestarse como una única y fraudulenta operación sujeta a su exclusivo arbitrio.
La defensa procuró impugnar en vano la pertinencia del precepto legal, mas sus argumentos no lograron convencer al tribunal. Wild fue declarado culpable y condenado a morir en la horca. El hombre que durante años había hecho depender el pellejo de los ladrones de su ciega sumisión caía derribado por los mismos resortes sobre los que había levantado su imperio.
El camino que ya no dependía de él
Confiaba en que los servicios prestados a la Corona y los personajes encumbrados a quienes había devuelto sus haciendas le granjearan el indulto real. Había mandado imprimir y distribuir la relación de los malhechores capturados gracias a su celo; pretendía que la balanza sopesara sus aportaciones al orden público frente a las culpas que se le reprochaban. Ninguna providencia acudió a suspender el curso del suplicio.
Antes de la hora señalada intentó quitarse la vida ingiriendo láudano. Los testimonios coetáneos lo describen después aletargado y sin fuerzas, sostenido a duras penas por otros reclusos. El 24 de mayo de 1725 fue conducido a Tyburn. La multitud apostada en el trayecto lo colmaba de injurias, arrojándole lodo y pedradas. Al pie del patíbulo, la parsimonia de los preparativos exasperó aún más a la muchedumbre, y hubo quienes conminaron al verdugo a abreviar el trámite sin miramientos.
Fue ahorcado aquel mismo día. Su cadáver, sepultado en Saint Pancras, fue desenterrado a las pocas noches, según refieren las crónicas de la época. Ni la propia fosa le concedió un descanso duradero. Los hombres a quienes había acostumbrado a esperar ya nada tenían que aguardar de él; las últimas voces que se alzaron en torno a su carreta habían sido las de una turba implacable que no toleraba dilación alguna.
