El prisionero no preguntó si habían dado con sus tierras. Preguntó si el hombre a quien había enviado a administrarlas era feliz en su matrimonio. En el hospital del presidio de Rochefort, Anthelme Collet acababa de reencontrar un asunto sobre el cual aún le asistía la autoridad para discurrir: la dicha ajena, de la que gustaba proclamarse artífice. Faltarían tal vez las heredades; la boda, en cambio, se había celebrado. A sus ojos, pues, algo restaba a favor en el balance de la operación.
La escena nos llega de la pluma de un letrado que estampa su firma con unos puntos tras una inicial, en la Gazette des tribunaux del 6 de julio de 1828. Afirma haber visto a Collet, haberlo observado en el presidio e interrogado en el hospital. El recluso apenas le contestaba hasta que trajeron a colación el nombre de aquel antiguo oficial, trocado en administrador de una fortuna inhallable. Fue entonces, refiere el visitante, cuando sus ojos recobraron el brillo. Se interesó de inmediato por el desenlace del enlace que había auspiciado y sentenció que había hecho la felicidad de muchas almas.
Las tierras que no se encontraban
El militar trabó conocimiento con él durante una de esas etapas en que Collet mudaba de condición como otros se mudan de aposento. Si hemos de prestar crédito al cronista, había ido a hospedarse a casa de un comisario de policía, a quien entregó su propia filiación con un aplomo intachable. El ardid no carecía de ingenio: raras veces se busca con idéntico celo a quien parece haberse puesto por iniciativa propia bajo vigilancia. La cautela de Collet estribaba menos en ocultarse que en volver improcedente la sospecha.
Habló de unas heredades a orillas del Ródano y de un administrador que se había marchado. El antiguo oficial ofreció sus servicios. Collet los aceptó, mas impuso una condición: era preciso desposarse. Una dama a quien el militar ya cortejaba resultaría a pedir de boca; aquella unión, aducía, aportaría una fianza suplementaria al arraigo del futuro intendente. De este modo, la patraña sobre las fincas hallaba sustento en una inclinación sincera. Ya no precisaba suscitar el deseo por entero; le bastaba con señalarle un destino.
En la escena de la partida que la imaginación nos sugiere, el recién casado pliega su carta de crédito con un esmero al que su mujer concede honda importancia. Ese papel alberga su porvenir y no debe sufrir mácula. Han conversado sobre la mansión que habitarán, las visitas que recibirán, los hábitos que por fin podrán adoptar. El soldado vacila sobre el lugar donde custodiar la misiva y termina deslizándola contra su pecho. Ese leve ademán sosiega a su esposa: le parece ver en él el cumplimiento cabal de las obligaciones de su nuevo cargo.
La relación de la Gazette desampara, no obstante, al viajero en pos de las tierras. No consigna el nombre del militar ni el de la dama, omite el acta matrimonial y no sigue los pasos de su acomodo. El regocijo del cronista estriba en esa vana persecución de unos dominios que se desvanecen a medida que se avanza. En el hospital, Collet escoge la otra faz de la historia: dos almas habían contraído nupcias por su mediación. Apartaba del balance aquello que jamás había poseído.
El hombre a quien llamaban Monseñor
A fin de desentrañar el renombre de que gozaba el cautivo, el abogado desenrolla una trayectoria portentosa. Hijo de un carpintero de Bellay y antiguo soldado, Collet se habría transformado sucesivamente en dignatario eclesiástico, inspector, cirujano y lego enseñante. La crónica hilvana tales oficios con una ligereza que les confiere visos de mascarada; no disponemos aquí de los expedientes de nombramiento, justamente porque esas investiduras constituyen el nudo mismo de la impostura referida.
El lance de Niza resulta el más sonado. Aseguran que Collet falsificó una bula, se enfundó una sotana cardenalicia y recibió los honores debidos a un obispo. El pliego le atribuye incluso ordenaciones sacerdotales y el aplauso cosechado con un sermón plagiado a Bourdaloue. En el instante preciso en que los gendarmes acudían a prenderle, les habría impartido la bendición para ganar la calle sin estorbo. Conviene conceder el mérito de tan gallarda salida al propio relato que la consigna: la crónica es muy dueña de erigir un golpe de autoridad en el lance final de una escena de la cual no exhibe prueba alguna.
Lo que la historia desnuda, con todo, no precisa de prodigio alguno. Un hábito impone una manera de hablar; una manera de hablar consigue que a uno lo presenten; esa presentación deviene luego el aval que se brinda al siguiente incauto. El falso prelado no se vería solo en el empeño de sostener su papel. Cuantos le habían dispensado honrosa acogida quedaban comprometidos, por su propio agasajo, en el reconocimiento de su dignidad. Desandar lo andado habría costado a cada cual un ápice de su respetabilidad.
La cena del prefecto
El personaje militar obedece, en el artículo, al idéntico arbitrio. Una orden de servicio fraguada habría permitido a Collet hacerse pasar por inspector general. Examina registros, exige fondos para la instrucción de un ejército y promete condecoraciones. La Gazette refiere sumas desorbitadas, de hasta trescientos mil francos embolsados en Nimes y otros tantos en Montpellier. Semejantes guarismos pertenecen a la relación periodística; a falta de libros contables cotejados, su brillo no puede tenerse por comprobación fehaciente.
El prefecto de Montpellier recibe también una promesa lisonjera. Poco después, el pretendido inspector cae preso. El asunto bien pudo fenecer allí; mas, en la versión del letrado, el afán por deleitar a los convidados le procura una escapatoria. Hacen comparecer al reo durante una cena para exhibir al bribón que ha burlado a medio mundo. En espera de su turno de entrada, aguarda en una antesala, tras una puerta custodiada por dos gendarmes.
Allí encuentra una indumentaria de cocinero. Collet se la viste, coge un par de bandejas y cruza la estancia con el ademán atareado de un sirviente. Los comensales que se disponían a mofarse de su descaro le brindan, sin sospecharlo, ocasión de ofrecer una nueva muestra del mismo. La escena reside en un trueque de apariencias: se espera la llegada de un farsante para su escarnio y se abre paso al criado que faena. Cuando el verdadero mozo busca sus pertrechos, los invitados comprenden que su espectáculo ha tomado las de Villadiego.
Seguimos aquí la anécdota tal como la dispone la Gazette, sin aderezarla con réplicas prefecturales ni cédulas de autenticidad. Cuenta el texto que, tras esta evasión, Collet se habría aposentado a escasos pasos de quien le perseguía. Semejante cercanía remata la lección jocosa: el poder tiende la mirada a lo lejos para apresar a un hombre que había aprendido el arte de anidar bajo sus mismísimas narices. El lector ríe al unísono con el cronista; aquellos que le confiaron caudales tuvieron sin duda menos humor para celebrar el desenlace.
Un papel que ya no redime
La crónica sitúa en Le Mans el término judicial de esta andadura y da cuenta de una condena a trabajos forzados por falsedad. Menciona el año de 1819, al tiempo que insiste en que han transcurrido ya ocho años de encierro; las fechas no casan con exactitud con su salida a la luz en 1828. Nos atenemos al hecho de que presenta por entonces a Collet como un presidiario recluido en Rochefort, al que le restan, a su juicio, doce años de condena. Su historial de lances va a morir a un confín del cual el recluso ya no puede escapar mudando de casaca.
El jurista le atribuye un alegato prolijamente trabado. Collet habría argüido que jamás derramó sangre, ni asaltó a caminante alguno, ni forzó cerrojo para asegurar su sustento. Levantaba en derredor de sus actos el inventario de los delitos que se había abstenido de perpetrar. Cabía todavía exhibirse como varón de escrúpulos en mitad de un procesamiento por falsedad: las propias víctimas habían franqueado sus cancelas, y tal circunstancia casi parecía jugar en demérito de ellas.
En el presidio, esa sutileza no le devolvía un ápice de libertad. El visitante lo retrata primero apartado de las faenas por pura cautela, y solicitando luego sumarse a ellas para gozar de los modestos alivios que aparejaban. El hombre a quien la crónica concedía la gracia de hacer saltar los cofres se veía reducido a mendigar plaza en una cuadrilla vigilada. Conservaba, según el mismo testigo, ademanes circunspectos y un manifiesto desdén hacia algunos de sus compañeros de condena.
La entrevista en el hospital devuelve, al cabo, el relato a una sola voz. El antiguo administrador ya no se halla presente para revelar qué halló al término de su viaje. Su esposa no puede responder a la pregunta sobre su felicidad. Collet usurpa de nuevo su lugar, decidiendo qué conviene rescatar del olvido. No ha reconquistado la puerta de salida, pero aún pugna por adueñarse de la posteridad del relato.
En nuestro último cuadro imaginado, el visitante cierra el cartapacio. Había inquirido al preso por la suerte de un embaucado; se marcha con una sentencia ingeniosa sobre un matrimonio bien avenido. Antes de desamparar la sala, repasa una vez más sus notas y deja un blanco tras el término «administrador». Es el hueco reservado a la respuesta que ninguno de los dos hombres allí presentes podía ofrecer.
