Habían entregado el veneno a la mujer a quien debía matar. La caja de plata, las pequeñas sumas adelantadas al criado, las promesas que acompañaban el pacto: todo había llegado a manos de madame Chénié antes de que su almuerzo se viera amenazado. Podía, a partir de ese instante, ver entrar a su nuera a sabiendas de lo que esta pretendía recabar de un sirviente. La cena del primero de enero revestiría la apariencia de una reunión de familia. En una estancia contigua, dos hombres aguardarían al acecho para escuchar.
Años antes, aquella misma familia ya se había dividido a causa de aquel matrimonio. Levaillant, oficial alojado en Saint-Omer en casa de un antiguo comerciante llamado Brutinel, había querido desposar a su hija. Su madre, vuelta a casar con Chénié, recaudador de contribuciones en París, se opuso a ello. A los veinticinco años, el hijo desoyó la negativa tras cumplir con las intimaciones respetuosas preceptivas para semejante trámite. El enlace se celebró el 10 de termidor del año XII. El procedimiento legal había hecho posible el matrimonio; mas no podía obligar a los padres a compartir la ventura anunciada.
Dicha ventura pronto se vio cuestionada en el seno del propio matrimonio. En una misiva de enero de 1808 recogida por Champagnac, Adèle Levaillant reprochaba a su marido la modestia de sus perspectivas. Rechazaba el porvenir propio de la esposa de un dependiente, le recordaba las fundadas esperanzas de las que él la había nutrido y le exigía una posición digna de sus ambiciones. El cronista extrae de ello una prolija lección contra la educación impartida a las jóvenes. La carta denota, con mayor sencillez, una discordia: dos personas ya no otorgaban el mismo sentido a la vida que se habían prometido compartir.
Tras la campaña de 1809, Levaillant regresó a París y su esposa acudió a reunirse con él. Fue presentada a los Chénié. La crónica la muestra acogida con benevolencia; en sus interrogatorios, ella describirá, por el contrario, humillaciones y negativas de socorro que habrían alimentado su rencor. Estas versiones divergentes de la vida familiar habrían de acompañar la causa de principio a fin. No explicaban del mismo modo el tránsito de una frustración al designio criminal. No obstante, ambas situaban el dinero, la dependencia y el resentimiento en el centro de las visitas.
La doncella Magnien se convirtió en la primera confidente de semejante propósito. Según su deposición, su señora le comunicó en diciembre su intención de envenenar a su suegra. Adolphe, criado al servicio de los Chénié y compañero de Magnien, podía servir de intermediario. Este aseveró haber advertido de inmediato a la persona amenazada. Adèle sostendría que ambos sirvientes la habían alentado. Desde el origen, aquellos que articularían la acusación eran también aquellos a quienes la acusada reprocharía haber alimentado su determinación en lugar de frenarla.
Se dio cuenta de visitas a varios boticarios. Ninguno accedió a despachar el arsénico solicitado; con todo, se obtuvo una sustancia destinada a las ratas. Magnien relató más tarde haber caído enferma tras una comida y haber sospechado que su señora ensayaba con ella un producto tóxico. Adèle negó tal envenenamiento. La propia crónica subraya las debilidades del testimonio: la criada habría permanecido en la casa aun creyendo que su vida corría peligro. Aquella sospecha constituiría un cargo independiente, sobre el cual el jurado debería pronunciarse por separado.
En las conversaciones referidas, el complot contra los Chénié cobró una dimensión aún mayor. Adolphe hizo observar que la muerte de madame Chénié no transmitiría necesariamente sus bienes a su hijo, dado que el esposo se beneficiaría de ellos. Adèle habría extendido entonces su designio a su suegro. Una remesa procedente de Saint-Omer debía proporcionar lo que no había podido comprarse en París. El padre, Brutinel, sería encausado a su vez por haber facilitado a sabiendas el veneno. Él impugnaría dicho envío; su hija incurriría en contradicciones sobre las circunstancias y sobre lo que verdaderamente le había pedido.
La entrega a Adolphe de una caja con las sustancias y de siete monedas de cinco francos alteró la naturaleza del expediente. Ya no se dilucidaban meras palabras cruzadas entre un ama y sus sirvientes. Quien debía ejecutar el plan llevó la totalidad de los efectos a madame Chénié. Esta se personó en la prefectura de policía; Adolphe prestó allí también declaración. El peligro denunciado era, por tanto, conocido por la autoridad antes de la cena familiar, y los actos venideros se observarían a la luz de este conocimiento previo.
Adolphe explicó haber fingido consentimiento con el único fin de frustrar el delito. Su conducta podía considerarse, pues, un auxilio prestado a la familia; pero también cabía interpretarla como un aliento brindado a la mujer a quien vigilaba. Los actos eran idénticos, pero la intención alegada mudaba por completo su alcance. Fue esta doble lectura la que las declaraciones, las confesiones y las retractaciones someterían conjuntamente al juicio de los jurados.
El primero de enero, los jóvenes esposos cenaron en casa de los Chénié. La recopilación judicial refiere que Adèle debía aguardar una señal de Adolphe para reunirse con él aparte. Los señores Bouvard y Beaupoil-Saint-Aulaire permanecían ocultos cerca de la habitación donde tendría lugar la entrevista. Adolphe mencionó las visitas previstas para aquella jornada y, acto seguido, la indisposición de Magnien. Conforme a este relato, Adèle pidió aplazar la empresa; al percibir un ruido que le hizo recelar una presencia extraña, exigió la devolución de la caja y declaró desistir de su propósito. Los testigos salieron de su escondrijo. Poco después, la policía la detuvo.
Aquella exigencia de restitución se convertiría en el nudo gordiano del proceso. ¿Era el retroceso voluntario de una mujer que renunciaba a su designio, o la mera reacción de quien acaba de descubrirse vigilada? Las precauciones desplegadas en torno a ella habían impedido el desenlace criminal previsto. Mas complicaban asimismo la apreciación de lo que habría hecho de no haber mediado tales cautelas. La caja en poder de la familia acreditaba una entrega material; no dirimía por sí sola el momento exacto en que la tentativa se detuvo, ni la naturaleza de la voluntad que le puso término.
En los interrogatorios reproducidos, Adèle admitió haber concebido y fraguado la maquinación contra los Chénié. No obstante, cuestionó el papel de los sirvientes y sostuvo haber mudado de propósito. Negó asimismo el envenenamiento de Magnien. Sus declaraciones vacilaron además respecto de su padre y de su marido, a quienes intentó por momentos amparar y, en otros, comprometer. No se trataba de una confesión rectilínea a la que todas las piezas pudieran acomodarse sin fricción: el reconocimiento del plan coexistía con una pugna enconada sobre las responsabilidades, las incitaciones y el desistimiento.
Levaillant fue arrestado cuando acudía a ver a su esposa. Negó tener conocimiento alguno del complot. Al día siguiente, se quitó la vida en el calabozo, dejando misivas en las que proclamaba su inocencia, imploraba clemencia para Adèle y recriminaba a los criados no haberle prevenido a tiempo. Su muerte impedía tanto condenarlo como exculparlo mediante una vista contradictoria. Dejaba a una madre entre las víctimas potenciales, a una esposa procesada y un conjunto de escritos de los cuales cada cual pretendería extraer una última explicación.
Concluidos los debates, el veredicto del jurado deslindó lo que el escándalo había confundido. Adèle no fue declarada culpable de haber intentado envenenar a Magnien. El jurado apreció en su contra una resolución homicida deliberada contra los Chénié, exteriorizada mediante actos materiales, pero determinó que esta no había ido seguida de un principio de ejecución. Desestimó igualmente que la interrupción del designio obedeciera a circunstancias ajenas a su propia voluntad. Brutinel, por su parte, no fue considerado cómplice por suministro consciente de veneno.
El tribunal absolvió a ambos acusados. El presidente apostilló la sentencia con una severa amonestación dirigida a Adèle: la reprobación moral permanecía incólume, pero la ley le vedaba imponer pena alguna conforme a los términos del veredicto dictado. Champagnac, que la censura con dureza a lo largo de su narración, concluye admitiendo la posibilidad de un arrepentimiento previo al arresto. La justicia no hubo de dirimir entre una familia dichosa y una familia culpable; se vio obligada a trazar una línea divisoria en mitad de los hechos consumados, las confidencias y las celadas. La caja quedó apartada del almuerzo. El hijo, por su parte, jamás volvería a sentarse a la mesa.
