Los golpes resonaron en la escalera como si una tropa armada ascendiera ya por ella. Eso era, al menos, lo que Ourliac pretendía hacer creer. Golpeaba los peldaños con una carabina; después, plantándose ante los prisioneros, los encañonó. Más allá, la salida acababa de abrirse; tres reclusos habían huido, el carcelero yacía herido de muerte y su nieto había sido asesinado. El hombre que contenía a los demás era, él mismo, un preso.
Había que resistir hasta la llegada de los refuerzos. El estruendo había anunciado una fuerza que aún no se hallaba presente; la carabina debía dotar a dicho anuncio de la verosimilitud suficiente para frenar un nuevo ímpetu hacia la libertad. Ourliac no contaba más que con su sola presencia, con el arma y con la vacilación que había logrado infundir. Otro preso se había inclinado sobre el carcelero. En aquella cárcel de Castelsarrasin, dos hombres a los que se mantenía bajo llave intentaban salvar aquello que uno de sus compañeros acababa de destruir.
La luz del niño
El carcelero se llamaba Dutronc. Tenía sesenta años y la reputación de tratar a los reclusos con una benevolencia de la que varios, tras cumplir su condena, aún daban testimonio. Este favorable juicio, consignado por la Gazette, adquiere en el caso un relieve singular. La prisión no constituía para él un simple puesto al que acudir a hora fija: su hija, de diecisiete o dieciocho años, también vivía allí. Su nieto acudía al anochecer para ayudarlo en la ronda. La vida de esta familia transcurría al otro lado de las mismísimas puertas que encerraban a los cautivos.
El 5 de diciembre, los presos habían obtenido autorización para cenar juntos. Dos recién llegados costeaban el festín. Un permiso concedido, varios hombres reunidos, la visita del carcelero que debía luego conducir a uno de ellos a otra estancia: nada, en aquella sucesión de hechos, invitaba aún a sospechar una emboscada. Dutronc conocía las costumbres de su casa. Llevó consigo al niño, quien sostenía una lumbre.
El nieto debió de avanzar con esa seriedad aplicada que los niños entregan con agrado a las tareas de los adultos cuando se les confía una parte de ellas. Mantener la vela erguida, no estorbar el paso, aguardar a que el abuelo abriera: unos pocos ademanes bastaban para asignarle un lugar en la ronda. Imaginamos estos gestos porque la crónica no nos ha transmitido su nombre ni su edad; únicamente nos ha legado la luz que sostenía y el hecho de que acompañaba a Dutronc cada noche.
Hacia las ocho, la puerta de la sala común se entreabrió. Laforgue, apodado Baraquet, se abalanzó sobre el carcelero y lo derribó. Se hallaba recluido bajo acusación de robo. La puerta que Dutronc acudía a franquear para concluir el servicio vespertino se convertía, a ojos del agresor, en el umbral de su evasión.
Baraquet acometió al anciano con un cuchillo. El niño pidió auxilio e intentó escapar; fue alcanzado a su vez y muerto en el acto. Dutronc había dejado abiertas las puertas tras de sí. El atacante arrebató la llave del acceso principal y se precipitó escaleras abajo. Para ganar la calle ya no necesitaba forzar cerraduras: le bastaba apartar a las personas que se cruzaran en su camino.
Aquellos que se hallaban ante él
La hija de Dutronc había oído los alaridos. Corrió hacia el origen del estruendo y se topó de frente con Baraquet, todavía armado. Retrocedió, pero regresó sobre sus pasos para cerrarle el paso. Él la atenazó y la arrojó sobre una mesa. La muchacha logró deslizarse con presteza bajo una cama contigua.
En aquel angosto refugio, el suelo sustituía de improviso la escalera por la que acababa de lanzarse. Ya no podía auxiliar a su padre corriendo hacia él; debía dejar pasar a quien acababa de atacarla. Es fácil figurarse el fragor de los pasos a escasos palmos, la respiración contenida, el borde del lecho que apenas ocultaba su cuerpo. La gaceta no consigna sus pensamientos. Su acción basta: había intentado resistir y luego halló el modo de sobrevivir. Permaneció en el interior de la vivienda mientras Baraquet ganaba la cancela.
En el exterior, Fernando, tambor de la milicia nacional, también había percibido los clamores. Golpeaba la puerta en el preciso instante en que el prófugo se disponía a abrirla. Ambos pugnaban por franquear el mismo quicio en sentidos opuestos: el uno para socorrer, el otro para huir del recinto. Fernando intentó contener a Baraquet. Recibió dos heridas de extrema gravedad. Una mujer que presenció la agresión dio la voz de alarma.
Tres presos lograron salir. Los demás habrían podido seguirlos. Fue entonces cuando Ourliac hizo repiquetear los peldaños con su carabina y les cerró el paso, al tiempo que un segundo recluso intentaba prestar socorro a Dutronc. Cuando el procurador del rey, el juez de instrucción y los gendarmes hicieron su entrada, hallaron una prisión que aquellos dos reclusos habían mantenido en pie en la medida de sus fuerzas. Su intervención no devolvió la vida al niño ni salvó al carcelero. Pero impidió que el desastre se propagara.
Ventanas para iluminar la cacería
Castelsarrasin no disponía por aquel entonces de alumbrado público. La persecución se adentró en aquella penumbra, mediante patrullas organizadas a toda prisa, requisitorias despachadas a los municipios limítrofes y la milicia nacional en armas. Los vecinos colocaron luminarias en sus ventanas. Aquello que solía hacerse en noches festivas para manifestar el júbilo de la villa sirvió esta vez para hacer visible su espanto.
De una casa a otra, cada débil resplandor desvelaba un tramo de callejuela, una esquina umbría, la silueta de un hombre presuroso. Todo lo demás quedaba sumido en la sombra. Para los rastreadores, la zozobra nacía de lo que aún no lograban divisar; para quienes atisbaban tras los cristales, del temor a reconocer demasiado tarde a quien cruzara por delante. La noticia había traspasado los muros de la prisión. Penetraba ahora en cada hogar.
En Lavit, donde residía Baraquet, corría la voz de que pretendía vengarse de varios parientes. La amenaza circulaba como un rumor insidioso y ya se obraba bajo su influjo. Varios milicianos nacionales tuvieron noticia de que se habría refugiado en casa de su cuñado. A la noche siguiente acudieron a aporrear aquella puerta.
Despertado bruscamente, el cuñado creyó que Baraquet venía a degollarlo. Lejos de acudir al encuentro de quienes habrían podido disipar su error, saltó por una ventana. Los guardias vieron una fuga e identificaron de inmediato al prófugo que buscaban. Abrieron fuego.
La descarga no le alcanzó. Se agazapó en una zanja, hacia donde los guardias avanzaron con las bayonetas caladas. Hubo de mediar un torrente de súplicas para que reconocieran su yerro. Un hombre había huido creyendo asistir al regreso del asesino; otros habían disparado creyendo ver la estela de su evasión. El miedo había suministrado a unos y otros una certeza tan fulgurante que a punto estuvo de cobrarse una nueva víctima.
El retorno de Baraquet
Uno de los evadidos fue recapturado en Castelsarrasin la misma noche del crimen. Baraquet cayó cuatro días después en manos de la milicia nacional de Dunes. A su regreso, el gentío se agolpaba en las calles y a lo largo de los caminos. Podían por fin contemplarlo bajo escolta; el terror, con todo, no se había disipado. La captura ponía término a su carrera, mas a nadie restituía aquellas horas en que se temía hallarlo apostado tras cada puerta.
El tercer fugitivo, Richard, de diecisiete años, continuaba en paradero desconocido cuando el periódico imprimió su relación de los hechos el 2 de febrero de 1832. La instrucción sumarial debía asimismo determinar si otros reclusos habían participado en un plan concertado de asesinato y fuga. Las revelaciones y confesiones hacían verosímil tal premeditación; no autorizaban, sin embargo, a convertir indistintamente a todos los prisioneros en cómplices. Ourliac y el hombre que permaneció junto a Dutronc habían demostrado con creces, en los hechos, cuán distinta podía ser su conducta.
Se levantó un plano de la prisión. Era preciso restituir la posición de los hombres, las puertas, los escenarios precisos de cada agresión. Sobre el papel, la escalera volvía a dibujarse como una serie geométrica de peldaños. La mesa, el lecho, la cancela recobraban su disposición exacta. Para la hija de Dutronc, aquellos enseres poseían otra medida: entre la mesa y la cama se abría el exiguo espacio que le había permitido conservar la vida.
Baraquet, una vez preso, encomiaba la mansedumbre del carcelero y achacaba su crimen a los malos consejos recibidos. La crónica judicial no consigna su condena. Lo abandona en su celda, confrontado a sus actos y a un sumario aún en curso. La hija de Dutronc, Ourliac y las familias de la villa no podían aguardar a la sentencia para aprender a convivir con la memoria de aquella noche.
El cuchillo, según se supo al final, había sido prestado a Baraquet por el propio Dutronc. La bondad del carcelero había dejado honda huella en los hombres a los que custodiaba. Aquella velada halló dos respuestas antagónicas en el mismo penal: uno se sirvió de ella para asestar un golpe mortal; otros dos se quedaron para socorrer y guardar la puerta.
