Al día siguiente del asesinato, Ulbach escribió que era más digno de lástima que de censura. La víspera, Aimée Millot había rogado a una niña que fuera a buscar a su señora. Entre ambas llamadas mediaba toda la distancia que separa a quien acaba de ser herida de muerte de aquel que ya pretende que se comprenda su desdicha.
La carta sería leída ante el tribunal del jurado. El asesino reconocía en ella la inocencia de la joven, acusaba a sus propios celos y derivaba de inmediato sus frases hacia su infancia, sus remordimientos y el cadalso que lo aguardaba. Aimée nada podría añadir a ese relato. Para reconstruir lo que ella había querido antes de morir, sería preciso escuchar a una pequeña pastora de cabras, a un lavandero, a su patrona convertida en testigo y hasta las réplicas del hombre que se había negado a dejarla marchar.
Una negativa en la vecindad
En mayo de 1827, Ulbach tenía veinte años. Servía en casa de Aury, vinatero y bodegonero, adonde Aimée acudía a llevar huevos. Ella trabajaba como criada para la viuda Detrouville y cuidaba cabras en los bulevares vecinos de Ivry. Estos quehaceres los aproximaron; los encuentros no tardaron en repetirse. El periódico que resumiría la acusación presentaría aquella relación como una pasión violenta por parte del joven.
Madame Detrouville se opuso a semejante trato. Le hizo temer sus peligros a Aimée, quien manifestó entonces a Ulbach que debía dejar de frecuentarla. Se devolvieron regalos, con arreglo a las declaraciones del sumario que el presidente recordaría durante la vista. El detalle importa aquí menos que el movimiento: lo que había sido aceptado podía restituirse, una relación comenzada podía llegar a su término. Ulbach recibía una decisión; se empeñó en descubrir en ella una ofensa.
Un joven corpulento, a quien se vio junto a Aimée, pasó pronto a ocupar en sus sospechas el lugar del rival. Ante el tribunal, él admitiría haber creído que este era correspondido por la muchacha, al tiempo que negaba haber proyectado vengarse de él. Detrouville aportaría una explicación harto más sencilla: se trataba del primo de Aimée, criado con ella en casa de su tía. Nada permite aseverar cuánto sabía Ulbach de dicho parentesco. Solo se advierte hasta qué punto los celos pueden conferir trascendencia a una figura antes siquiera de conocer su nombre.
El cuchillo y el oficio
El 25 de mayo, Ulbach compró un cuchillo a un chatarrero. Hecho este que reconoció ante los magistrados tras una prolongada vacilación. ¿Para qué debía servir dicha compra? Para trabajar, respondió. El presidente le enfrentó a las declaraciones recogidas durante la instrucción: entonces habría admitido destinar el arma a Aimée. Ulbach sostuvo que se habían interpretado torcidamente sus respuestas.
Le mostraron el cuchillo. Lo reconoció. El magistrado le preguntó si lo había probado asestando un golpe contra una tabla; rectificó el ademán, aduciendo que tan solo se había apoyado sobre ella. Esta diferencia podía antojarse minúscula a una sala que ya conocía el crimen. Ocupaba, no obstante, su lugar en la pugna sobre la premeditación: el acusado procuraba atribuir al objeto el uso de una herramienta, mientras que la acusación discernía en él un arma elegida antes del encuentro.
Aimée, aquel día, había salido de la casa pese a los reparos de su patrona, a quien la hora le parecía harto tardía para llevar las cabras a los campos. Detrouville recordaría aquella vana resistencia. Hablaría con afecto de una sirvienta juiciosa y hacendosa, a la que profesaba un singular aprecio. Los testigos que sobreviven conocen ese tormento privativo: hallar, en una advertencia ordinaria, la postrera ocasión en que creyeron poder atajar la desgracia.
La orilla del foso
Aimée se hallaba con la pequeña Julienne Saumon cuando Ulbach las abordó en las inmediaciones de la calle Croulebarbe. La crónica publicada en Lieja refiere que la niña oyó a ambos jóvenes hablar con acaloramiento, sin llegar a comprender lo que se decían. Amenazaba tormenta; Julienne instó a su compañera a regresar.
Según su declaración judicial, Ulbach arrastró a Aimée a la orilla de un foso, la derribó de un puñetazo y luego le asestó varias puñaladas. La niña declaró que Aimée le rogó que fuera a buscar a su señora. Debía dar la voz de alarma allí donde, pocos instantes antes, habían procurado retener a la joven.
El lavandero Alexandre oyó un grito y vio a Ulbach huir. Cuando se acercó a Aimée, le dirigió la palabra. Ella entreabrió los ojos; él vislumbró una lágrima y no obtuvo respuesta alguna. Su cabeza yacía en una rodada del camino, con la sangre mezclada con el agua de lluvia. El resumen del acta de acusación sitúa su muerte al cabo de una hora y refiere que varias heridas habían alcanzado los pulmones.
El relato de la niña y el del lavandero bastan: una muchacha aún capaz de implorar auxilio, seguida de una presencia que ya no responde. A su alrededor, la labor cotidiana proseguía, las cabras, la casa, la señora a quien avisar; ninguno de aquellos vínculos familiares poseía ya la virtud de devolverle la vida.
Las cartas del homicida
Ulbach escribió a Aimée el mismo día de la agresión. Durante el juicio, el presidente dio lectura a esta misiva y le mostró el anillo que contenía, una sortija que de ella había recibido y que ahora le devolvía. Luego vino la carta del día siguiente al hijo de Champenois. Esta vez, las palabras no dejaban resquicio a la duda acerca de lo que reconocía haber cometido: había asesinado a una inocente.
Invocaba sus celos, manifestaba remordimientos insoportables, reclamaba lágrimas de piedad. En pocas líneas, la inocencia de aquella a quien había quitado la vida se convertía en el punto de partida del infortunio del que se lamentaba. No se trataba de una falta de confesión. Era una confesión en la cual la víctima corría ya el riesgo de perder su lugar.
Otra misiva amenazaba a Madame Detrouville. La lectura de la misma perturbó visiblemente al acusado, a decir del periódico, que lo describió paseando miradas sombrías entre la concurrencia. El redactor creyó que buscaba a la patrona de Aimée. Conviene ceñir esta observación a su justo límite: podían verse sus miradas; resultaba imposible saber con certeza qué perseguían.
Presentarse en la comisaría
El 3 de junio, mientras la policía rastreaba su escondrijo, Ulbach compareció ante el comisario Roger. Solicitó noticias sobre el asesinato de la pastora de Ivry y a renglón seguido se declaró autor material del crimen. Señaló al comerciante a quien había comprado el cuchillo y explicó que había vagado de día, pernoctando en casas de huéspedes.
¿Por qué acudía? Afirmaba haber leído en un diario la detención de un joven. No deseaba sumar a su delito la muerte infamante de un inocente. Tal motivo era el suyo, consignado en el sumario fiscal; no nos autoriza a forjar el destino de aquel otro hombre, ni a trocar la rendición en desagravio. Aimée había muerto. Ulbach se presentaba para hacer posible su propio enjuiciamiento.
La sala y el veredicto
El 27 de julio, la audiencia provincial de la Sena vio la causa ante una sala abarrotada. Ulbach respondía con voz tan tenue que los miembros del jurado apenas lograban oírlo. Reconocía los golpes, rebatía las intenciones que se le imputaban y oponía a veces el olvido a las declaraciones previas que se le volvían a leer. Una vez que Madame Detrouville hubo declarado, se limitó a responder que no tenía nada que agregar.
El fiscal de Broë sostuvo la acusación. Charles Duez, el abogado defensor, se esforzó sobre todo en desvirtuar la premeditación: invocó un furor amoroso que habría privado al reo de la razón. Era un argumento de parte, no un diagnóstico que nos sea dado suscribir por cuenta propia.
El jurado halló a Ulbach culpable; el tribunal lo condenó a muerte. La crónica de septiembre precisaría que se apreció la premeditación. Ese mismo periódico recordaría cuánto hubo que porfiar para convencerlo de interponer recurso de casación. Aquel que ya describía su propio cadalso se veía abocado ahora a intentar eludirlo.
Lo que restaba aguardar
En Bicêtre, su defensor y el capellán le visitaron. Ulbach decía poder morir sin pesar puesto que Aimée ya no existía; confesaba asimismo seguir cavilando sobre su porvenir. Pidió perdón por carta a su antiguo amo y a Madame Detrouville. Emprendió el relato de su vida, para desgarrar enseguida su primera página. La Gazette celebró su retorno a la fe; las gestiones constan documentalmente, la medida exacta del arrepentimiento no nos pertenece.
En septiembre, tras desestimarse el recurso, fue trasladado a la Conciergerie. Durante los preparativos, sus rodillas flaquearon y se llevó al rostro un pañuelo humedecido en vinagre. Le ataron las manos. Una multitud lo aguardaba; el periodista advirtió lágrimas en algunos rostros. Al pie del cadalso rezó y luego ascendió. Se hizo el silencio, cual si se aguardase una alocución. Nada pronunció. Fue ejecutado.
Su silencio no borró, por tanto, las palabras que había escrito. Mas se puede cerrar su expediente regresando a la otra llamada, la que una niña había retenido en la memoria: Aimée pedía que se fuese a buscar a la señora. No pretendía dar a entender un destino aciago. Buscaba todavía auxilio.
