El tío Malandin consideraba la pena desmedida. Un año de prisión por una vaca que, a fin de cuentas, había sanado: expuesto de tal guisa, su caso aún podía antojarse el de un hombre provechoso cuyos desvelos habían recibido una recompensa harto mezquina. Había interpuesto, por tanto, recurso de apelación. Ante la corte de Ruan, aquel 27 de enero de 1832, acudía a solicitar que se revisara el precio en que los primeros jueces habían tasado su destreza para aliviar a las bestias y a sus amos.
El estipendio que él mismo había exigido resultaba menos fácil de aprehender. No vendía la salud con arreglo a una tarifa a la vista de todos; se encomendaba, según se decía, a la generosidad de los socorridos. Tal proceder entraña ciertos primores que escapan al comercio ordinario: el parroquiano ignora con precisión lo que adeuda, y quien aguarda el pago puede seguir teniéndose por benefactor. Alrededor de cuarenta sueldos habían pasado de la granja a las manos del sanador. Entre esa módica suma y los doce meses de reclusión mediaba toda una historia de confianza.
Lo que valía una vaca
En la cocina donde nos representamos a la campesina contando sus monedas, el animal doliente ocupaba más espacio que las personas allí congregadas. Podía hablarse del tiempo, de una labor por concluir, de la visita de un vecino; mas siempre se volvía a ella, a lo que había comido, al cariz de su leche, a lo que convendría hacer si no salía de aquella postración. La enfermedad de una bestia jamás atañe únicamente al ganado cuando la leche forma parte de los caudales de la casa.
Una pieza fue retirada del montón y luego vuelta a dejar. La mujer habría deseado saber qué podía bastar para dejar satisfecho a Malandin sin hacer ostentación de un desahogo del que carecía. Su compañero apenas la socorría. Con mayor presteza se opina sobre los gastos que hacen otros que sobre aquel que aguarda delante de uno, ya dispuesto, con un hombre plantado junto al quicio. El sanador no tenía por qué mostrarse impaciente. Gozaba de una ventaja ante la cual los dueños de la heredad eran vulnerables: parecía saber.
La Gazette lo describe como un pastor mudado en oficiante de las fuerzas invisibles. Por toda biblioteca, le atribuye un librillo, el Grimorio del papa Honorio, al que el cronista asigna festivamente las más varias virtudes. Malandin, por tanto, no ofrecía tan sólo un tratamiento; tras su persona asomaba todo un orbe de explicaciones donde los infortunios hallaban una voluntad que los urdía, y donde aquel que sabía reconocer tal voluntad ya había recorrido la mitad de la senda hacia el remedio.
Había tropezado con la vaca en el curso de una ronda. Su primera advertencia versó sobre la leche: aquella bestia, anunció a los propietarios, no debía de darla buena. He ahí unas palabras que parecerían poco persuasivas a quien goza de una cabaña boyante; dirigidas a gentes ya afligidas, adquieren al punto el viso de una revelación. Se deja de inquirir el nombre del recién llegado. Se quiere saber qué conviene hacer.
El periódico llega a sostener que Malandin había administrado de su propia mano una droga al animal antes de comparecer para brindar sus auxilios. Describe a renglón seguido una leche tornada azul. Semejante acusación, consignada sin que tengamos a mano los autos de la causa, confiere a la visita un tinte harto sombrío: la desdicha que el curandero pretendía atajar habría sido preparada por sus mismos afanes. Mas los dueños, teniéndolo delante, veían ante todo a un hombre que les prometía un desenlace favorable. Ellos tenían una urgencia; él poseía una respuesta.
La cuenta de nueve
La primera operación resultó prolija. Se precisaron hojas de boj, agua bendita, granos de trigo, sal y cuerda nueva. Nueve elementos de cada clase, a decir de la crónica. El cómputo reaparecía con una fijeza que consentía a cada cual vigilar al menos una parte de la faena. Una familia incapaz de juzgar la eficacia de un remedio podía cerciorarse de que los granos se hubiesen contado como es debido.
En torno a la res, los ires y venires daban quehacer a la zozobra. Uno buscaba lo que se acababa de requerir; otro sujetaba al animal; un tercero recordaba un pertrecho olvidado. En la escena que recreamos, la patrona interrumpió un instante su carrera para contemplar a Malandin rodeando la res en sentido inverso. Había temido su desamparo; asistía ahora a un hecho palpable. Esa diferencia basta a veces para hacer tolerable la espera.
La faena continuó en el interior de la vivienda. Se puso nata a hervir; un tenedor se hundió en ella, salió y volvió a entrar. Los ademanes revestían la gravedad que les prestaba el silencio de los circundantes. El forastero concluyó, dispuso su marcha, dejó tras de sí los cacharros por fregar y aquella obligación inédita: aguardar los efectos de una obra a la que se acababa de concurrir. Tras haber colaborado en urdir un ensalmo, se anhela con mayor vehemencia su buen suceso.
No tuvo éxito. Al menos la vaca distaba de hallarse sana cuando Malandin reapareció, días después. El hombre bien pudo recelar de aquel regreso; la relación de la prensa le atribuye, por el contrario, una salida de antemano urdida. Había visto en sueños a un transeúnte con un pie calzado y el otro desnudo. Tal discordancia, en el dominio de sus agüeros, le anunciaba que la sanación no se había obrado.
De suerte que el yerro se transformaba en nueva probanza de su ciencia. Los propietarios no tenían por qué enterarlo de lo que acababan de padecer; él lo sabía con antelación, por una vía vedada a ellos. El desengaño ya no podía esgrimirse como un reparo a su pericia. Lo había hecho suyo y le servía de pretexto para proponer una segunda intervención.
El remedio olvidado
Esta vez reclamó incienso, un cirio y un crucifijo. El ceremonial se reanudó, aún más aparatoso. La crónica lo entrevera con actos pertenecientes a la cura corporal: una sangría recomendada y, acto seguido, brebajes a base de almidón. La Gazette atribuye a estos últimos la convalecencia del ganado. Es la explicación que ofrece; el suelto no constituye un dictamen veterinario ni la relación cabal de los remedios administrados a la res.
Para los colonos de la granja, la mudanza saltaba a la vista. El animal iba a mejor. Quedaba dar las gracias a aquel que se había presentado cuando ya no sabían a qué santo encomendarse. El dinero abandonó la mesa y Malandin pudo emprender el camino de vuelta con ese beneplácito que un cliente satisfecho otorga de buen grado a quien juzga dueño de un saber consumado. Si un vecino venía luego preguntando qué había acontecido, no faltaría historia que referirle.
La nombradía de la cura corrió tanto que llegó a oídos del procurador del Rey en El Havre. Aquel triunfo señaló el principio de las desventuras del curandero. En la granja se hablaba de una vaca restituida a sus dueños; ante la justicia, convenía esclarecer de qué suerte se habían embolsado los caudales. Los mismos misterios que habían sobrecogido a los testigos pasaban ahora por ardides de una estafa. La curación postrera no bastaba para disculpar cuanto la había precedido.
Se dictó condena de un año de prisión. Malandin solicitó su revisión; la corte confirmó la sentencia. El breve artículo nos desampara en este fallo, sin acompañarnos a la salida del presidio ni revelarnos la suerte que cupo al libro del ensalmador. Su tráfico, en esta ocasión, se topaba con un valladar que ninguna nueva operación lograría quebrantar.
En la alquería que hemos recreado, la vida se reanudaba empero alrededor de la res restablecida. La mujer recogía la vasija que le había servido para la nata. Debía desde entonces conciliar dos memorias mal avenidas: el alivio indiscutible de haber recobrado a su vaca y el pensamiento de haber remunerado a un hombre condenado por embaucador. Podía reír con los convecinos de las habladurías del tribunal. Mas a solas frente a sus dineros, sabía bien que el miedo había inclinado la balanza, y que quienes nada tuvieron que perder la habían juzgado harto a la ligera.
