Dos papeles prometían la misma cantidad de dinero. Mientras se los examinara por separado, cada cual había podido cumplir su cometido: mudar de mano en mano, tranquilizar a un prestamista, postergar un pago. Fue preciso cotejarlos para que su perfección se tornase cargo de acusación. Llevaban idénticas menciones; uno de los dos sobraba. La semejanza, que durante tanto tiempo había servido a William Wynne Ryland, acababa de forjar contra él una prueba que ya no podía borrar retocando un trazo.
En el despacho que imaginamos al hilo de este hallazgo, un empleado interrumpe su lectura en voz alta. Vuelve al primer efecto, luego al segundo. Su superior le retira los pliegos, menos con la intención de buscar en ellos otra cosa que para cerciorarse de que un subalterno no ha cometido el error cuyas consecuencias nadie desea aún asumir. El nombre de Ryland trueca su perplejidad. No se trata de un desconocido venido a cobrarse unas pocas libras al amparo de una firma temeraria. Es el grabador del rey.
El nombre al pie de la estampa
Un nombre puede trabajar durante largo tiempo para quien lo ostenta. El de Ryland había circulado bajo imágenes contempladas con deleite, regaladas, adquiridas, conservadas en moradas donde jamás se habría tolerado el ingreso de un falsario. Su mano concedía a una plancha de cobre la virtud de traducir las sutilezas de un dibujo. En el grabado al punteado, que él contribuyó a perfeccionar en Inglaterra, el trazo parecía despojarse de su aspereza; los matices se recomponían en una delicadeza que el papel trasladaba hasta el aposento del comprador.
Había estudiado en París, trabajado a partir de Boucher, obtenido una medalla y encontrado a su regreso a Inglaterra encargos que lo aproximaron a la corte. Los retratos del soberano y de su entorno no eran únicamente labores remuneradas. Situaban al artista en esa esfera del crédito donde se acaba por confundir la excelencia de las obras, las relaciones de su artífice y la solvencia de sus compromisos. El título de grabador del rey conllevaba una pensión; otorgaba asimismo un aval que a nadie se le ocurría verificar cada mañana.
El comercio de estampas entrañaba, no obstante, sus riesgos. Ryland se había asociado con su discípulo Henry Bryer para regentar juntos una tienda en Cornhill. Los negocios eran de envergadura; concluyeron en una bancarrota en diciembre de 1771. Reanudó más tarde el comercio en el Strand y se retiró luego a Knightsbridge. Había conocido suficiente prosperidad como para que su caída no pudiera narrarse como la de un simple artesano hambriento a quien se le hubiera negado el trabajo.
El Newgate Calendar preserva el recuerdo de un banquero, Nightingale, que le había adelantado tres mil libras en septiembre de 1782. El prestamista declaraba, según la crónica, que se las habría confiado incluso sin fianza alguna. No hay frase más dulce de escuchar cuando falta el dinero; pocas son tan amargas de recordar cuando se descubre que la garantía recibida distaba de valer lo que anunciaba.
Un segundo ejemplar
Los efectos sospechosos se presentaban bajo la forma de letras de cambio vinculadas a la Compañía de las Indias Orientales. Traían al seno de un despacho londinense la promesa de un cobro que nombres y parajes remotos hacían presente sobre una hoja. No hacía falta ver a los hombres que la habían suscrito para darle curso; bastaba con reconocer sus firmas y admitir que se habían observado las formalidades convenidas.
Ryland poseía con exactitud la clase de destreza que volvía peligroso semejante reconocimiento. Resultaría engañoso, sin embargo, retratar su taller como una fábrica de la cual conociésemos cada maniobra. Las crónicas antiguas consultadas no nos muestran su mano faenando sobre los documentos apócrifos. Muestran el resultado: papeles con la suficiente semejanza para haber circulado, y luego una duplicación que los volvía incompatibles. El descubrimiento no sobrevino a causa de una copia mediocre. Nació del empeño por cobrar dos veces una misma apariencia.
En nuestra escena del despacho, el dependiente recibe la orden de no devolver las hojas al legajo común. Las aparta bajo una pisapapeles, y aquel ademán ordinario cobra de súbito una gravedad insólita. El expediente no ha crecido; ha mudado de naturaleza. Quien pocos minutos antes preparaba un desembolso, se halla ahora investido con la custodia de una prueba. Se detiene a mirar una vez más el nombre del grabador antes de cerrar el libro mayor.
A primeros de abril de 1783, Ryland desapareció de su domicilio. Sobrevino de inmediato un bando ofreciendo recompensa por su captura. Aquel ámbito donde su renombre había facilitado la circulación de los títulos aprendía de pronto a dar caza al hombre. La misma notoriedad que había allanado sus presentaciones volvía más ostensible su ausencia: unos se preguntaban por su paradero, otros recordaban haberlo visto, y cada memoria podía adquirir un precio.
El aposento de Stepney
El grabador halló cobijo en las inmediaciones de Stepney. La entrada del Dictionary of National Biography confirma este escenario de arresto y la tentativa de suicidio que lo precedió; el Newgate Calendar añade a ello una historia de calzado de la cual conviene atribuirle la responsabilidad. Según este repertorio, Ryland y su esposa se habían presentado en casa de un zapatero remendón llamado Richard Freeman bajo el nombre de Jackson. La alcoba los ocultaba; un objeto cotidiano los habría delatado.
Su mujer llevó al zapatero un calzado para reparar. El nombre de Ryland figuraba en su interior. En esta versión, lo que había burlado la cautela de los prófugos no fue una visita a un viejo amigo ni una misiva interceptada: fue un enser concebido para continuar prestando servicio, un zapato llevado antes de mudar de nombre. El artesano comprendió el alcance de su hallazgo y delató a su huésped para cobrar la recompensa.
Podemos conjeturar a la mujer aguardando la restitución de la prenda, calculando el tiempo que aún le era lícito permanecer fuera, prometiéndose no dejar en abandono nada que evocase su existencia pasada. Esta espera y tales pensamientos nos pertenecen. Confieren a la huida su espesor doméstico: no se arranca uno de cuajo de una vida entera con solo manifestar que se llama de otro modo. Preciso es aún comer, dormir, vestirse y encomendar alguna cosa a un semejante.
Cuando los alguaciles hicieron irrupción, Ryland había intentado quitarse la vida. Sobrevivió a la herida y fue puesto a disposición judicial. La estancia dejó de protegerlo; pasó a integrar, por su parte, los relatos que los demás tejerían en torno a él. Quienes habían admirado su arte para plasmar una expresión sobre el papel escudriñarían en su rostro la clave de lo que había hecho.
La última firma
La vista tuvo lugar en el Old Bailey en julio de 1783. Las dos crónicas antiguas discrepan sobre la fecha exacta y expresan las cuantías bajo conceptos distintos; la certeza confirmada por su concordancia es la condena del grabador por falsedad documental. El Newgate Calendar refiere que Ryland rebatió la sospecha de penuria exhibiendo la importancia de sus bienes, sus rentas y sus participaciones en una empresa de traída de aguas en Liverpool. ¿Por qué razón habría de arriesgar una posición de valor muy superior a la ganancia esperada?
La objeción poseía un peso indudable. Ponía ante los ojos de los jurados a un hombre acomodado, a un artista capaz todavía de producir, al dueño de unos intereses que habría parecido sensato preservar. Mas la holgura alegada no concedía autenticidad a los papeles. Aquello que podía hacer el delito arduo de concebir no bastaba para tornar verdaderas las firmas. Ryland fue hallado culpable y condenado a la horca.
El 29 de agosto de 1783 fue ajusticiado en Tyburn. El Dictionary relata que una violenta tempestad demoró la ejecución. No es menester atribuir al cielo designio alguno para calibrar lo espantoso de tal demora: habían conducido a un hombre hasta el término fatal de su sentencia y todavía le restaba aguardar. Murió dejando una viuda y seis hijos.
Dos grabados quedaron inconclusos. Otros artífices los remataron en beneficio de su familia: Bartolozzi prosiguió la plancha del rey Juan ratificando la Carta Magna, y William Sharp la del encuentro entre Edgar y Elfrida. Su viuda mantuvo durante años un comercio de estampas. La obra podía, por consiguiente, reportar sustento aun después de que el nombre de su creador hubiera cesado de ser fianza. Semejante distinción entrañaba mayor complejidad que la simple reprobación de todo un talento junto con el hombre que lo había ejercido.
En la tienda de nuestra última escena, una compradora se inclina sobre una prueba. Le ponderan la delicadeza de las sombras, la armonía de las figuras; pregunta por el nombre del grabador y calla un instante antes de responder. La vendedora deja el papel ante ella. Habrá de venderlo para subsistir. La mirada de la parroquiana regresa a la imagen, luego al nombre, y esta vez la imagen ya no basta para decidirse.
