Londres había encontrado a un hombre al que exigía dos cosas incompatibles: que estuviese encerrado para tranquilidad de sus habitantes y que escapase para su esparcimiento. Hasta entonces, Jack Sheppard respondía con creces a la segunda. A lo largo del año 1724, sus carceleros habían visto regresar a aquel ladronzuelo con una regularidad que les habría tranquilizado si no hubiera sido preciso, cada vez, empezar por perderlo.
Su nombre corría ya más deprisa que él. En las tabernas, a las puertas de las tiendas, se referían las murallas salvadas y los hierros doblegados; los folletos prometían desvelar por fin el secreto de sus prodigios. El cliente compraba a un criminal y se llevaba consigo a un artesano extraordinario. Significaba olvidar con demasiada premura que aquellas manos tan diestras para abrir prisiones habían comenzado por abrir las casas ajenas.
El trabajo de las manos
John Sheppard había nacido en 1702, en el este de Londres. Huérfano de padre a muy temprana edad, fue acogido en un hospicio y más tarde colocado como aprendiz con un carpintero llamado Wood. Las crónicas antiguas coinciden en su pericia. Antes de convertirse en un personaje al que casi se le atribuiría el poder de atravesar los muros, había aprendido que la madera resiste de forma distinta según el punto donde se aplique la fuerza, y que un ensamblaje puede ser desentrañado por quien lo examine con paciencia.
Imaginémoslo ante una puerta por reparar. Su maestro señala una holgura, una pieza fatigada, un defecto que el dueño de la casa no alcanza a ver. El muchacho atiende menos a la queja del cliente que a seguir, con la vista y con los dedos, aquello que todavía se sostiene. La misma mirada le serviría más adelante para buscar lo que cede. Nada hay en ello de fatalidad profesional: millares de obreros mantienen las casas en pie. En Sheppard, un saber útil se convirtió en el medio de violar la confianza que le había franqueado la entrada.
Frecuentó a Elizabeth Lyon, conocida como Edgworth Bess, y a varios hombres dedicados al robo. Los autores de su época hallaron en esa unión una explicación que a menudo les dispensaba de buscar otra: una mujer echaba a perder a un mozo prometedor. Cabe señalar la importancia de Bess en su vida sin arrojar sobre ella la responsabilidad de todas sus decisiones. Sheppard abandonó su aprendizaje antes de tiempo y tomó parte en robos con allanamiento. Las mercancías, el dinero y las ropas sustraídas tenían dueños; la celebridad del ladrón no los volvía imaginarios.
Un robo cometido en casa de un mercader de paños brinda a sus biógrafos un detalle revelador. Tras haber desmontado los barrotes de una ventana, Sheppard los habría colocado de nuevo en su sitio, de suerte que una inquilina fue tenida por sospechosa. La destreza técnica dejaba así tras de sí a una mujer obligada a defenderse. La anécdota procede de un relato contemporáneo, no de un testimonio presencial nuestro; recuerda, no obstante, lo que las hazañas de evasión habrían de encubrir: la habilidad de uno puede trocarse en la desgracia de otro.
Salir no basta
En la primavera de 1724, una delación provocó su arresto. Encerrado en St Giles, se las ingenió para ganar la calle. Pocas semanas más tarde, de nuevo preso, esta vez en New Prison, se fugó con Bess en la noche del 25 de mayo. Las narraciones impresas describen la ventana descerrajada, el descenso valiéndose de lienzos y sábanas, y el obstáculo añadido que los aguardaba abajo: habían ido a parar al recinto de otra prisión.
Detengámonos en esa pausa, más humana que todas las dimensiones de barrotes meticulosamente alineadas por los cronistas. Se acaba de arriesgar la vida para alcanzar el suelo; el suelo alcanzado pertenece aún a los carceleros. En la escena que imaginamos, Bess levanta la cabeza y mira después a Jack. Ningún triunfo es posible mientras la última muralla siga en pie. Hay que reanudar la marcha con el cansancio ya a cuestas, y sin poder pedir a los demás que crean por segunda vez en lo que parecía imposible la primera.
Salieron. Lo que las autoridades consideraban un agravio a su poder se transformó, en las conversaciones, en una victoria contra la pesadumbre de la gravedad. Con todo, una libertad lograda al precio de semejante esfuerzo no ofrecía ni aposento seguro ni oficio regular. Sheppard regresó a sus amistades, a sus hábitos y a los peligros que los acompañaban. La alta sociedad le era ajena; su pequeño mundo sabía bien dónde buscarlo.
El allanamiento perpetrado en la morada de William Kneebone, mercader de paños, lo condujo a una condena a muerte en agosto. En esa ocasión, la fuga ya no aspiraba únicamente a eludir una comparecencia: debía atajar el camino hacia el patíbulo. A finales de mes, auxiliado por unas visitantes, escapó de Newgate. Fue apresado de nuevo en septiembre. El prestigio de su nombre crecía a cada salida, al tiempo que los medios empleados para retenerlo se volvían más pesados.
La prisión trocada en espectáculo
Lo instalaron en un aposento denominado el Castle. Grillos, cadenas, vigilancia constante: sus custodios se proponían conferir a esta nueva detención el carácter inapelable que les había faltado a las anteriores. Los curiosos, por su parte, acudían a contemplar al hombre capaz de deshacer su labor. Sheppard se hallaba expuesto con sus trabas como una maravilla que se hubiesen tomado la molestia de clavar a las tablas del suelo.
El 15 de octubre se evadió una vez más. El itinerario descrito en las publicaciones antiguas conduce desde su estancia hasta otras dependencias de la prisión, para luego ganar los tejados y una casa colindante. Estos textos presentan una sucesión tan afortunada de obstáculos que uno cree leer a veces la planta de un teatro dispuesta para su héroe. Fueron compuestos para cautivar, vender y conmover; los discursos atribuidos al fugitivo no son el registro fiel de su voz. La huida, sin embargo, fue real.
En nuestra evocación de aquella noche, el joven permanece un instante en las alturas, tras tantos afanes consagrados a trepar. La calle existe por fin, próxima e inaccesible. Por ella transita la gente sin advertir que lleva a cabo con libertad lo que a él le ha costado horas enteras. Le resta descender, cruzar lugares habitados, deslizarse cerca de oídos a los que el menor ruido puede devolver su función de centinelas. El peligro ha mudado de sustancia: ya no reside en el hierro, sino en la atención de un desconocido.
Las crónicas le hacen cruzar la casa vecina y aguardar a que sus moradores dejen de circular antes de ganar la calle. Semejante pasaje encierra una verdad dramática que explica su fortuna: tras haber doblegado las cerraduras, Sheppard dependía de una puerta ordinaria y de que alguien no volviera la vista atrás. Toda su ciencia podía zozobrar ante una pregunta cortés.
Lo logró. Y sin embargo, en lugar de que Londres se alejara a su espalda, Londres volvió a atraparlo en su vorágine. Un hombre cuya evasión estaba en boca de todos podía aún transitar sin ser reconocido; lo que se le hacía más arduo era renunciar a los parajes donde sabía desenvolverse. Los viejos relatos discrepan sobre sus proyectos, sus móviles y las palabras que pronunció. Sabemos que permaneció en los alrededores de quienes le conocían.
La última puerta
A finales de octubre fue detenido una vez más, hallándose en estado de gran embriaguez. El contraste entre ambas escenas impresionó a los narradores: de un lado, el portento que vence a Newgate; del otro, un hombre incapaz de hacer buen uso de su libertad. Semejante ironía resultaba fácil de vender. No debía erigirse, con todo, en una explicación cabal de una vida cuya sustancia nos llega a través de quienes tenían interés en volverla ejemplarizante.
Los curiosos regresaron alrededor del prisionero. Se podía admirar su destreza, compadecerlo, desear que una intercesión lo salvara y volver después a casa. Ninguno de tales sentimientos abría las puertas. El 10 de noviembre fue presentado ante el tribunal del King’s Bench; la ejecución quedó fijada para el lunes siguiente. Ya no le quedaba por eludir una vista previa, sino escapar a las consecuencias de una sentencia ya dictada.
El 16 de noviembre de 1724, Sheppard fue ahorcado en Tyburn; contaba veintidós años. Las anécdotas del cuchillo oculto y del auxilio postrero tras la suspensión en la horca prolongan, en los opúsculos, la esperanza de una nueva evasión. Dicen mucho de la imaginación popular; mas no alteran el desenlace. Murió. Los mismos lectores que habían costeado sus huidas podían ahora costear su fin.
Una puerta reparada permanece por lo común en el anonimato. Una puerta carcelaria forzada basta para labrar un nombre a su artífice. De esa diferencia hizo Londres una fama inmensa, de la que Sheppard apenas disfrutó unos meses. El mozo que sabía de qué modo se sostenían las cosas no había hallado la manera de sostener su propia vida fuera del alcance de los hombres que lo perseguían. Luego tomaron el relevo los impresores: ellos sí supieron guardar a Jack, y sacarlo en libertad con cada nueva tirada.
