El condenado tenía una última deuda que saldar, y no era con su juez. En las horas que lo separaban del cadalso, Asselineau pidió que se devolvieran su levita y su pantalón a Morel, el sastre de la rue Montorgueil. Los había adquirido antes de su arresto sin llegar a pagarlos. En aquel trance, deseaba ahorrar semejante quebranto a un artesano de quien ignoraba si podría sobrellevarlo.
Pocas semanas antes, lo habían apresado vistiendo las ropas de otro hombre. Aquel hombre se llamaba Baptiste Brouet. Le había abierto su puerta; Asselineau lo mató, y luego se llevó su ropa blanca, sus trajes y su dinero. Entre estas dos historias de vestiduras se desenvuelve una causa en la cual el homicida acapararía casi toda la atención, mientras que a su amigo difunto apenas le quedaban unos pocos testigos para recordar quién había sido.
Los buenos negocios del dependiente de confianza
Asselineau había llegado a París desde el departamento de Nièvre. En la audiencia del 26 de marzo de 1827, declaró su edad: veintiún años. Trabajaba con comerciantes de vino, y quienes lo habían empleado alababan su celo, su templanza en el gasto y una conducta que durante largo tiempo se había hecho acreedora de su confianza. Nada, en esta semblanza inicial, permitía entrever aún al personaje que los curiosos acudían a contemplar en el banquillo de los acusados.
La Gazette des tribunaux relataría después su juventud a partir de un escrito que él mismo había redactado sobre su propia vida. Es de justicia atribuir a esa historia su verdadero autor: constituía también la explicación que un condenado deseaba legar sobre sí mismo. En aquellas páginas refería haber conocido a Storer, frecuentado el café Gravet en el boulevard Montmartre y comenzado a jugar, pero, sobre todo, a ganar. La primera seducción no provino, pues, de una pérdida que uno se empeña en enmendar, sino de un triunfo cuya repetición pareció razonable aguardar.
Remitió dinero a su padre, invirtió una parte e incluso dejó el juego durante tres meses. Una estancia con su familia pareció afianzar aquel retorno a una existencia ordenada. Mas reapareció en el café. Las ganancias precedieron de nuevo a las pérdidas; tras el café, Storer lo condujo al número 9 del Palais-Royal. El jugador mudaba de escenario sin renunciar a la misma esperanza: regresar con más caudal del que había llevado consigo.
Pronto, el jornal no bastó para semejante tren. Falsificó pagarés, los negoció, ganó de nuevo lo suficiente como para creer remediable el desastre y volvió a perder lo recién obtenido. Confesó ciertas falsificaciones a sus acreedores y llegó a acuerdos. Un nuevo empleo en casa de Hyvelin le ofreció otra tregua. Sin embargo, los pagarés comenzaron a circular de nuevo. Disponía a partir de entonces de dos fortunas: la que sus documentos prometían a terceros y la que aguardaba de los tapetes de juego. Ninguna de las dos le pertenecía.
En casa de Baptiste
El 21 de febrero pasó la tarde y la velada en casa de Brouet, en la rue Saint-Honoré. Este se ganaba la vida, al igual que él, en el comercio del vino. En la audiencia, los testigos se pronunciarían con benevolencia sobre su proceder; su hermano sumaría su testimonio al de aquellos. Tras el nombre de una víctima se hallaba un hombre cuya rectitud habían comprobado varias personas en los lances ordinarios de la vida.
Asselineau propuso salir. Brouet, según la versión que aquel dio ante el tribunal, rehusó hacerlo a causa, en particular, del mal estado de sus zapatos. El forastero vestía con mayor apostura; sus asuntos, sin embargo, se hallaban en un estado infinitamente peor. Permaneció en la tienda. Un testigo, Laurent, lo vio leer una historia de Francia y lo oyó cantar. Nada de ello permite traslucir una intención criminal; tal era, con precisión, la dificultad que la justicia habría de encarar al intentar remontarse desde los ademanes visibles hasta el designio que los había precedido.
El acusado reconocería haber confiado a Brouet su comprometida situación: las firmas falsas, la policía, la inminencia del arresto. Sostendría que le sobrevino entonces la idea de apoderarse del pasaporte de su amigo para cruzar la frontera. Mientras bebían aguardiente, le disparó. No negó el homicidio. Mas sostuvo que jamás lo había preparado de antemano y que no albergaba en un principio la intención de robar.
La cartera, los trajes, la ropa blanca y el dinero sustraídos se alzaban frente a esta última afirmación como interrogantes mudos a los que una confesión genérica no daba respuesta. Asselineau invocó la turbación que lo dominaba. Había cancelado tras de sí la existencia de otro hombre; trataba ahora de deslindar, en el seno de su propio crimen, lo que había querido hacer de aquello que aseguraba haber consumado sin propósito previo.
El 24 de febrero, la policía lo detuvo en el establecimiento de un tratante de vinos adonde había regresado para abonar un pedido. Sus pesquisas de la víspera habían infundido sospechas. Los agentes hallaron en su poder alhajas de Brouet y, en su alcoba, los libros de cuentas del difunto. Llevaba puestos aún la levita negra y el pantalón de su víctima. En esta ocasión, lo que le confería la estampa de un caballero acomodado lo ataba materialmente a aquel a quien había dado muerte. Confesó el robo y el crimen; la cuestión de la premeditación quedó abierta hasta la celebración de la vista.
La sala colmada
El 26 de marzo habían comparecido cincuenta y siete testigos debidamente citados. Sus cédulas de comparecencia sirvieron a los curiosos para colarse en la sala: los papeles volaban de mano en mano y los alguaciles no lograban reservar los asientos a quienes verdaderamente tenían algo que declarar. El público había encontrado su primera triquiñuela antes de que se abrieran los debates.
Asselineau esquivó semejante curiosidad clavando la vista en el tribunal. Contestó a las preguntas, reconoció los pagarés fraudulentos y el tiro de pistola. El debate se concentró en la premeditación. ¿Por qué razón había adquirido armas? ¿Por qué motivo había alejado a Laurent encomendándole un recado? ¿Quién echó los postigos? ¿Ardía aún la lumbre en el instante del crimen? Cada pormenor de aquella noche se convertía en una pieza que acusación y defensa pugnaban por encajar en un orden dispar.
Admitió haber despedido al testigo, mas adujo un pretexto baladí: Laurent les impedía cenar sosegadamente. Negó haber corrido los postigos. Aseguró que la luz no se había apagado, a despecho de las deposiciones que lo desmentían. Pretendía haberlo revelado todo; el tribunal indagaba qué sombras podía seguir ocultando aquella franqueza proclamada.
Otro hombre hubo de comparecer para defenderse sin hallarse procesado en la causa. Sunboef, comisionista establecido en el número 9 del Palais-Royal, había resultado gravemente comprometido en el escrito de acusación. Detalló los anticipos y las transacciones que había convenido con Asselineau. Este confirmó sus descargos, y la prensa admitió que las explicaciones parecieron satisfacer a la sala. Una presencia intachable y cierto aplomo habían inspirado confianza al comerciante. No bastaban para convertirlo en cómplice.
Lo que el jurado desechó
El fiscal Vaufreland rechazó que la pasión del juego pudiera servir de atenuante al homicidio. El letrado defensor, Gechter, arremetió por contra contra las casas donde semejante pasión hallaba cobijo, e impetró que, de no poder el jurado salvar a su patrocinado mediante su veredicto, respaldara al menos una súplica de clemencia. La concurrencia escuchó de tal suerte dos alegatos que, partiendo de los mismos tapetes, desembocaban en muy distintas responsabilidades.
A las ocho de la noche, el jurado regresó. Había respondido afirmativamente a los cargos sometidos a su deliberación, con una sola salvedad: la premeditación. En este extremo, los jurados desestimaron la tesis del ministerio fiscal.
Aquello no le salvó la vida. El homicidio perpetrado para cometer un robo acarreaba todavía, con arreglo a la aplicación del artículo 304 reseñada por la Gazette, la pena capital. La corte lo condenó a muerte. La distinción obtenida quedó consignada en el veredicto; mas no mudaba el destino del reo.
El último traje
En el presidio de Bicêtre, las crónicas lo mostraron entregado a la escritura, diestro en juegos de manos y suertes de agilidad, evocando su crimen con visible emoción. Se le atribuyó un arrepentimiento sincero. Tales observaciones y semejante juicio son dos cosas bien distintas: cabía ver a un recluso entregarse a un juego y oírlo expresarse sin desentrañar por entero los abismos de su fuero interno. Asselineau exhortaba asimismo a confesar a otro condenado, Buisson. La causa de este último era ajena a la suya; su cercanía entre rejas no los hacía partícipes del mismo delito.
En mayo tocó a su fin la espera. Un alguacil compareció para notificarle la desestimación de su recurso de casación y lo condujo a París. Al arribar al Palacio de Justicia, una multitud de curiosos rodeó el carruaje; el reo descendió con una brusquedad que desconcertó a cuantos pugnaban por divisarlo. La Gazette lo describe luego junto a su confesor, rechazando el sustento y redactando la esquela destinada al sastre.
Rogaba en ella que Morel recuperara las prendas impagadas. Este escrúpulo tardío merece su lugar en la historia, mas no todo el espacio. No se restituye a un amigo como se devuelve una levita; y la delicadeza de una última disposición nada aminora de cuanto Brouet había perdido.
Llegada la hora de los preparativos del suplicio, el propio Asselineau se despojó del traje y tomó asiento. El periódico, que tanto había encarecido su entereza, advirtió un estremecimiento cuando las tijeras rozaron su cuello. Luego, la carreta lo condujo a la place de Grève. Allí fue ejecutado.
El gentío, a tenor del relato de la Gazette, compadecía al joven y maldecía los garitos de juego. El cronista elevó aquella indignación hasta los propios legisladores. A medida que el ajusticiado se convertía en el escarmiento de un vicio público, Baptiste corría el riesgo de disiparse por segunda vez, eclipsado tras la moraleja que se extraía de su muerte. Su hermano, con todo, se había personado ante el tribunal. No había comparecido para desentrañar las pérdidas de un tahúr. Había ido a hablar de aquel que le había abierto su puerta.
