Se había hallado a un muerto, y Richard Houseman parecía saber que no era el indicado. El hombre ante cuyos ojos se exponían los huesos bien habría podido conformarse con decir que no reconocía nada; se mostró, en cambio, más resuelto. Aquel esqueleto, afirmaba, no podía pertenecer a Daniel Clarke. En una investigación donde nadie había conseguido aún dar con el paradero del desaparecido, semejante certeza resultaba harto desconcertante. Para excluir con tanta firmeza una sepultura, era menester, acaso, conocer otra distinta.
El hallazgo tuvo lugar en 1758, en las cercanías de Knaresborough. Desde hacía más de trece años, se echaba en falta a Clarke en el pueblo y entre aquellos que le habían confiado objetos de precio. Su ausencia revistió en un principio la forma de una huida. Cabía pensar que un hombre que había obtenido platería, joyas y géneros diversos se había retirado con su botín hacia un paraje donde nadie le exigiría restituirlos. Después, el paso del tiempo amortiguó las preguntas. Los huesos devolvieron las sospechas incluso antes de haber recibido un nombre.
Una mesa provista con exceso
Clarke ejercía el oficio de zapatero. A raíz de su matrimonio, había hecho correr la voz sobre una fortuna que su esposa debía recibir, y las riquezas esperadas empezaron a reportarle los provechos de las riquezas consumadas. Tomó prestado, compró al fiado y brindó a sus vecinos razones varias para que le entregaran cuanto poseían. El Newgate Calendar asocia a Eugene Aram y a Houseman con aquella trama de engaño; los tres hombres se hallaban, por ende, unidos por algo más que un simple trato de vecindad.
En la tienda que imaginamos, un comerciante extrae una pieza de plata de un papel doblado ya en repetidas ocasiones. Conoce a Clarke y desearía hacerle un servicio, pero procura asimismo que su cliente sea consciente del valor de cuanto se lleva. Se lo recuerda con una ligereza estudiada y añade luego una chanza sobre la regalada vida que le aguarda. Clarke sonríe. El tendero lo acompaña hasta el umbral; habría resultado poco elegante mostrarse receloso con un hombre que anunciaba tan gratas noticias.
Lo que desapareció más tarde no fue tan solo un deudor. Hubo objetos a los que varias casas ligaban su propia historia que no volvieron jamás, y las explicaciones devinieron menos gratas al oído. Los nombres de Aram y de Houseman permanecieron enredados en las sospechas suscitadas por el lance. Mas el prófugo aún podía pasar por el artífice principal del fraude, aquel que había cargado con la porción codiciable dejando a los demás el cuidado de responder. Faltaba el cuerpo. El pueblo pudo seguir hablando de una estafa.
Eugene Aram abandonó a su vez Knaresborough. Había enseñado en la villa y llevó después una existencia errante, ganándose el sustento en diversas escuelas y consagrándose al estudio de las lenguas, que ocupaba un lugar singular en su vida. El latín, el griego y el hebreo no le habían bastado; cotejaba vocablos, rastreaba afinidades y allegaba materiales para un diccionario comparado. A ojos de quienes lo veían trabajar, su pasado cabía en un puñado de referencias de lugares y empleos.
Lo que Houseman sabía
El primer hallazgo de osamentas sobrevino en Thistle Hill, durante unas labores de cantería. Este hecho devolvió al curso de las conversaciones lo que la esposa de Aram había insinuado en otro tiempo: sospechaba que su marido y Houseman habían dado muerte a Clarke. Houseman fue interrogado. Su negativa a identificar los huesos no dio carpetazo a las pesquisas; el modo en que la formuló indujo a quienes le escuchaban a preguntarle de dónde le nacía tamaña seguridad.
Terminó por señalar la cueva de San Roberto. Ofreció indicaciones sobre la disposición del cuerpo, y un segundo esqueleto fue desenterrado en el paraje anunciado. La diferencia entre ambos descubrimientos gobernaba la causa entera. Al primer muerto se lo había tropezado el azar; el segundo había sido indicado por un hombre que poseía un saber que el azar explicaba con menor facilidad. Aquel saber resultaba precioso para la acusación. Mas colocaba asimismo a quien lo revelaba en una postura de la que le convenía zafarse.
Houseman acusó a Aram. A tenor de su versión, una salida nocturna había conducido a Clarke cerca de la gruta, donde Aram lo había derribado a golpes. Semejante relato procedía de un partícipe en los hechos, no de un caminante desinteresado al que la desdicha hubiera situado tras un seto. Al hablar, Houseman podía labrarse su propia salvación. Se disponía a comparecer como testigo de cargo contra el hombre cuyo nombre, a varios condados de distancia, figuraba por entonces en el quehacer ordinario de una escuela.
Aram fue hallado en Lynn, en el condado de Norfolk, y arrestado en agosto de 1758. En nuestra evocación del aula, un colegial permanece junto a su pupitre con un ejercicio del que aguarda la corrección. Han llamado al maestro; otro adulto se encarga de despedir a los niños. El muchacho recoge su pliego y regresa luego en busca de un libro que había olvidado. La estancia conserva idéntica disposición. Habrá que explicarle, no obstante, por qué aquel que le enseñaba a discernir las palabras ya no volverá para proseguir su lección.
Dar a los huesos otro sentido
En York, el 3 de agosto de 1759, Aram asumió su defensa mediante un discurso del que las recopilaciones de causas célebres conservaron una dilatada versión. Opuso primero su vida de estudio a la acusación formulada. ¿Acaso un hombre laborioso, sobrio, quebrantado por la dolencia podía haberse trocado de pronto en un homicida codicioso? Conminaba a los jueces a ponderar la continuidad de una existencia. Empero, aquella continuidad, que él esgrimía a guisa de prueba, solo era conocida por los tramos de su vida que habían permanecido a la vista de todos.
Arremetió, sobre todo, contra las osamentas. ¿Por qué atribuir un nombre a un esqueleto sin demostrar cumplidamente a quién había pertenecido? Un antiguo retiro religioso bien podía albergar sepulturas; las guerras, las devastaciones y las obras públicas habían removido a los difuntos. Convocó ejemplos, multiplicó las analogías e hizo entrar en la sala todo un pasado de túmulos preteridos. Allí donde el ministerio fiscal señalaba a Clarke, él proponía al jurado reconocer una incertidumbre.
El alegato extraía su fuerza de la misma pericia que había nutrido sus vigilias. Aram sabía que una semejanza aparente no basta para identificar un vocablo, y que el contexto altera lo que se cree entender. Aplicaba a los despojos humanos esa necesidad de distinguir. Su discurso no gozaba, sin embargo, de la holgura de una pesquisa erudita: su vida pendía de la duda que lograse suscitar. Los ejemplos que acumulaba debían mantener a los jurados lejos de la fosa señalada por Houseman.
En la sala imaginada al arrullo de estas palabras transmitidas, un asistente deja de aguardar el término de cada período. Ha sucumbido a la cadencia del razonamiento. Mas el nombre de Houseman reaparece en los debates, y con él la precisión del paraje indicado. Un antiguo enterramiento podía ocultar huesos; ¿bastaba ello para explicar por qué aquel hombre sabía dónde cavar? La interrogante devolvía a la gruta a aquellos espíritus que la defensa había paseado a través de las centurias.
El jurado lo declaró culpable. El magistrado había ponderado la destreza de la defensa sin hacer suya la conclusión. La erudición no había desbaratado el encadenamiento de los indicios ni el testimonio de Houseman. Confería al proceso su estampa memorable: la de un hombre que tentaba todos sus recursos para salvar el pellejo, mientras el muerto sobre cuyos restos se disputaba no había dejado tras de sí alegato alguno semejante.
El nombre de Daniel Clarke
Tras el fallo, las dos relaciones antiguas refieren que Aram reconoció su participación ante varios clérigos. Le atribuyen asimismo una explicación fundada en los celos hacia Clarke. Esta versión tardía no demuestra la infidelidad que achacaba a su esposa; pone tan solo de manifiesto cómo pretendía el reo justificar su proceder. El testimonio de Houseman le había asignado un papel, y él intentaba todavía redistribuir las culpas.
Trató de quitarse la vida antes de la ejecución y fue, con todo, ahorcado en York el 6 de agosto de 1759. Su cadáver fue expuesto después cerca de Knaresborough. Las ficciones novelescas que habrían de consagrarse a su destino harían del sabio una figura más perdurable que la del zapatero desaparecido; su renombre no les otorga, con todo, lugar alguno entre los testimonios del proceso.
En nuestra última estampa, el comerciante da con un viejo papel donde había consignado lo que Clarke le adeudaba. Ya no puede valerse de él para reclamar la prenda, ni siente tampoco deseos de arrojarlo al fuego. El nombre del cliente permanece entre una fecha y un importe. Durante años, aquel renglón había señalado a un hombre que se había dado a la fuga. Vuelve a leerlo de otro modo y dobla luego el papel: la deuda sigue intacta; aquel que debía saldarla ha regresado, al fin, al reino de los muertos.
