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Bandidos y caminos reales · Inglaterra

El testigo conocía el trato

Spanish Jack: el marinero que entregó a sus compañeros antes de ser entregado a su vez

En el instante en que Smith se levantó para testificar, John Symmonds debió de reconocer una disposición de la sala que bien había frecuentado al otro lado del estrado: un hombre libre, otro custodiado por guardias y, pasando del primero al segundo, esa particular seguridad que confiere el hallazgo de un culpable más provechoso que uno mismo. No hacía falta saber mucho de leyes para comprender el trato. Symmonds había entregado antaño a sus compañeros; ahora era un compañero quien venía a hablar de él.

Le llamaban también Spanish Jack. Los nombres le habían seguido con menor fidelidad que sus malos negocios, desde Alicante hasta las tabernas inglesas, y cada uno parecía acomodarse al hombre en quien le convenía convertirse. Bli Gonzalez en la relación de sus primeros años, John Symmonds entre sus nuevas compañías: semejante variedad no probaba delito alguno, pero debía de brindar a los lectores de su vida una comodidad muy del agrado de las gentes pacíficas. Podían creer que, al cambiar de nombre, no hacía sino anunciar lo que ellos ya sabían de su desenlace.

El marinero sin guerra

El Newgate Calendar le atribuye unos padres que lo habrían destinado a la Iglesia. Su hijo prefirió el mar. Entre ambas profesiones existía, no obstante, cierto punto de semejanza: en las dos se aprendía a ponerse en manos de potestades cuyas intenciones no era dado gobernar. El joven pasó de navío en navío, conoció Levante, sirvió bajo diversos pabellones y acabó por encontrar en el corso una ocupación mejor avenida con sus esperanzas que los ejercicios de un seminario.

La paz vino a desbaratar aquel acomodo. Las tripulaciones contratadas se dispersaban; los hombres, por su parte, conservaban sus necesidades y, en ocasiones, sus costumbres. Symmonds arribó a las costas de Kent y de Sussex, donde el contrabando ofrecía ganancias a quienes sabían fondear sin llamar la atención. Pasar de la presa legítima a la carga clandestina podía parecer un matiz insignificante a quien de continuo arriesgaba el pellejo; los magistrados, empero, mantenían sobre la materia opiniones harto más tajantes.

En Londres, el dinero voló. El marino habló de ciertas partes de presas que debían abonársele, obtuvo crédito y vivió algún tiempo a expensas de sumas que ya había relatado antes de cobrarlas. Es talento harto común hacer que una renta futura parezca casi tan respetable como un haber presente; mas este deja de sustentar al hombre en cuanto los acreedores empiezan a tropezarse entre sí.

Sobrevinieron entonces los hurtos. El antiguo repertorio sitúa sus correrías en los arrabales de Stepney, en compañía de asociados cuyos nombres no tardaría en revelar a la justicia. Reconocido en Rag Fair por una persona que se proclamaba su víctima, a Symmonds apenas le quedaban salidas para zafarse del trance. Escogió una que pasaba por encima de los demás.

El precio de un compañero

Los cazadores de ladrones a los que acudió no se parecían del todo a nuestros policías a sueldo. La captura de un criminal podía dar derecho a una recompensa, y semejante premio interesaba sobremanera a hombres cuya virtud conllevaba no pocos gastos. En el relato del Calendar, los secuaces de M’Daniel organizan, con las señas aportadas por Symmonds, el arresto de sus cómplices cuando se hallaban reunidos bebiendo. Dos escapan por las ventanas; tres quedan atrapados.

Mandevile, Holmes y Newton fueron ajusticiados en Tyburn en octubre de 1751, tras un juicio en el que Symmonds testificó en su contra. El marinero había coronado con éxito su paso de un lado a otro. Aquello mismo que lo exponía al castigo se tornaba, al ponerlo al servicio de la acusación, en un testimonio de gran valor. Podía dar nombres, reconocer costumbres, dar razón de los encuentros. La mismísima familiaridad que lo habría perdido obraba ahora en su provecho.

La vieja crónica confiere a lo que sigue un tinte singularmente sombrío. Afirma que las recompensas ascendieron a cuatrocientas veinte libras, de las cuales solo diez fueron a parar a manos del delator. Añade que sus protectores lo retuvieron a su lado, le hicieron costearse el sustento y lo dejaron partir casi sin blanca. Su propósito, a juicio del narrador, habría sido empujarlo a frecuentar nuevas compañías delictivas para obtener de él ulteriores detenciones. No contamos, a través de ese texto, con elementos suficientes para escudriñar sus intenciones con idéntica certeza; sin embargo, el reparto descrito basta para patentizar que Symmonds nunca llegó a ser su igual.

Había vendido cuanto sabía. Una vez muertos los tres hombres, sus recuerdos ya no rendían beneficio alguno.

Una ocasión rehusada

El Calendar refiere a continuación su encuentro con dos maleantes empeñados en una empresa sanguinaria. Una joven con la que convivía lo habría disuadido de acompañarlos. Este pormenor, que el narrador consigna sin asignarle nombre alguno, abre en semejante existencia una puerta estrecha: alguien había intentado contenerlo y, por una vez, lo había conseguido.

La crónica no le tributa la gratitud que cabría esperar. Al enterarse del botín obtenido del crimen, Symmonds habría echado en cara a su compañera el habérselo hecho perder. Huelga reproducir sus palabras para adivinar la crueldad de semejante escena. Ella creía haberle salvado la vida; él no hacía sino contar una suma malograda. Ambas personas habitaban la misma alcoba, pero ya no compartían el mismo mundo.

Londres se volvía un terreno peligroso para un individuo conocido tanto por los ladrones como por quienes los apresaban. Se marchó a Rochester. Acaso confiara en que, mudando de aires, su nombre recuperaría cierto porvenir; el documento nada dice al respecto. Se limita a consignar un nuevo trato con un tal Smith, una visita a un establecimiento donde trasegaron ponche y la misteriosa desaparición de un vaso de plata.

Tras tantos pabellones, tantas presas pregonadas, cómplices inmolados y recompensas disputadas, el botín tenía algo de casi humillante. Aquella ratería no le abría camino alguno: tan solo aportaba una prueba de cargo.

Al otro lado del estrado

Symmonds fue detenido al día siguiente. Smith declaró para la acusación. El mecanismo, esta vez, no requería el concurso del antiguo soplón: se cernía implacable sobre él. Bien debió de comprobar que los favores prometidos al testigo no guardaban lealtad particular alguna hacia quien los había disfrutado en el pasado.

El Calendar sitúa su ejecución en Maidstone el 18 de abril de 1756. Concluye, según el uso inveterado del género, con el arrepentimiento del reo y la obligada exhortación dirigida al público asistente. Fórmulas de ordenanza en el comercio de las vidas criminales, servían para dar un cierre edificante a un relato cuyas vicisitudes revelaban, muy al contrario, una intrincada madeja de viles intereses.

Resta, con todo, una escena que no se clausura tan fácilmente. Tres hombres habían sido despachados a Tyburn por el testimonio de Symmonds; pocos años más tarde, otro hombre contribuía a conducirlo al patíbulo. El último testigo no había inventado el ardid. Se había limitado a ocupar el lugar que había quedado vacante.

En cuanto a la mujer que en su día le impidió partir con aquellos asesinos, el relato no nos revela qué fue de ella. Se desvanece antes de la última página, tras haber consumado el único ademán de esta historia al que jamás pareció asignarse recompensa alguna.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

La parte del testigo

Un confidente acude a reclamar su recompensa. En la antesala, reconoce al hombre encargado de declarar contra él al día siguiente.

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novela

Los cazadores de recompensas

De los muelles a los tribunales, un marinero y una patrona se enfrentan a un negocio de detenciones donde cada confidencia tiene su precio y cada testigo, una fecha de caducidad.

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trilogía

Los tres tratos de Jack

Un fresco marítimo y londinense: el tráfico de presas de corso, el de cargamentos clandestinos y, finalmente, el de declaraciones juradas. Tres mundos donde un mismo hombre busca acomodo para terminar convertido en vil mercancía.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El Newgate Calendar da cuenta de la carrera marítima de Symmonds, de su participación en el contrabando, de su papel como testigo contra tres cómplices ejecutados en 1751 y de su posterior condena por el robo de una pieza de platería. La crónica sitúa su muerte en Maidstone el 18 de abril de 1756. Los juicios morales que contiene y el cálculo interesado que atribuye a los cazadores de ladrones no constituyen testimonios independientes. Ningún diálogo procesal se reproduce de forma fidedigna o textual.

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