El bolso llegó a la casa. La escopeta también. Llevaron incluso el tablero de triquetrac, con todo lo necesario para echar unas partidas después de la cacería. William Weare había preparado sus pertenencias para pasar varios días fuera; estas hicieron el viaje sin él. Cuando John Thurtell se presentó en la cabaña de Gill’s Hill, en la noche del 24 de octubre de 1823, traía consigo el equipaje de su compañero. Ya no traía al compañero.
Este detalle permaneció en las declaraciones judiciales con una singular obstinación. Era fácil perderse entre los testimonios de los tahúres, los rencores por deudas de juego, los desmentidos y las componendas entre cómplices. Pero un hombre había salido de Londres con una escopeta y un bolso verde. Otros hombres habían reaparecido con aquellos mismos objetos. Tarde o temprano habría que preguntarles qué habían hecho con el propietario.
Un viaje para unos pocos días
Weare residía en Lyon’s Inn. El viernes por la tarde comió algo, guardó unas mudas en el bolso e hizo llamar a un coche de alquiler por medio de la mujer que cuidaba de su ropa blanca. La víspera, en el salón de billar de Rexworthy, Thurtell le había propuesto acudir a cazar a los alrededores de una propiedad arrendada por William Probert. Debían permanecer allí dos o tres días. La escopeta venía, pues, a propósito; el juego prometía ocupar las horas restantes. Weare no se llevaba consigo la vida entera: únicamente lo que juzgaba indispensable hasta el regreso.
Ambos frecuentaban los mismos garitos. Thurtell acusaba a Weare de haberle hecho perder varios cientos de libras mediante malas artes. El rencor nos consta con certeza; las trampas imputadas a la víctima no constituyen, por ello, una verdad probada. En aquel ambiente, cada cual tenía su propia versión de las pérdidas, y el perdedor sabía a menudo exponer con notable elocuencia por qué aquel dinero debió haber permanecido en su bolsillo.
El Newgate Calendar atribuye asimismo a Weare la costumbre de llevar importantes sumas cosidas en una prenda bajo el chaleco. Asemejante tesoro no le costaba crecer en las conversaciones de taberna. Ofrecía a la codicia una tentación harto más seductora que una deuda cuya cobranza resultaba dudosa. Con todo, Weare no se reducía a esa hipotética reserva de billetes. En el billar, Rexworthy conocía sus facciones; en Lyon’s Inn, estaban al tanto de sus costumbres cotidianas. Esas relaciones ordinarias permitirían identificarlo cuando sus compañeros pretendiesen reducirlo a un cadáver sin nombre.
Thurtell debía pasar a recogerlo en carruaje. Joseph Hunt, cantante de profesión y asiduo de los mismos círculos, viajaría con Probert. Dos tiros partieron así de Londres. Los hombres que guiaban el segundo sabían adónde se dirigían; Weare creía saberlo también.
La cena en la casa de campo
El trayecto estuvo jalonado de altos. Probert y Hunt bebieron en varios figones cuyos taberneros eran conocidos del tratante de licores. Adelantaron al carruaje de Thurtell y luego se rezagaron. Según la declaración de Probert, Hunt debía aguardar cerca de Phillimore Lodge. Aquella cita fallida pesaría gravemente en sus explicaciones posteriores: cada uno de ellos mediría muy pronto la distancia que lo separaba del asesinato con mucho mayor celo del que había puesto en recorrer el camino.
En las inmediaciones de Gill’s Hill Lane se oyó una detonación, seguida de voces alteradas y quejidos. Nadie acudió a declarar que hubiese presenciado la totalidad de la lucha. Los pormenores más precisos del ataque los aportó Probert, quien dijo haberlos oído de labios de Thurtell: un disparo a quemarropa, Weare intentando huir, un forcejeo desesperado y, finalmente, varios golpes asestados con el arma y un cuchillo. La relación no permite asignar a cada ademán un segundo exacto. Basta para dejar sentado que el hombre conducido a una partida de caza tuvo que defender su vida paso a paso.
Probert afirmó haberse cruzado con Thurtell a solas, cerca de su vivienda, y haberle oído anunciar que acababa de matar a su acompañante. Volvió entonces a buscar a Hunt. Los tres hombres se dirigieron a continuación a la casa de campo, donde se encontraban la señora Probert, su hermana, los niños y la servidumbre. A Hunt no lo conocían todavía allí: fue presentado con las debidas fórmulas. Se acababa de consumar un crimen en la espesura vecina; de puertas adentro, la velada comenzaba bajo los cánones de la cortesía.
Había carne de cerdo para la cena, comprada en el camino. Hubo también una salida nocturna que los recién llegados hicieron pasar por una visita a los alrededores. En su testimonio judicial, Probert la relató de un modo bien distinto: habían ido a recuperar el cuerpo, a registrarlo y a prepararlo para su traslado. Semejante narración lo inculpaba a él mismo. Pretendía, no obstante, hacer comenzar su complicidad con posterioridad a los golpes mortales, distinción sutil de la que dependía, en adelante, su propio cuello.
En el curso de la sobremesa, Thurtell extrajo un reloj con su leontina de oro. La cadena, afirmó con desparpajo, sentaría mejor a una dama. La señora Probert rehusó al principio, mas acabó aceptando la dádiva. Hunt cantó algunas piezas. Se ofreció a los huéspedes disponerles un lecho; prefirieron permanecer en la planta baja. En la casa no faltaban ni palabras ni entretenimientos. Era precisamente aquello lo que haría tan difícil de sobrellevar su silencio ulterior.
Lo que la casa escuchó
La señora Probert subió a los aposentos, pero no se acostó de inmediato. Permaneció al acecho desde la escalera. En su declaración, reconoció haber distinguido comentarios acerca de unas ropas, el crujido de papeles al manipularse y el rumor de objetos arrojados al fuego. Desde su dormitorio vio salir a un caballo. Más tarde, algo muy pesado fue arrastrado por el jardín; divisó lo que parecía ser un saco de viaje. Un estruendo sordo le recordó el de unas piedras precipitadas al fondo de una fosa.
No pretendió haber visto más. Esa sobriedad confería a sus observaciones un peso decisivo. Su marido refería una operación en la que admitía haber tomado parte; ella aportaba ruidos, sombras, palabras entreoídas al amparo de la noche. Ambos relatos confluían sin llegar a ser intercambiables.
A la mañana siguiente, unos peones repararon en dos hombres que buscaban con afán junto a un seto del camino. Tras marcharse estos, se hallaron manchas de sangre, una hoja ensangrentada y una pistola. El sendero había retenido lo que los asesinos no lograron recobrar. En Londres, las prendas de Weare serían descubiertas en el domicilio de Hunt. En la cabaña, el cuerpo había sido sumergido en el estanque del jardín, lastrado para no salir a flote. Pero Probert supo que el vecindario había escuchado el tiro. Lo que debía encubrirlo se volvía ahora una amenaza inminente: el muerto estaba en su propia finca.
Hubo que trasladar el cadáver por segunda vez. El criado joven, que habría podido advertir las idas y venidas, fue enviado a Londres con cualquier pretexto. Thurtell y Hunt regresaron a buscar los restos, que cargaron en un carruaje rumbo a otra balsa de agua más distante. Mover a Weare pretendía alejar las sospechas. Tan solo sirvió para sumar trayectos, evidencias y testigos a una causa que ya rebosaba de huellas.
Siguieron las detenciones. Hunt acabó señalando el remanso donde reposaba el cuerpo, tras una serie de tratos con los magistrados sobre los cuales intentaría fundar una petición de clemencia. El cadáver sacado de las aguas pudo ser formalmente reconocido. El equipaje había conservado el rastro de un viaje truncado; Rexworthy y los demás declarantes devolvieron a aquel viajero su nombre.
Dos hombres ante la justicia
El juicio se celebró en Hertford los días 6 y 7 de enero de 1824. Probert compareció como testigo de la Corona. Thurtell y Hunt debían responder de sus actos, pero también medirse con la palabra de un individuo que tenía el mayor empeño en cargarlos de culpa. Las pruebas materiales y las testificaciones ajenas cobraron así un relieve capital: la resolución no podía descansar únicamente en la probidad de Probert, convertida de pronto en un recurso sumamente ventajoso para quien lo esgrimía.
Thurtell pronunció un dilatado alegato en su descargo. Clamó contra las gacetas que lo habían condenado antes de ser juzgado, evocó a su familia, protestó de su inocencia y rebatió las deducciones obtenidas de los indicios. Hunt se amparó en la promesa de indulgencia que aseguraba haber recibido antes de guiar las pesquisas. El jurado los declaró culpables a ambos. Los dos escucharon la sentencia de muerte, mas no padecieron la misma suerte.
Thurtell fue ahorcado en Hertford el 9 de enero de 1824. Hunt obtuvo una suspensión y su pena fue conmutada por la de deportación perpetua a las colonias penitenciarias. No murió, por tanto, al pie del cadalso junto a Thurtell. Las crónicas antiguas siguen su pista hasta Australia; la relación pormenorizada de su existencia posterior pertenece ya a otros archivos y no resulta necesaria para deslindar esa gracia del indulto pleno que jamás llegó a obtener.
En torno a Thurtell, el gentío congregado había querido observar un porte final, cazar una última palabra, juzgar la compostura de un hombre al subir al patíbulo. William Weare había dispuesto de mucho menos tiempo para componer su desenlace. Había partido con ropa limpia para mudarse. Llevaba consigo un tablero de juego. En medio de tantas disertaciones consagradas al valor del reo, perduran aquellas modestas precauciones: las de un hombre que había previsto regresar a casa.
