Había motivos sobrados para mover a risa a un jurisconsulto en el encabezamiento de aquel pliego: sus redactores habían fundido en una sola entidad el Comité de legislación y el Tribunal de casación. Semejante disparate, no obstante, no impidió que el documento franquease las puertas de una prisión. El alcaide reconoció la apariencia formal de una orden antes de detenerse a sopesar su verosimilitud. Sébastien Boitel ganó la calle; aquellos que habían fabricado su libertad estaban a punto de pagar con la propia.
Entre ellos figuraba César Herbaux, antiguo sargento mayor de los cazadores de Vandamme. La sentencia reproducida en las Memorias de Vidocq le impone veinte años. Poseía entre rejas un saber de lo más peligroso: el arte de conferir a una simple cuartilla el aspecto de un mandato de obligado cumplimiento para un carcelero. En un presidio cabe arremeter contra los muros, violentar los cerrojos o embaucar a quien custodia las llaves. Herbaux había tomado esta tercera senda, en la que la pluma sustituía a las herramientas de hierro.
Una orden para Boitel
Boitel permanecía recluido en la Tour Pierre, en Lille. El documento apócrifo que propició su excarcelación ostentaba fecha parisina, firmas de diversas autoridades y un visado que pretendía emanar del representante Talot. La pieza reunía, por consiguiente, todos los elementos precisos para trazar un cauce administrativo verosímil: un poder superior la habría dispuesto, un representante la habría tramitado y al alcaide no le restaría sino darle cumplimiento.
Cuando la instrucción policial reconstruyó aquel itinerario, no halló rastro de las decisiones aducidas. Ni el decreto ni el visado guardaban relación con la verdad. El título mismo del pliego delataba una ignorancia supina de la jerarquía institucional. Los falsificadores habían imitado el formulismo burocrático lo bastante bien como para surtir efecto inmediato, mas sin comprender la máquina del Estado lo suficiente para resistir un examen riguroso.
El carcelero, Brice Coquelle, señaló a Eugène Stofflet como portador del documento. Este solía visitar a Herbaux, permanecía junto a él y también cruzaba palabras con Boitel. Stofflet negó tajantemente haber entregado orden alguna. En cuanto la cuartilla dejó de ser una llave para convertirse en pieza de convicción, cada uno de los implicados procuró menguar su concurso en los hechos. El curso del documento degeneró en una sucesión de desmentidos cruzados.
Boitel confesó haber prometido doce luises a cambio de su liberación, de los cuales ya había desembolsado siete. Implicó tanto a Herbaux como a Vidocq en el concierto. El saldo restante debía abonarse íntegramente siempre que pudiera disfrutar de una estancia sosegada en su domicilio. No había aguardado, pues, absolución providencial alguna; a tenor de sus propias confesiones, la libertad se había regateado de celda en celda antes de llegar al guardián revestida de majestad oficial.
Herbaux se escudó en otra línea de defensa. Admitió haber redactado la orden, mas desnuda de firmas y a raíz de un reto formulado por Vidocq. Según él, la hoja había quedado olvidada sobre una mesa, de donde Vidocq la habría tomado para sí. En esta versión de los hechos, el ejercicio caligráfico no habría sido más que un vano pasatiempo, y el uso doloso se habría consumado a posteriori por la voluntad de un tercero. De este modo, la confesión de la autoría material iba acompañada de una maniobra para expurgar la intencionalidad criminal.
El sello bajo el lecho
Las pesquisas no se limitaron al análisis pericial de los trazos. Bajo la pata de una tarima, en una mazmorra de Douai, se halló un sello de bronce desprovisto de mango. La impronta coincidía con exactitud con la estampada en el instrumento falsificado. Vidocq había ocupado dicha celda; la pieza se trocó en indicio capital de las imputaciones deducidas contra él.
Este rechazó toda propiedad sobre el objeto. Alegó que, durante un registro, los celadores habían confundido el movimiento con que intentaba ocultar una lima con una estratagema para escamotear el sello. En sus Memorias, este lance forma parte del alegato con el que pretende desvincularse de la falsificación. Sin embargo, las actuaciones judiciales que el propio texto reproduce dan fe puntual de las sospechas, los testimonios y las pruebas materiales que sustentaron la acusación.
Herbaux se sitúa en la encrucijada de ambas narraciones. En una de ellas confiesa haber empuñado la pluma, pero asegura que jamás pretendió las consecuencias sobrevenidas. En la otra, emanada de la pluma de un Vidocq elevado a cronista de sí mismo, aparece como el individuo que arrastró al abismo a un compañero al descargar sobre él las culpas. Sus miras no coincidían, y el renombre que Vidocq alcanzaría andando el tiempo le otorgaría una preeminencia vedada para siempre a Herbaux: la de publicar su propia verdad, arroparla de explicaciones exculpatorias y rebatir los cargos una vez muertos los demás testigos.
El tribunal penal del departamento del Norte conoció de la causa en Douai. La falsedad fue declarada indubitada; Herbaux y Vidocq resultaron convictos de haberla perpetrado con manifiesta intención de delinquir. Boitel, Stofflet y Grouard fueron absueltos de las imputaciones que pesaban sobre ellos. Semejante disparidad de suertes encendió el despecho de Vidocq: el beneficiario directo de la evasión se marchaba libre de culpa, al tiempo que dos hombres marchaban encadenados hacia presidio.
La sentencia de 7 de nivoso del año V condenó a Herbaux y a Vidocq a ocho años de trabajos forzados en galeras, precedidos de seis horas de exposición a la vergüenza pública. El nombre, el oficio y el móvil de la condena debían exhibirse en una cartela sobre sus cabezas atadas a la picota. Unos trazos mendaces habían abierto una puerta; otros caracteres, los de la providencia judicial, debían ahora hacer patente su delito a los ojos del pueblo.
Noticias de un hijo
Herbaux reaparece páginas más adelante en las Memorias a cuenta de un nuevo proceso, esta vez con la vida en juego. Junto a Armand Saint-Léger, un antiguo marino natural de Bayona, había sido condenado por el asesinato de una mujer en la place Dauphine. Vidocq consigna el ardid empleado para penetrar en la morada: ambos sujetos se habrían presentado pretextando ser portadores de albricias sobre su hijo, a quien afirmaban haber tratado en el ejército.
La estratagema apelaba a un afecto incomparablemente más íntimo que el celo de un alcaide ante una orden burocrática. Una madre anhelaba tener nuevas del ausente. A los visitantes no les hacía falta exhibir credencial alguna para ser escuchados; les bastaba con erigirse en emisarios de aquella voz lejana. El texto de Vidocq no se detiene en los pormenores de la instrucción ni en las vistas que concluyeron con el fallo capital. Conserva, tan solo, aquel umbral franqueado mediante engaño y el nombre de los dos reos.
Vidocq supo de la inminente ejecución al escuchar a los buhoneros pregonar la sentencia por las esquinas de París. Acudió presuroso al Palacio de Justicia y aguardó el paso de la carreta. Relata que Herbaux asomó el primero y que en ese instante sus miradas se cruzaron. Aquel cruce de ojos, así como las emociones que lo acompañan en el libro, pertenece al dominio de la evocación subjetiva del narrador; no aporta confesión alguna de boca del ajusticiado.
Herbaux y Saint-Léger fueron conducidos al cadalso en la place de Grève. Vidocq añade haber sabido que, en Bicêtre, Herbaux habría lamentado haber hecho condenar a un inocente. Noticia tan indirecta se pliega con excesiva complacencia a la autodefensa del memorialista para ser tenida por una rehabilitación cabal. Sigue siendo, a fin de cuentas, la palabra referida por aquel a quien más beneficiaba escucharla.
De César Herbaux, dos cancelas quedan fijadas en la memoria transmitida: la de la Tour Pierre, franqueada mediante una orden espuria, y la de una vivienda en la place Dauphine, abierta al reclamo de falsas noticias. Entre ambos umbrales mediaron una sentencia, los hierros y una libertad recíproca cuyos detalles no han llegado hasta nosotros. La última salida, en cambio, no requirió ya de impostura alguna. La orden de ejecución era legítima y la carreta esperaba.
