El agente creía haber depositado ante los miembros del jurado una moneda legítima y su falsificación. El perito las examinó y le hizo saber que ambas eran falsas. En el proceso de Phoebe Harris, esta pequeña humillación merece una pausa: la justicia pretendía salvaguardar la moneda del reino, y uno de sus propios testigos acababa de evidenciar cuán arduo resultaba, aun con las mejores intenciones, distinguir la plata verdadera de su mera apariencia.
Corría el mes de abril de 1786 en Old Bailey. Tres personas respondían al cargo de fabricación de moneda falsa: Joseph Yelland, también llamado Holman, Elizabeth Yelland y Phoebe, cuyo nombre de pila figura como Phebe en las actas procesales. El asunto se circunscribía a una estancia de Drury Lane, una profusión de efectos incautados y los recuerdos de un hombre que había frecuentado con asiduidad a los acusados antes de proceder a delatarlos.
La inquilina intachable
Para Joel Sparkes, propietario del aposento de Swan Yard, la mujer se había presentado en un principio como Mrs. Brown. Francis Hardy la había introducido como la viuda de un capitán que gozaba de ciertas rentas. Era de esos informes que complacen al arrendador: un marido difunto no suscita disputas en la escalera y una renta asegura la puntualidad de los alquileres. Sparkes carecía de motivo alguno para desconfiar de una historia tan a la medida de sus intereses.
Durante la vista, Hardy admitió que sabía que el marido seguía con vida. Phoebe, según explicó, vivía separada de él; pretendía ocultarle su paradero por temor a que viniese a despojarla de sus bienes. Garrow, el letrado de la defensa, subrayó el papel del testigo en tan mendaz presentación. Hardy la había ideado o la había hecho suya, para luego solicitar al tribunal fe ciega en el resto de sus declaraciones. El testigo se defendió cargando la iniciativa sobre Phoebe: la mentira, a su decir, no había hecho más que pasar por sus labios.
Este lance inicial confirió al juicio una profundidad que las herramientas del falsario por sí solas no lograban aportarle. Antes de las monedas sospechosas, había mediado una identidad fingida; antes de la delación, un favor prestado; antes de la irrupción de la guardia, una serie de visitas en las que cada cual pareció tolerar aquello que ahora fingía repudiar.
Las dos mujeres junto al fuego
El 11 de febrero, a media tarde, los agentes forzaron la puerta del aposento. Hallaron a las dos mujeres en su interior. En torno a sus posiciones exactas, los testimonios diferían en parte: uno recordaba a Elizabeth de rodillas, tal vez entregada a la limpieza; otro aseguraba haberlas visto a ambas arrimadas a la lumbre. Un objeto había caído al suelo, pero quien lo oyó no acertaba a precisar qué era. Se encendió una vela.
El registro sacó a la luz piezas de moneda, moldes, adminículos e instrumentos diversos. Una alacena comunicaba con la alcoba; había piezas ocultas junto a la cama. Los guardias atribuyeron a Phoebe maniobras para desplazar ciertos efectos. Joseph llegó pocos minutos después y fue prendido a su vez. Nada sospechoso se le halló encima. El acta procesal consigna de este modo, junto a los elementos de cargo, aquellos de los que la defensa podía valerse para deslindar las tres situaciones.
Un pequeño seis peniques horadado parecía guardar una semejanza particularmente concluyente con una pieza acuñada a su imagen. Con todo, el episodio de los dos chelines mal identificados venía a recordar que era preciso sopesar asimismo las certidumbres del examinador. Garrow no pretendía sostener que la moneda se tornaba legítima por el mero tropiezo de un alguacil; trataba de evitar que la existencia de un taller bastase para hacer culpables indistintamente a cuantos hubiesen cruzado su umbral.
El visitante que sabía
Hardy aportaba aquello de lo que carecían los objetos inanimados: personas en plena faena. Declaró haber visto a las mujeres preparar monedas y a Joseph manipular moldes. Las preguntas de Garrow le conminaron a precisar lo que en rigor había presenciado. ¿Había visto correr el metal fundido? No. ¿Había continuado frecuentándolos tras cobrar una deuda pendiente? Sí. ¿Cuánto tiempo medió antes de formalizar la denuncia? Las respuestas sacaban a relucir un trato asiduo y prolongado, que el testigo justificaba como un empeño paciente por apartar a sus conocidos de una ocupación tan arriesgada.
La controversia alcanzó seguidamente a la hija de Phoebe. Hardy la había acogido bajo su techo el mismo día en que su madre fue arrestada. Explicó que había pretendido sustraer a la muchacha de todo peligro. La defensa le inquirió si había transmitido sus informes a los guardias antes de hacerla venir. Aseguró que no. Fue interrogado asimismo sobre un presunto apego hacia Phoebe y sobre ciertas palabras que se le atribuían; negó tanto el afecto como tales expresiones.
Tentador resultaría para un cronista apresurado dictaminar que un pretendiente despechado consumó su venganza. Las actas del juicio no nos autorizan a tanto. Nos legan algo infinitamente más elocuente que un móvil acomodaticio: un testigo cuya conducta requería examen, una mujer que había aceptado su auxilio y una trama de relaciones personales que el interrogatorio sacaba a la luz sin llegar a desentrañarlas por entero.
Tres nombres, dos destinos
Joseph sostuvo que había acudido a visitar a su hermana enferma. Phoebe hizo dar lectura a un pliego de descargo según el cual un individuo llamado John Brown le había encomendado alquilar el cuarto y guardar unos bultos cuyo destino ella ignoraba. Elizabeth, según su versión, se hallaba allí para faenas domésticas; Joseph había comparecido tras los agentes. Se escucharon testimonios sobre la honorabilidad de los encausados. Elizabeth se confió enteramente a su letrado.
El jurado se retiró a deliberar. A su regreso, los tres nombres recibieron suertes dispares: Joseph no culpable, Phoebe culpable, Elizabeth no culpable. Esta secuencia constituye el auténtico giro dramático del documento. Unos mismos efectos, un trato compartido y una acusación idéntica no habían desembocado en un veredicto común. Para dos de los procesados, la sala franqueaba las puertas de la libertad; para la tercera, sellaba su sentencia de muerte.
Phoebe fue ejecutada en Newgate el 21 de junio de 1786. Condenada a la hoguera por este delito, reputado entonces como traición, fue primero ahorcada antes de que su cuerpo fuera entregado a las llamas. Esta precisión evita transformar su suplicio en una estampa más atroz todavía de lo que refieren las fuentes documentales. La severidad particular de la pena impuesta a las mujeres levantó críticas en su tiempo; no hace falta recrear sus alaridos para ponderar tamaña desigualdad.
Al inicio del procedimiento, un casero había admitido a una inquilina porque le aseguraban que disponía de caudales. Al término, un tribunal la condenaba por la manera en que se la acusaba de fabricarlos. Entre ambos momentos, varios hombres habían escudriñado sus piezas, su nombre, sus visitas e incluso los supuestos sentimientos de quien la delató.
Queda de aquel pleito una sucesión de preguntas apremiantes, harto menos sencilla que la estampa al uso de una mujer en la pira. Quien la lee no asiste únicamente al fallo de una condena: contempla, por espacio de unas horas, lo que la defensa intentó arrancar a las apariencias: la diferencia entre hallarse en una estancia y haber perpetrado lo que en ella se tramaba.
