El arrendamiento no alcanzaba los cuarenta francos. Bastaba para reunir a unos parientes ante un juez de paz; pronto bastaría, en el texto de una acusación, para justificar un asesinato. Entre una y otra circunstancia, mediaron un anciano muerto en un camino, un testigo incapaz de reconocer al homicida y esa singular presteza con la que una vieja rencilla puede hacer las veces de rostro. Joseph Fabiani estuvo a punto de pagar con la vida la distancia que mediaba entre lo que se sabía y lo que se juzgaba verosímil.
Jean Fabiani, párroco de Aregno, contaba setenta y ocho años. El 15 de mayo de 1810 debía reunirse con varios miembros de su familia en casa de Delarosa, juez de paz del cantón. Una transacción acordada en 1792 había zanjado sus desavenencias con su primo Dominico; tras el fallecimiento de este, persistía una dificultad con sus hijos, Joseph y Guerino, a propósito del cobro de las rentas de una finca. Habían convenido en llegar a un acuerdo. El viejo contrato exigía una aclaración, no un nuevo pleito.
Joseph encomendó a Guerino que lo representase. Moretti, tío materno de ambos, debía asistir a la conciliación. Según la versión referida por Champagnac, Joseph partió antes del alba para fabricar carbón en La Paratella; su hermano se presentó hacia las diez en el juzgado de paz. El sacerdote jamás llegó. Una joven se presentó anunciando que el anciano había muerto al caer del caballo, cerca de Algajola. Guerino salió a prevenir a su tío y regresó luego a Lavatoggio. A aquel primer parte de un accidente no tardó en suceder una noticia de gravedad muy distinta.
Negretti, sobrino del difunto, lo había acompañado. Refirió que un hombre emboscado tras un muro había disparado contra el anciano para mostrarse luego a una docena de pasos. Aquel hombre llevaba una máscara. Le dirigió un ademán amenazante antes de alejarse. Negretti precisó el color de su casaca, pero declaró no haberlo reconocido. Una presencia, una prenda, una amenaza: tales eran los elementos aportados por el testimonio. No aportaba todavía un nombre que su testigo pudiera sostener con certeza de reconocimiento.
Sin embargo, los nombres no tardaron en surgir. Joseph pasó a ser el presunto autor del crimen y Guerino, su cómplice. Delarosa escribió al subprefecto de Calvi, Ginbeca, incluso antes —según la crónica— de haber procedido al reconocimiento del cadáver. Invocaba la opinión pública y anunciaba gestiones ante la autoridad militar para prender a ambos hermanos, a quienes suponía amparados por deudos o allegados. En aquella misiva, Joseph ya no era buscado únicamente para ser interrogado: figuraba como quien había apretado el gatillo.
El texto de Champagnac, publicado mucho después de los hechos, toma resueltamente partido por los acusados. Denuncia los lazos de parentesco que unían a Negretti con el juez de paz y con el subprefecto, coligiendo en sus diligencias una acusación concertada. Lo que extracta de las actas revela, en todo caso, un rumbo adoptado desde muy temprano: los investigadores indagaban en el entorno de los Fabiani. La cuestión ya no residía tan solo en averiguar qué hombre había aguardado al párroco, sino en allegar cuanto pudiera vincular a los dos hermanos con aquel sujeto.
La gendarmería cercó la vivienda durante la noche. Joseph y Guerino se dieron a la fuga. Pocos días después, Joseph fue arrestado en su domicilio, al que había regresado; Guerino continuaba desaparecido. Para la parte acusadora, la huida confirmaba la sospecha. Para el cronista constituido en defensor, el retorno de Joseph revelaba, muy al contrario, una conciencia en paz. Un mismo desplazamiento permitía así alimentar dos relatos opuestos. Mas ni el temor ante los gendarmes ni el regreso al hogar bastaban, por sí solos, para nombrar al autor de un disparo.
Los efectos hallados debían suplir aquella carencia. Se extrajeron dos balas del cuerpo. Se incorporaron asimismo al proceso una tabaquera y un pedazo de papel; el papel se había encontrado dos días después del crimen, a unos cincuenta pasos del lugar. Delarosa vio en él un jirón de la máscara. La tabaquera, se presumía, se le había caído del bolsillo al homicida. Se aportó también un borrador de citación judicial atribuido al párroco, destinado a prestar a la querella doméstica la consistencia de una amenaza latente.
Las instrucciones del juez se orientaron asimismo hacia antiguos comentarios y a la reputación de los hermanos. Los testigos debían referir cuanto hubiesen oído decir. Ahora bien, un rumor propagado por varias bocas podía suscitar la impresión de provenir de diversos orígenes, sin que nadie hubiese visto nada más. Joseph hubo de responder no solo de su jornada en La Paratella, sino de una opinión que parecía precederle doquiera la instrucción se dispusiera a buscarlo.
La cajita cobró un protagonismo decisivo. Hubo quienes declararon que Joseph poseía una semejante, o bien que aquella era la suya. En una carta del 25 de mayo, el juez de paz recomendaba a un testigo de quien esperaba que reconociese incluso el tabaco. Semejante precisión pretendía resultar concluyente; pone de manifiesto, sobre todo, la desmedida confianza depositada en las pruebas materiales. Una caja ordinaria se convertía casi en una rúbrica. Restaba comprobar si aquel reconocimiento resistiría el careo en la audiencia, allí donde los parecidos se debaten en presencia del acusado a quien inculpan.
Joseph solicitó la recusación de ciertos magistrados de Bastia, a los que afirmaba unidos por parentesco o afinidad con sus acusadores. Su pretensión fue desestimada. Debió responder, como único compareciente de ambos hermanos, ante un edificio acusatorio que articulaba la querella dineraria, la fuga, los objetos incautados e incluso las disposiciones de ánimo atribuidas a su difunto padre. Un testigo atribuía a Dominico la pretérita intención de asesinar al párroco: designio que los hijos habrían heredado. En este pleito de arrendamiento, la acusación hacía gravitar asimismo una sucesión de rencores que la defensa rebatía.
Joseph opuso una coartada minuciosa. Varios testigos aseveraron haberlo visto, la mañana del crimen, en La Paratella, situada, según los autos, a siete leguas del escenario del delito. Jean Petrucci relató por su parte que Negretti había evocado a otro individuo al que el asesino le recordaba. El testigo presencial no aportaba, por consiguiente, el reconocimiento que faltaba desde el principio; sus manifestaciones abrían de nuevo una distancia entre el sospechoso y el hombre divisado.
Tampoco la tabaquera resistió con firmeza la contradicción del juicio. Nadie, según refiere Champagnac, la identificó de manera categórica como propiedad del encausado. Joseph exhibió otra, que diversos testigos aseguraron conocerle desde hacía un año. Respecto a un asalto nocturno imputado a ambos hermanos por Jean-François Vincentelli, la defensa sostuvo que el declarante confundía personas y fechas: la disputa se remontaba a una época previa a la transacción de 1792 e incumbía a su padre. Dos sacerdotes dieron fe de las buenas relaciones que sobrevinieron después. El pasado, invocado en calidad de prueba, se avenía con menos docilidad de la prevista a secundar la tesis acusatoria.
El 30 de diciembre de 1810, el tribunal especial condenó sin embargo a Joseph a la pena capital. Absolvió a Guerino, juzgado en rebeldía. Los hermanos no corrieron idéntica suerte, pese a la imputación común. Champagnac describe la consternación del auditorio ante el castigo impuesto al primero. Para Joseph ya no cabía pretender que aquellos jueces prefiriesen una versión a otra: era preciso lograr que un nuevo tribunal examinara la causa. Una vida dependía a partir de entonces de los resortes que permitiesen incoar aquella segunda revisión.
El 14 de marzo de 1811, la corte suprema anuló la sentencia por vicio de forma y remitió el proceso a Ajaccio, ante el tribunal especial de Liamone. Aquella casación no señalaba a otro culpable; hacía posible una nueva vista. El 7 de junio, Joseph Fabiani fue absuelto por unanimidad, conforme a las conclusiones del ministerio público. Con este fallo concluye el relato. Jean Fabiani había sido asesinado; su primo superviviente, condenado y luego absuelto. Entre el muerto y el hombre salvado pervivía una máscara a la que la justicia no había sabido poner rostro.
