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Justicia y escándalos · Francia

Los dos Sautel

Un joven marinero indocumentado es identificado como un forzado fugitivo. Sus recuerdos exactos son tomados por astucia; sus protestas, por comedia. En Tolón, el regreso del verdadero reo obliga por fin a contemplar a ambos hombres cara a cara.

En el presidio de Tolón, dos hombres respondían al mismo nombre. Uno había sido condenado a trabajos forzados, se había evadido y había sido capturado de nuevo. El otro jamás había dejado de clamar que lo estaban confundiendo con otro. Le habían colocado grilletes más pesados por considerarlo especialmente diestro en deshacerse de ellos; lo habían vestido de bayeta roja; lo habían enviado a las faenas. Al fin, entre los abucheos, había aprendido a contestar cuando llamaban a Sautel.

Se llamaba Ange-Lucien Duclos-Legris. Era marinero y aún no había cumplido los veinte años cuando empezaron a arrebatarle su propia existencia. Para restituírsela, sus papeles, sus recuerdos y sus cicatrices no habían bastado. Hizo falta que el auténtico Sautel regresase a ocupar su lugar.

El bolsillo vacío

Duclos procedía de Châteauneuf, en el departamento de Finisterre. Su padre y su madre habían muerto; le quedaban una hermana y una abuela materna, de quienes la vida de la mar lo había distanciado. Desde 1823 había servido en diversos buques, primero como grumete, después como marinero de proa. La Béarnaise, la Galathée, la Georgette: los nombres de los navíos marcaban las etapas de una juventud que se desgranaba en sucesivas partidas. En Brest, una herida en el vientre interrumpió su servicio en una tripulación de línea. Luego continuó navegando.

El 28 de octubre de 1827, desembarcado del Melayo en Marsella, recibió una hoja de ruta con destino a Quimper y dinero para el viaje. El 10 de noviembre, en Lyon, se hospedó en la posada de Perrachon, en la cuesta del Griffon. El posadero examinó el documento, anotó al viajero en el registro y le devolvió el pliego. Duclos había acreditado, pues, su identidad ante un vecino cuyo nombre y domicilio eran bien conocidos.

Dos días más tarde, al salir del teatro en la plaza de los Terreaux, se enzarzó en una disputa con un militar. Acudieron los guardias; el soldado escapó a la carrera; el marinero quedó en poder de la policía. En la casa consistorial descubrió que le habían cortado con tijeras el bolsillo del chaleco y le habían robado la bolsa. A la mañana siguiente, cuando le exigieron su documentación, buscó la hoja de ruta en su chaquetón: también había desaparecido.

El gesto que sigue pertenece a nuestra recreación: Duclos vuelve del revés un bolsillo, luego el otro, pasa los dedos por el forro y recomienza la búsqueda, aun cuando todos los presentes han advertido ya que no sacará nada de allí. La firmeza con que había anunciado su salvoconducto torna ahora penoso aquel forcejeo con la tela. Quisiera volver a la posada, señalar la alcoba donde durmió, hallar un testigo que lo avale. Ante él, los agentes aguardan menos una narración que un papel que ya no posee.

Un hombre reconocido por otros

En la cárcel preventiva, un recluso llamado Mignot, procesado por robo, creyó reconocer en él a un penado evadido de Tolón. Duclos clamó su inocencia. El rumor corrió, empero, por las galerías, y la autoridad cursó pesquisas a los puertos: ¿se tenía noticia de algún forzado prófugo llamado Duclos? Las respuestas fueron negativas. Aquello no le devolvió la libertad. El tribunal correccional de Lyon lo condenó a tres meses de prisión menor por vagabundeo.

Cumplió la pena. Después, como medida gubernativa, fue conducido a París. En mayo de 1828, en las dependencias de la prefectura, dos antiguos penados afirmaron a su vez reconocerlo. Esta vez le atribuyeron otra filiación: Jean-Louis Sautel. Uno de ellos aseveró incluso haber estado encadenado a él en el penal. ¿Qué podía oponer un muchacho desprovisto de papeles frente a un hombre que juraba haber compartido su mismo grillete?

Sautel existía. Nacido en Nimes, sentenciado en 1822 a seis años de trabajos forzados por robo con fractura y escalamiento, se había fugado por primera vez en 1824. Capturado aquel mismo día, se le añadieron tres años más de condena. Una segunda evasión, en febrero de 1828, había motivado una nueva requisitoria. Había, pues, un prófugo disponible para vestir las facciones de Duclos, y dos individuos lo bastante seguros de su testimonio como para que las autoridades examinasen en adelante al marinero a través del prisma de aquella certeza.

Se cotejaron las filiaciones. El cabello era semejante; ambos eran de tez pálida. Los dos lucían una cicatriz sobre el ojo derecho; solo que, en Sautel, corría horizontalmente, mientras que la de Duclos descendía con mayor inclinación y dejaba un surco más hondo. Ambos presentaban una herida en el vientre, pero el marinero podía justificar la suya por el servicio naval. Las piernas mostraban también marcas, mas en sitios distintos. Un tatuaje en el brazo izquierdo remataba el paralelo: una estampa religiosa en uno, una suerte de pedestal en el otro.

A fuerza de reparar únicamente en la existencia de una señal, se dejaba de mirar qué señal era. El rostro largo y enjuto de Duclos apenas guardaba semejanza con la fisonomía redonda de Sautel. La estatura, la edad y la nariz diferían notablemente. El primero contaba diecinueve años; el segundo, veintiséis. El parecido exigía una desmedida indulgencia por parte de quienes lo sostenían. Tuvieron mucha más complacencia con el error que con el muchacho que lo contradecía.

La verdad tomada por treta

Lo condujeron al Ministerio de Marina. Aportó pormenores de su vida, sus embarques, su hoja de servicios. Las pesquisas ministeriales los confirmaron: en los registros figuraba un marinero Duclos, y cuanto declaraba coincidía con la foja de aquel hombre. Tras tantos reconocimientos adversos, surgía al fin un testimonio oficial que lo identificaba con exactitud.

Los agentes, sin embargo, hallaron una salida. Sautel bien pudo haber coincidido con Duclos, aprenderse su historia y luego usurparla. De tal suerte, la precisión de los detalles ya no demostraba la veracidad de su alegato; demostraba, a sus ojos, cuán laboriosamente había tramado la impostura. Su propio pasado pasaba a ser el de un tercero en el instante exacto en que lograba acreditarlo.

El joven cayó presa de convulsiones. Se vio en ello una nueva simulación. Esta escena, referida por la crónica, constituye el punto en que el interrogatorio se clausura sobre sí mismo: responder con exactitud, rebelarse, perder el dominio de los nervios... todo sirve para apuntalar la identidad impuesta. Los dos expresidiarios se ratificaron en su dicho. Duclos fue remitido a Bicêtre.

Allí permaneció unos diez meses. Escribía de cuando en cuando a sus parientes sin recibir contestación. El 21 de abril de 1829 le remacharon los hierros para la marcha. Puesto que era Sautel y ya se había evadido en dos ocasiones, eligieron para él un collarín y una cadena más pesados. La precaución antojábase prudente a quienes la decretaban. Descargaba sobre su cuello las fugas ajenas.

Partida la cuerda el 22 de abril, la comitiva arribó a Tolón el 20 de mayo. A Duclos lo desnudaron, lo lavaron, lo vistieron con la librea de los condenados y lo destinaron a los trabajos forzados tras el preceptivo descanso a los recién llegados. Sus compañeros de fatigas se burlaban de él cuando rehusaba el nombre usurpado. Acabó por contestar a los toques de lista. Ceder en aquella palabra le permitía al menos franquear el instante; no significaba que hubiese renunciado a reclamar su ser.

Cara a cara con su doble

Mientras lo conducían hacia el sur, el verdadero Sautel había caído de nuevo en poder de la justicia. Detenido el 13 de marzo de 1829, había reingresado en el presidio de Tolón el 7 de mayo, trece días antes que el marinero. Los dos hombres a quienes tantos expedientes habían fundido en uno solo cohabitaban ya en el mismo establecimiento. El error tropezaba con un obstáculo que ninguna sospecha de ardid podía sortear por mucho tiempo: era forzoso explicar cuál de los dos Sautel estaba de más.

Se incoó un expediente de comprobación. Duclos y Sautel fueron interrogados y careados. En esta ocasión ya no se trataba de hacer coincidir un rostro juvenil con una vieja papeleta de filiación. El otro hombre estaba allí presente. Las discrepancias cobraban cuerpo, estatura y edad. El careo demostró concluyentemente que Duclos había sido víctima de una confusión judicial.

Imaginemos el tiempo suspendido tras aquel reconocimiento: el marinero aguarda que alguien traduzca las palabras en un ademán liberador. Ha visto ya cómo declaraciones verídicas se volvían en su contra. Por ello no se precipita hacia la puerta; contempla a quienes disponen de sus cadenas. El primer movimiento que de veras importa es aquel que se las retire.

Le quitaron los grillos y el sayal del presidio. El 3 de junio salió de los pontones para ser trasladado a las cárceles del palacio de justicia. De inmediato recabó el patrocinio letrado del procurador Colle. Con posterioridad fue ingresado en el hospicio civil, donde la crónica lo sitúa todavía en calidad de detenido. Se abrió en Tolón una suscripción pública para socorrerlo. Se confiaba en su pronta excarcelación, que todavía no había sido decretada.

En la última estampa que le atribuimos, Duclos alza levemente la barbilla al componerse la ropa de paisano. El collarón de hierro ya no oprime su garganta. Se le puede volver a llamar por su nombre, mirar sus facciones sin rastrear en ellas las señas de un forzado en fuga. Junto al cancel, no obstante, debe aguardar todavía a que alguien le franquee el paso.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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La cicatriz vertical

En esta novela corta por escribir, un marinero debe ser careado con el hombre cuyo nombre y condena lleva a cuestas desde hace meses. Ha preparado cada respuesta con minucia; el reo convicto, sin embargo, se encierra en un obstinado mutismo. El relato seguiría las tensas horas de un careo ficticio donde el silencio de uno prolonga el cautiverio del otro. Para arrancarle la palabra salvadora, el marinero deberá desentrañar qué teme perder su doble carcelario. El encuentro culminaría en una disyuntiva moral, recreando la peripecia histórica con personajes enteramente reimaginados.

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El pasajero sin nombre

La novela acompañaría a una hermana que recibe la noticia de que su hermano marinero habría perecido en el presidio bajo otra identidad. Convencida de que aún respira, desanda la ruta de posadas y radas de su último periplo. Un antiguo camarada de armas accede a secundarla en las pesquisas, pero descubre pertenencias del ausente en manos de un forastero libre. Esta intriga completamente original entrelazaría la devoción familiar, las delaciones interesadas y el robo de identidades, demostrando que rescatar al hermano exige desvelar qué turbio provecho sacaba un testigo aparentemente bienhechor al borrar su rastro.

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trilogía

Los nombres devueltos

Trilogía de novelas inéditas sobre el linaje de un marinero cuya filiación fue confiscada por los tribunales. El primer volumen narraría la pugna por arrancarlo de los pontones de galeras; el segundo, la pesquisa de su hija en torno a una herencia adjudicada a un falso heredero; el tercero, el rastreo de un niño trocado durante una catástrofe en los muelles. Cada entrega resolvería su propio caso judicial con lectura autónoma. De generación en generación, la estirpe aprendería que recobrar un nombre en el papel dista mucho de restituir el lugar arrebatado entre los vivos.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Artículo íntegro cotejado en las páginas PDF 2-3 (966-967 en numeración impresa) del 17 de junio de 1829. Ange-Lucien Duclos-Legris, marinero natural de Châteauneuf, no debe confundirse con Valentin Duclos, coacusado de Darmès en 1841. La crónica periodística consigna una condena inicial a tres meses de reclusión por vagabundeo; no se trata, pues, de un individuo sin antecedentes penales, sino de un penado remitido más tarde al presidio bajo la filiación errónea de Jean-Louis Sautel. Cronología: llegada a Lyon el 10 de noviembre de 1827, reyerta dos días después, interrogatorio el 13 de noviembre; traslado a la prefectura de París en mayo de 1828; puesta de hierros el 21 de abril de 1829, salida de la comitiva el 22 de abril, llegada a Tolón el 20 de mayo. Sautel fue recapturado el 13 de marzo y reingresó en el penal el 7 de mayo de 1829. El careo carece de fecha precisa; la salida del presidio acaeció el 3 de junio, seguida de su paso por las prisiones de la Audiencia y su custodia en el hospicio civil, todavía como detenido. Su liberación solo se apuntaba como deseo, sin que conste en las fuentes indemnización o resolución judicial posterior. La catarata o nube en el ojo de Sautel pudo ser posterior a la primera filiación: no se emplea en el texto para imputar a los funcionarios la omisión de un rasgo ausente en las fichas iniciales. El diario conjetura sobre la recepción de las cartas a su familia, sin constatar fehacientemente su interceptación. La crisis convulsiva referida no permite emitir un diagnóstico clínico retrospectivo. La suma librada en Marsella ascendió a 410 francos; al hallarse deteriorada en la impresión la última cifra de la faltriquera, se omitió el importe exacto en el relato. Transcripción íntegra privada y examen de tres reproducciones, incluido detalle ampliado. Fuente hemerográfica única, sin compulsa directa de autos judiciales ni del libro de ingresos del penal; las apreciaciones sobre yerros y responsabilidades dimanan exclusivamente de dicha crónica.

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