El 14 de enero de 1840, Charles Pouch-Lafarge falleció en Le Glandier, en el departamento de Corrèze, tras varios días de agonía. Sus vómitos y el rápido deterioro de su salud habían alarmado a la servidumbre de la casa. Mas cuando las sospechas se dirigieron hacia su esposa, cada objeto cotidiano cobró un cariz distinto: los polvos adquiridos para las ratas, los alimentos guisados para el doliente, cuanto se había visto o creído ver flotar en una pócima. Llegado el otoño, ante la corte de apelaciones de Tulle, Marie Lafarge hubo de responder por un crimen de envenenamiento con arsénico.
Los Lafarge habían contraído matrimonio el año anterior. Charles regentaba una fundición y deseaba revitalizar el negocio; Marie descubrió una heredad aislada y un patrimonio lastrado por las deudas. En diciembre, ella solicitó por escrito cincuenta y un gramos de arsénico a Eyssartier, boticario en Uzerche. El 5 de enero, se le dispensaron cuatro gramos con una receta suscrita por Bardou. Marie justificaba tales compras por la necesidad de exterminar las ratas que asolaban la finca. En estrados, el ministerio público relacionaría aquellas adquisiciones con la comida servida a Charles; la defensa, por su parte, recordaría que una sustancia comprada para un uso doméstico ordinario no bastaba por sí sola para fundar un delito de envenenamiento.
El 8 de enero, según declaró el antiguo dependiente de la ferrería Denis Barbier, Marie le requirió que trajera de la botica arsénico, morcilla y salchichas; el mozo adquirió las viandas, pero no el veneno. Al día siguiente acudió a Brive y compró veinte sueldos del tóxico. El 11, un billete le intimó a regresar de Tulle con más veneno y una ratonera. Barbier adujo que temía contrariar a su señora y perder su empleo. Afirmó asimismo haber temido que el polvo se emplease para quitar la vida a Charles, si bien reconoció que la confidencia de que su marido no viviría más de veinticuatro horas se la había transmitido Magneaux. Preguntado sobre la adquisición en sí misma, agregó que jamás había despachado arsénico con anterioridad y que ignoraba qué volumen correspondía a veinte sueldos.
El 12 de enero, el boticario Eyssartier recibió de manos de Magneaux un ponche de leche sobre cuya superficie sobrenadaban unos polvos blanquecinos. Extrajo una muestra con la punta de un tubo de vidrio y la depositó sobre ascuas: el testigo describió un vapor parduzco y un penetrante olor a ajo. Magneaux ya le había transmitido sus recelos, pero Eyssartier declaró que se abstuvo de formular acusación sobre la sola base de esta primera reacción. Pidió un margen de dos horas, repitió el experimento y conservó la vasija intacta en su botica hasta el 18 de enero. Afirmó haberla custodiado fuera del alcance de terceros antes de hacer entrega de ella al juez de instrucción, y aseveró haber obtenido más tarde arsénico metálico mediante sus reactivos.
El litigio no gravitaba únicamente sobre las compras de veneno. Charles había regresado de París quebrantado ya por la enfermedad; en su alegato, el letrado Paillet evocó una misiva remitida el mismo día de su llegada por su cuñado, quien advertía de su indisposición al tiempo que le transfería dos mil francos. La defensa interpretaba en ello la prueba inequívoca de que la dolencia se había declarado antes de que los síntomas pudieran atribuirse a los cuidados prodigados en Le Glandier. La acusación, por el contrario, vinculaba el regreso de Charles con la ingesta de las pócimas y las sucesivas peticiones de veneno. Correspondía a los jurados discernir si la patología previa explicaba el deceso, si se había añadido a ella un veneno y, en tal caso, si había sido Marie quien lo administrara.
El 6 de septiembre, a pesar de una lluvia torrencial, una muchedumbre abigarrada colmaba la sala mucho antes de iniciarse la sesión. El tribunal deliberó de siete a nueve de la mañana. En lugar de aplazar la causa para un período posterior, el fiscal general requirió la exhumación de los restos de Charles para proceder al examen de sus vísceras; propuso asociar a los peritos ya personados a dos farmacéuticos de Tulle ajenos por completo a las diligencias precedentes. Paillet aceptó la propuesta con tal de que la resolución de la causa no se demorase. La corte ordenó al juez de paz comparecer en la exhumación, certificar la identidad del cadáver, levantar la correspondiente acta y transportar los despojos bajo estricta escolta a Tulle. Marie permaneció impertérrita al escuchar la resolución; mas al reanudarse la vista, la Gazette des tribunaux la describe intensamente pálida, desfallecida sobre el banco de los acusados. Los peritos partieron en la diligencia de postas rumbo a Le Glandier mientras proseguían los debates.
Mathieu Orfila sostuvo acto seguido que los análisis químicos demostraban de modo incontrovertible la absorción de arsénico. Dicho dictamen robustecía el acta de acusación, mas sin individualizar por sí solo a la mano que administrara el veneno. El 18 de septiembre, Paillet insistió en la levedad extrema de las trazas y en las fundadas objeciones dirigidas contra el aparato de Marsh; evocó asimismo la verosímil hipótesis de una contaminación accidental en una mansión donde el arsénico se manipulaba a diario. El fiscal replicó que el veneno pudo muy bien haber sido absorbido y luego evacuado mediante los vómitos, el sudor o las vías urinarias. Mientras las controversias se dilataban, un violento aguacero calaba los bancos y las ropas de los miembros del jurado. Los guarismos de los químicos no se ventilaban en la asepsia de un gabinete abstracto: se debatían en medio de una atmósfera de extenuación física, de testimonios controvertidos y del terror cerval a pronunciar un veredicto irreparable.
La suerte de un pastel fue esgrimida asimismo como pieza de convicción. Paillet aseveró que la sustitución de pasteles sostenida por la fiscalía no era sino una fábula novelesca; el ministerio público se amparó en las declaraciones de Parant, Buffière y la señorita Brun para afirmar que el trueque se había consumado. El jurado asistía atónito a deposiciones encontradas sobre platos cocinados, envoltorios de polvos y la rutina doméstica de la casa. Otra sospecha, la del presunto robo de unos diamantes, amenazaba con enturbiar su íntima convicción sin arrojar luz alguna sobre el enigma del arsénico.
El 19 de septiembre, el letrado Bac abordó en su réplica el incidente de las alhajas. Dicha imputación, recordó con vehemencia, era competencia exclusiva de otra jurisdicción. Censuró a la fiscalía haberla introducido subrepticiamente en el plenario tras haberla desdeñado durante meses, precisamente en el instante en que Marie, consumida por las fuerzas, ya no podía replicar con la firmeza de las primeras sesiones. A juicio de la defensa, la mera reputación moral de la procesada no podía erigirse en prueba de cargo en la muerte de Charles.
En Tulle, la justificación de los raticidas naufragaba ante las sospechas de los criados. Barbier había acarreado primero chacinería y luego veneno; Eyssartier había retenido la vasija sospechosa durante jornadas enteras. Esos actos menudos de la vida cotidiana, inscritos en las últimas semanas de vida de Charles, gravitaban ya con un peso decisivo sobre el destino de Marie.
El 19 de septiembre, el tribunal la condenó a la pena de trabajos forzados a perpetuidad y a la ignominia de la exposición pública. El 12 de diciembre de 1840, la Corte de Casación desestimó su recurso contra la sentencia de la sala de lo criminal. Marie perseveró en proclamar su inocencia. El fallo puso término al procedimiento judicial; no obstante, las disputas sobre las muestras biológicas y sus métodos de laboratorio no cesaron de alimentar la polémica científica e histórica. En Le Glandier, unas compras domésticas, unos caldos sospechosos y los murmullos de la servidumbre habían transformado una dolencia íntima en una resonante acusación pública.
