El hombre que redactaba el atestado se detuvo a mitad de una línea. Había oído la puerta, luego unos pasos; nada en ello que debiera interrumpir una declaración, pues una casa donde acababan de reunirse las autoridades de una aldea no era un monasterio. Aguardaba únicamente que le confirmasen un nombre. ¿Debía escribir Léger, como venía diciéndose desde la llegada del postulante, o Spadoni, como correspondía designar en adelante al encausado? Ambos nombres ya no podían servir al mismo hombre. Éste, sin embargo, acababa de hallar una tercera manera de comparecer: ausente.
El redactor alzó los ojos, con la pluma suspendida sobre el papel, mientras el guarda de campo regresaba solo. En aquel minuto, el asunto cambiaba de cariz. Un certificado falso había llevado a las autoridades a practicar una detención; el acta verdadera iba a recordarles que no bastaba con asentar por escrito que un individuo se hallaba preso para tenerlo sujeto. Toda la destreza del fugitivo residía en ese intervalo, entre el hecho consumado y el hecho consignado.
El paraje era Racquinghem, en el Paso de Calais. El falso religioso se había presentado allí en junio de 1831. Rondaba la treintena, de cabello y cejas negros; su levita, su pantalón, su chaleco y su corbata guardaban con notable constancia el mismo color. Semejante indumentaria nada probaba, mas podía eximir a una mirada apresurada de inquirir más. El hombre postulaba para la abadía de Le Gard. Decía llamarse fray Léger, y tal condición, llevada de puerta en puerta, le franqueaba las casas antes de que nadie hubiese pensado en abrir su expediente.
El enfermo al pie de la plana
Su más fiel compañero de camino era un pergamino. Hallábanse en él, según el suelto de prensa que nos ha conservado la peripecia, las firmas y los sellos de los obispos de Amiens, de Arrás y de Cambrai. Tres autoridades aunadas para responder de un solo solicitante: sobraba allí motivo para infundir aplomo a quien pedía y sosiego a quien daba. La mano podía buscar la faltriquera sin que la conciencia tuviese la impresión de obrar a la ligera.
Subsistía, no obstante, una dificultad. Algún bienhechor tal vez conociese al postulante habitual de la abadía, un hermano Olimpiada cuya existencia amenazaba con tornar engorroso al recién llegado. El documento preveía semejante tropiezo. Una posdata advertía que Olimpiada se hallaba enfermo y que Léger le suplía. La objeción mudábase así en recomendación: si se reconocía el nombre del verdadero religioso, tal conocimiento parecía abonar el papel que lo apartaba provisionalmente. La cautela era mínima; su alcance, inmenso.
Desplegado el pergamino, Léger podía aguardar. El donante recorría las líneas, se detenía en los nombres que le eran familiares, volvía a veces la vista hacia el visitante; éste le consentía el deleite de cerciorarse de su buena obra. Luego el documento se doblaba, una bolsa se abría. El demandante reanudaba la marcha con su salvoconducto intacto, listo para otra morada. Nada en él se gastaba, salvo los pliegues. Una misma recomendación podía servir así para granjearse caudales de confianza, con tal de que las personas a quienes se exhibía no se cruzasen demasiado pronto.
Preciso es considerar también lo que seguía a su partida. Para quien había otorgado una limosna, el trance solía resolverse en un recuerdo de íntima satisfacción, sucedido luego por una vacilación de la que no se hablaba. Asegura el periódico que más de un incauto prefería no vanagloriarse de su desventura. Tal discreción constituía otra renta para el falso lego: el pudor de los burlados trabajaba para guardarle expeditos los caminos. Él se llevaba el dinero; dejaba tras de sí el cuidado de buscar excusas.
Una pregunta de más
En Racquinghem, el cura ecónomo examinó al forastero y su legajo. Fray Léger aguardaba el desenlace acostumbrado: unas palabras benevolentes, la restitución del papel, acaso un óbolo. Mas el sacerdote proseguía la lectura. Su dedo regresó al nombre de Olimpiada. Exigió una precisión, luego otra, y la posdata, que hasta entonces había excusado al pedigüeño de prolijas razones, ya nada remediaba. El tono no perdía la compostura. Spadoni contemplaba su documento en manos de aquel clérigo que no daba muestra alguna de prisa por devolverlo.
Semejante escena encierra una lentitud singular. El peticionario ha presentado su escrito para abreviar explicaciones, y he aquí que el escrito las multiplica. Lo que debía hablar en su lugar se le revuelve en forma de preguntas. Precisa ahora sostener con su propia voz la autoridad que había tomado en préstamo a tres prelados. Afuera, la aldea sigue su curso; para él, todo se estrecha en torno a unas cuantas líneas.
Fueron convocadas las autoridades. Fray Léger confesó su impostura. Se llamaba Jean Spadoni, había nacido en Italia, ejercía el oficio de buhonero y tenía su domicilio en Écourt-Saint-Quentin, en el partido de Arrás, donde había contraído matrimonio. El marchante poseía, pues, una vida que el supuesto fraile recubría sin abolirla. A medida que se asentaban los datos, tornaba a ser un hombre al que se podía ubicar, buscar en su morada, hacer reconocer por sus convecinos. El falso lego había viajado al amparo de nombres imponentes y remotos; Jean Spadoni debía responder ahora de su propio nombre. Cada pormenor lo aproximaba al estrado judicial.
Restaba redactar el atestado. Durante dicha diligencia, el reo fue confiado a la custodia del guarda de campo, un anciano de ochenta y tres años apellidado Vidoc. La casualidad del patronímico haría más tarde las delicias de la gaceta. La comisión que se le encomendaba era de menor donaire: vigilar a solas a un hombre mucho más joven, desenmascarado, amenazado de proceso y capaz de medir en un instante las probabilidades que le brindaría una carrera. Huelga mofarse del carcelero para comprender el cálculo del preso.
Basta una puerta
Spadoni solicitó satisfacer una necesidad corporal. Fracasada la autoridad, recurría a la urbanidad. Ya no imploraba una limosna en nombre de un monasterio, sino un permiso común, de esos que un hombre concede a otro sin figurarse que le entrega el campo raso.
Abrióse la puerta; Spadoni puso pies en polvorosa. El guarda acudió a mirar qué rumbo había tomado, sin arriesgarse a darle caza. Hubo de desandar el paso hacia quienes redactaban, cruzar de nuevo aquel umbral que el detenido acababa de franquear con tamaña ventaja y hacerse oír por hombres absortos en asentar el hallazgo de la falsedad. La primera mirada se dirigió a su espalda. Se aguardaba una explicación. Todo cuanto se había descubierto a fuerza de pesquisas acababa de esfumarse en lo que dura una partida.
El redactor releyó lo que ya había consignado en el pliego. El estado civil constaba allí, el nombre falso, la añagaza; la declaración parecía en regla. Restaba únicamente añadir lo que acababa de acontecer, y ese añadido lo trastocaba todo. El guarda hubo de reiterar cómo el prisionero le había pedido licencia para salir. La pluma reanudó el trazo, se detuvo, tornó a correr. En la estancia donde todos habían saboreado la satisfacción de confundir a un estafador, buscábase ahora quién habría de responder por él.
La gendarmería buscó a Spadoni sin dar con su paradero, al menos hasta las noticias impresas el 2 de febrero de 1832. Emplazado para la vista del 12 de enero ante el tribunal correccional de Saint-Omer, no compareció. Fue condenado en rebeldía a dos años de prisión por la tentativa de estafa mediante un certificado a sabiendas de su falsedad. La condena tenía, pues, un término preciso, mientras que la ausencia del condenado permanecía sin límite conocido. La corte había tasado lo que Spadoni adeudaba a la justicia. Faltaba echar mano al hombre que hurtaba el cuerpo al pago.
El gacetillero, por su parte, había redondeado la conclusión por otros fueros. Atribuía al viejo guarda un equívoco donaire sobre aquel fraile decididamente tan liviano y ligero, sin dejar de advertir con prudencia que no salía fiador del chascarrillo. Tal reserva es digna de sobrevivir a la agudeza. Acaso Vidoc no hubiese despegado los labios; acaso debieron, ante todo, preguntarle por qué lo habían dejado solo. En el menudo tablado de la crónica de tribunales, el prófugo conservaba las piernas y el sayón recibía la réplica.
En cuanto a los donantes, se desvanecen casi por entero del artículo. Su peculio, su confianza, el recelo que en adelante acompañaría a una visita legítima no deparaban pie para una fórmula tan feliz. Y, sin embargo, en su cancela había comenzado esta historia, y allí deja una huella perdurable: el próximo postulante, provisto esta vez de un certificado auténtico, hallaría acaso una mano menos dispuesta. Spadoni se había llevado consigo mucho más que unas cuantas monedas.
