El recibo era auténtico. Eso era precisamente lo que volvía el asunto tan enojoso: no cabía acusar a un falsificador de haber imitado la firma, ni arrojar el papel a la papelera. Jean Roumage lo tenía en su poder y afirmaba haber pagado. Banès lo había llevado consigo y sostenía no haber recibido casi nada. Entre ambos hombres, cuatrocientos cincuenta mil francos habían cambiado de manos —o bien jamás habían salido de las del deudor—. Todo París iba a ocuparse de semejante diferencia.
El 17 de julio de 1824, no se trataba, sin embargo, más que de liquidar una operación de Bolsa. Roumage debía recibir setecientas obligaciones del empréstito real de España. La cotización había caído; el agente de cambio Chaulet deseaba saldar la operación antes de su vencimiento. Se había convenido una entrega anticipada, con una rebaja que fijaba la suma en 454 100 francos. Banès, mancebo y apoderado de Chaulet, se encargó de efectuar el canje. Llevaba consigo los títulos, la factura liquidatoria y la firma de su socio. Solo le faltaba el dinero.
Charles Jambon, mozo de caja, le acompañaba. Se reunieron con Roumage y subieron a su aposento. Se acercó una mesa a la ventana para cotejar la numeración de los títulos. El mozo de caja ayudaba a disponer los documentos; Roumage hizo notar que su presencia ya no era necesaria. Banès lo despidió. Ahorrarse aquel testigo costaría muy caro a todo el mundo. Jambon podía dar cuenta de los preparativos, reconocer los títulos y confirmar el encuentro. Sobre el pago en sí, nada podía declarar.
Aquí comenzaban dos jornadas distintas, aunque señaladas con la misma fecha. En la versión de Banès, Roumage se llevó la liquidación firmada a su despacho y regresó con seiscientos francos en moneda y tres mil quinientos en billetes. El pico de la cuenta, según explicó; los cuatrocientos cincuenta mil francos restantes aguardaban en casa de su hermano Constant, en la rue Saint-Marc. Banès consintió en acompañarle. ¿Por qué razón guardaría un negociante semejante suma en su morada? La promesa podía antojarse verosímil. Tenía, no obstante, un grave inconveniente: el recibo ya obraba en poder de quien prometía.
Siempre según el testimonio de Banès, Roumage se guardó ciento cincuenta obligaciones bajo la levita, ordenó las restantes y salió con él a la calle. En el pasaje de los Panoramas, se quejó de un cólico. Al llegar a casa de Constant, subieron; Roumage encaminó a su acompañante hacia el despacho y franqueó otra puerta para atender una necesidad imperiosa. Banès aguardó. El hermano nada sabía del anunciado pago. Se buscó a Jean Roumage. Se había esfumado. La suma, el deudor y las explicaciones debían de hallarse, decididamente, en otra parte.
Banès regresó al aposento de Roumage, encontró allí a la familia e hizo avisar a Chaulet. Este acababa de divisar a Roumage por París. Ciento cincuenta obligaciones se encontraban ya en poder del banquero Aguado. Hacia las cuatro de la tarde, los interesados acabaron por reunirse. Roumage protestó ante semejante escándalo: lo había pagado todo, en billetes de banco y en metálico. Banès aseguraba lo contrario. Tras una prolongada discusión, se convino depositar las setecientas obligaciones en manos de Aguado. Los títulos habían aparecido; la verdad, en cambio, seguía oculta.
Roumage relataba su jornada con una sencillez enteramente distinta. Concluida la operación y entregado el importe, Banès y él habían salido juntos para luego despedirse. Él se había dirigido a casa de su hermano por un asunto familiar, había dejado las obligaciones en poder de Aguado y comprado un naranjo en el mercado de las Flores. Aquel árbol estaba destinado a un amigo cuyo santo se celebraba. El obsequio, al menos, no era imaginario: su destinatario lo confirmó. Mas una visita de cortesía podía transformarse, según la boca que la refiriese, en la ocupación natural de un hombre libre o en el calculado rodeo de un estafador.
El proceso se abrió el 28 de agosto ante la sexta sala correccional de París. No se perseguía una firma apócrifa: convenía determinar si una firma auténtica había sido arrancada mediante maniobras fraudulentas. Roumage contaba con letrados elocuentes y un argumento al alcance de cualquier entendimiento: un recibo acredita que quien lo suscribe ha cobrado. Si bastase luego la palabra para anularlo, ¿de qué servirían los recibos? Banès replicaba con otra evidencia: si el papel se entregaba antes que las monedas, ¿había que desamparar al acreedor frente a quien de pronto rehusaba pagar?
Los testigos aportaron sus retazos del día, que no encajaban sin resistencia. Un joven seminarista, Guillebault, había visto a Banès en casa de Constant Roumage, provisto de una pequeña bolsa y contrariado por no poder efectuar su entrega. No recordaba haber visto a Jean. El dependiente Fournier tampoco corroboraba la llegada de ambos hombres juntos. Un criado de Roumage, interrogado acerca de ciertos papeles que Banès se habría llevado bajo el brazo, no sostuvo su primer recuerdo. La defensa acumulaba objeciones; los querellantes mantenían su acusación. Ningún testigo bastaba por sí solo para cerrar aquella hora en penumbra.
Fue entonces cuando la fortuna cobró volumen material. Se mandaron traer billetes de banco, cuatrocientos cincuenta billetes de mil francos, para examinar qué bulto representaba semejante pago en las manos o bajo la ropa. El fajo se convertía en un objeto voluminoso, comparable a un libro grueso. El experimento oponía al pretendido desembolso una dificultad sumamente visible. Roumage replicaba que Banès bien pudo haber dividido los billetes en varios paquetes; tras haber pagado, no le incumbía vigilar de qué modo se los llevaba su acreedor. Se podía medir una faja de billetes. No era posible, con esa sola mesura, reconstruir todos los ademanes de un hombre desdibujado tras los testimonios.
Una segunda pesquisa se abrió en los libros de contabilidad. ¿Había dispuesto siquiera Roumage de los fondos que pretendía haber entregado? Se examinaron sus recursos, los negocios de su familia, sus préstamos, su libro mayor. Sus adversarios advertían en ellos la oscuridad necesaria para urdir un fraude; su defensa buscaba capitales disponibles y asientos anteriores al litigio. Hennequin, su abogado, rebatió con ahínco la sospecha de un libro fabricado a posteriori. Las variaciones en las tintas y el parecer del tenedor de libros le sirvieron de argumentos. A cada renglón renacía el mismo debate: tener fortuna, disponer de dinero en efectivo aquel día y haberlo entregado efectivamente eran tres cosas muy distintas.
Las reputaciones acudieron en auxilio de las cifras. Roumage exhibía sus obras de beneficencia, sus relaciones, testimonios de intachable conducta; Banès gozaba de la confianza de su gremio y de quienes respondían de su probidad. El pleito amenazaba con mudar en certamen de hombres honorables. Mas los magistrados debían decidirse por una versión, pues ambas partes no podían tener razón sobre el pago. Al término de las primeras audiencias, el tribunal apreció la estafa. Roumage fue condenado a cinco años de prisión, tres mil francos de multa y diez años de inhabilitación civil. El recibo debía ser cancelado, las obligaciones restituidas a Banès; los intereses y la depreciación de los títulos se sumaban asimismo a la indemnización impuesta.
La firma, por tanto, no había salvado a su poseedor. Quedaba el derecho de recurrir contra quienes lo habían condenado. Roumage apeló, sostuvo que la causa no correspondía a la jurisdicción correccional y elevó la cuestión a casación. Este primer recurso fue desestimado. En enero de 1825 se reanudaron los debates en París. Reaparecieron los testigos, volvió a escena el libro de cuentas y se discutió la disposición de los lugares mismos. La corte confirmó la condena. Podía creerse cerrado el expediente; sin embargo, albergaba un error que esta vez era imputable a la justicia.
El presidente había ordenado una instrucción suplementaria cuando la corte ya entendía en la causa. Ahora bien, las diligencias no podían proseguirse de tal suerte, al margen del contradictorio en que las partes y el público debían hallarse presentes. El 19 de marzo de 1825, el Tribunal de Casación anuló la sentencia parisina y remitió la causa a Orleans. Roumage obtenía un nuevo juicio, mas no el reconocimiento de su pago. La distinción era capital para Banès: el procedimiento volvía a comenzar, con las mismas obligaciones y los mismos cuatrocientos cincuenta mil francos en el centro de la contienda.
La crónica consigna que Orleans confirmó finalmente el fallo de primera instancia. Los cinco años subsistían; el recibo no volvió a alzarse como prueba victoriosa. Al cabo de tantos testigos, balances y recursos, aquel pliego conservaba su singularidad: la firma era auténtica, y el pago que parecía atestiguar había sido judicialmente descartado. Banès había debido litigar durante meses para arrebatar a las palabras lo que afirmaba no haber recibido jamás en dinero contante. Una fortuna entera descansaba sobre unos pocos renglones. Hizo falta el concurso de varios tribunales para deshacerlos.
