El luto de Louis Levalley no le sirvió de escudo. Cuando lo condujeron por las calles, atado y custodiado por los gendarmes, la multitud vio en el crespón negro que portaba una prueba añadida de su perfidia: aquel hombre tenía la osadía de llorar a la mujer a quien se le acusaba de haber envenenado. Pocas semanas antes, no era más que un recién casado impaciente por compartir su vida con ella. Ahora era un viudo a quien se le disputaba hasta el derecho a exteriorizar su dolor. Entre ambos extremos mediaron una comida familiar, diez mil francos y un peritaje forense.
En los alrededores de Bayeux, Louis era el hijo único de unos labradores acomodados. Marie-Anne-Françoise Guérin pertenecía asimismo al mundo campesino, pero los bienes de sus padres pesaban menos en la balanza de las alianzas matrimoniales. Los jóvenes se enamoraron antes de que quedara zanjada esta diferencia. Sin embargo, cuando Marie-Anne quedó encinta, fue preciso acudir a las familias. Champagnac, que narraría el caso en 1833, describe a un Louis tímido, azorado por las gestiones de rigor: la dicha que anhelaba exigía de pronto unas negociaciones para las cuales sus sentimientos no lo habían preparado en absoluto.
El tío de la joven, el abad Guérin, asumió la dirección de los tratos. A fin de facilitar el enlace, prometió diez mil francos, a los que se sumaban los dos mil aportados por el padre. La familia Levalley aceptó el matrimonio. Con todo, el clérigo quiso también prever la muerte de su sobrina: si fallecía en el curso de los dos años siguientes, los dos mil francos de la dote paterna serían restituidos a su padre. Esta cláusula fue admitida. En cambio, se rechazó una condición semejante solicitada para los diez mil francos del tío. En el seno mismo de un acuerdo destinado a inaugurar una vida en común, acababa de estipularse qué recuperaría cada cual si dicha vida se malograba.
El matrimonio civil se celebró el 5 de noviembre de 1807; la bendición nupcial llegó ocho días después. Los desposados, no obstante, no llegaron a convivir bajo el mismo techo. Los Guérin deseaban retener a su hija junto a ellos hasta el alumbramiento. Continuaron visitándose, compartiendo comidas, y Louis frecuentaba a su esposa sin poder acogerla aún de forma definitiva. El cronista atribuye esta separación a un tratamiento que habrían pretendido ocultarle; sobre este extremo, empero, no aporta documento alguno que permita desentrañar las intenciones de los progenitores. Baste retener esta singular circunstancia: dos hogares cercaban al joven matrimonio, y cada uno alegaba tener sus motivos.
El domingo 13 de diciembre, Louis fue a buscar a su mujer y a su suegro para agasajarlos con un almuerzo. La mesa ofreció cochinillo asado, morcilla yugular e hígado de ternera mechado; el café, al que se añadió aguardiente, puso el colofón. En la crónica, esta copiosidad se convertirá más tarde en la posible explicación del desastre. En aquel instante, nada presagiaba un desenlace criminal. Al llegar la hora de despedirse, el padre de Louis manifestó el deseo de retener a su nuera; Louis se unió a la súplica. Guérin se negó en redondo. El joven acompañó por tanto a los dos comensales, que regresaron a su casa hacia las seis o siete de la tarde.
El tormento no se declaró hasta la mañana siguiente. Marie-Anne sintió agudos dolores en el estómago, se levantó con la esperanza de hallar algún alivio y cayó presa de convulsiones. Se avisó a su marido. Acudió de inmediato a su cabecera; Champagnac evoca el recuerdo de un último abrazo en medio de un mal que los presentes eran incapaces de domeñar. Intervinieron dos cirujanos, y luego un tercero. Se recurrió a eméticos y sangrías. Hubo que interrumpir una tentativa de parto forzado a causa de una hemorragia; otra intervención quirúrgica permitió extraer un feto sin vida. Marie-Anne falleció poco después. En un primer momento, los facultativos pensaron en una indigestión; su interpretación pertenece a la medicina de la época y dista de ofrecernos hoy un diagnóstico concluyente.
Pocos días después, el abad Guérin volvió a sacar a colación los diez mil francos. Su desembolso, explicó al padre de Louis, lo había puesto en apuros; solicitaba que se le reintegrase al menos una parte. La crónica no reproduce la respuesta exacta. Señala, a renglón seguido, que ambas familias fueron distanciándose de forma paulatina. El contrato, que había unido a los vivos, sobrevivía a la difunta y los separaba. La cláusula rechazada antes de las nupcias se trocaba en una suma reclamada tras las exequias: la misma disputa reaparecía a destiempo, sin haber alcanzado jamás el consenso.
Al aproximarse el trigésimo día del fallecimiento, Louis dispuso un funeral de cabo de mes e informó de ello a sus suegros. La familia Guérin ordenó cancelarlo, aduciendo que el abad no se hallaba disponible, todo ello sin consultar al viudo. Al poco tiempo empezó a circular una imputación de envenenamiento. Se le atribuía al marido un móvil palmario: conservar los diez mil francos. Resultaría imprudente transformar la sucesión de los acontecimientos en una prueba de que el tío hubiera urdido tal rumor; el relato decimonónico no permite identificar con certeza a su instigador primigenio. Mas el dinero brindaba ya una explicación a la medida de quienes deseaban encontrar un crimen tras una muerte repentina.
Intervino el magistrado de instrucción y seguridad pública. A los cuarenta y dos días del deceso, se exhumó el cadáver; se extrajeron el estómago y otras vísceras, se introdujeron en una vasija y fueron trasladados a la alcaldía de Asnière. Un alguacil se personó en el domicilio de Louis para notificarle la orden de comparecencia. Ausente en el momento de la diligencia, el joven acudió al día siguiente a Bayeux. El 27 de enero de 1808 respondió a las preguntas del magistrado y solicitó que se requiriese, a su propia costa, a cuantos cirujanos fuesen precisos. Confiaba en que el examen pericial del cuerpo pusiera coto a los rumores infamantes que lo abrumaban.
Se le aclaró que comparecía en calidad de testigo, no de inculpado, y que su petición no podía ser atendida. Regresó a su casa. Dos días después, los peritos anunciaron haber hallado en los intestinos una cantidad considerable de lo que catalogaron como veneno: vidrio molido. Su aseveración dio un vuelco absoluto a las diligencias. Lo que Louis había esperado someter a examen para demostrar su inocencia se convertía en el motivo formal de su arresto. Ya no tenía enfrente a unos meros vecinos suspicaces; existía una certificación formal elevada al juez, revestida con la autoridad de los hombres de ciencia.
Fue entonces cuando cruzó las calles bajo escolta. La crónica describe a mujeres recogiendo piedras del suelo, clamores que exigían su muerte y a los gendarmes esforzándose por impedir que la turba lo linchara. La cólera popular había dictado su propia sentencia mucho antes que el tribunal. Tras su ingreso en prisión, Louis permaneció incomunicado durante varios meses. Al hombre a quien se había asegurado que era un simple testigo se le privaba de la libertad; entretanto, el dolor de su viudez era juzgado fuera como una cínica farsa. El texto de la época no pormenoriza sus jornadas de cautiverio. No hace falta inventarle confidencias para sopesar la angustia que entrañó aquella espera.
El proceso no concluyó, sin embargo, con aquel primer informe facultativo. Se consultó a Baudelocque y a Chaussier. Su dictamen rebatió la conclusión del envenenamiento y sostuvo que un cuadro clínico sobrevenido tras el copioso banquete bastaba para explicar la muerte de aquella mujer encinta. Champagnac compendia asimismo la refutación médica respecto a los supuestos efectos del vidrio molido conforme a los conocimientos científicos de su tiempo. Conviene diferenciar esta reseña antigua de una demostración clínica cabal a nuestro alcance moderno: la consulta original no se reproduce aquí de forma íntegra. Lo trascendente en el curso de la causa es que una pericia médica en sentido contrario desmoronó la certidumbre sobre la que descansaba la acusación fiscal.
El tribunal penal de Caen absolvió a Louis Levalley mediante un veredicto unánime del jurado. El texto histórico no precisa la fecha de dicha absolución ni da cuenta de su destino tras recuperar la libertad. Deja la estampa de un hombre exculpado del horrendo crimen que se le imputaba, pero despojado para siempre de su esposa y del hijo que ambos esperaban. Los diez mil francos habían suministrado un móvil muy socorrido; mas no habían aportado la prueba material de un asesinato. En cuanto al crespón negro que la turba pretendía arrancarle, no hacía sino recordar lo que todos habían olvidado: antes de transformarse en una causa criminal debatida con descaro en cada esquina, aquella tragedia había sido, por encima de todo, un duelo íntimo.
