El crédito de un príncipe
En Núremberg, Gabriel Wolff había descubierto el modo de aparentar mayor fortuna de la que poseía: acudía a pedir prestado en nombre de alguien que no requería presentarse en persona. La carta ostentaba la autoridad del príncipe elector Juan Jorge de Brandeburgo; un sello le confería el peso solemne de un documento oficial. Wolff se hacía pasar por Georg Windtholtz, secretario del soberano en Berlín. La ciudad le adelantó mil quinientos ducados. El príncipe nada había solicitado.
El nombre de aquel falso secretario bien pudo haberse desvanecido junto con el dinero. Reapareció, empero, en un libro donde los nombres ya no servían para obtener crédito alguno: el registro de Franz Schmidt, verdugo de Núremberg. Con fecha del 11 de octubre de 1593, el ejecutor inscribió a Gabriel Wolff entre los condenados sobre los cuales había cumplido sentencia. El hombre de las mil identidades había regresado a su ciudad natal; esta vez, no fue él quien eligió el título con el cual se le recibiría.
Schmidt lo describe como hijo de un burgués de Núremberg y le atribuye asimismo el apodo de Glaser. Enumera después una serie de identidades que semejan un guardarropa: Jacob Führer, Ernst Haller, Joachim Fürmberger. Un nombre bastaba para servir; otro, para obtener una recomendación; otro más, para abrir una bolsa. Se dice que sus andanzas se prolongaron durante veinticuatro años. La cifra procede del balance judicial consignado por el verdugo, pero resulta suficiente para distinguir a Wolff del advenedizo que arriesga una sola misiva: aquello era todo un oficio.
El hombre de las comisiones
Había servido como criado u hombre de confianza de personajes cuyos negocios lo habían puesto en movimiento constante. Semejantes empleos ofrecían un aprendizaje singular. Quien porta una demanda aprende cómo se la recibe; quien retira una suma descubre las formalidades que permiten llevársela consigo. Entre la rúbrica del amo y la mano del deudor, el mensajero disfruta a veces de un intervalo donde nadie vigila sus pasos.
En los Países Bajos, uno de sus amos lo despachó a reclamar una deuda al duque de Parma. Wolff regresó con dos mil coronas y las entregó debidamente. Según la relación conservada por Schmidt, alegó luego no haber recibido la recompensa que esperaba; tomó entonces mil cuatrocientas coronas y partió rumbo a Turquía. Su justificación entrañaba la peligrosa simplicidad de las cuentas que se zanjan por mano propia: se me debe algo, de suerte que tomo lo que considero legítimo. El viaje concedía a esta exacción una distancia insalvable que las reclamaciones difícilmente lograrían acortar.
En Constantinopla murió un hombre llamado Jacob Führer. Wolff se apoderó, siempre según el registro, de sus vestiduras, sus libros, un anillo y su sello personal. Las ropas podían venderse o extraviarse. El sello entrañaba un valor muy distinto: servía para prolongar la existencia social de un hombre que ya no estaba en condiciones de protestar. Con sus efectos y su nombre, el difunto legaba involuntariamente los medios para hacer viajar a un vivo.
El legajo procesal no presenta todas estas empresas como triunfos. En Danzig, Wolff solicitó dos mil ducados a la ciudad en nombre del monarca sueco. La superchería quedó al descubierto y no obtuvo nada. Otra operación, concerniente a un anticipo dinerario concedido por ciertos mercaderes, concluyó con la restitución de los caudales. El impostor tropezaba, pues, con resistencias; solo que tales tropiezos no siempre bastaban para refrenarlo. Una tentativa fallida podía abandonarse con la siguiente partida, mientras que un éxito costeaba el camino venidero.
Hurtos menudos tras nombres ilustres
El brillo prestado por los príncipes no debe ocultar a las víctimas de condición más modesta. En Praga, donde el registro lo sitúa durante algún tiempo al servicio imperial, una mujer le confió dos copas de plata y una faja de cintura a fin de que las vendiese. Se las llevó y las enajenó en otro lugar. Ya no se trataba de engañar a un concejo municipal valiéndose de las armas de un príncipe elector, sino de traicionar la confianza de quien aguardaba el fruto de sus propios bienes.
Un caballero de la Orden de San Juan padeció igualmente la pérdida de un pequeño reloj de plata y de otros efectos; un caballo le fue sustraído. Las sumas oscilan, las víctimas mudan de condición, mas el mecanismo sigue siendo inequívoco: Wolff se granjea un acceso, transforma ese acceso en posesión y pone tierra de por medio antes de que el desfalco sea cabalmente advertido. Sus rimbombantes relatos de misión y sus hurtos vulgares respondían a la misma industria.
Hablaba, escribe Schmidt, unas siete lenguas. Es fácil imaginar semejante don puesto al servicio de una negociación, del pretexto para excusar una tardanza o de la astucia para desentrañar lo que el interlocutor creía saber. El registro, sin embargo, no consigna las conversaciones; anota únicamente los desenlaces. Lo indiscutible en su semblanza es la conjunción de idiomas, nombres y documentos adulterados. Para cruzar los reinos, Wolff no se valía únicamente de sus piernas o de monturas: disponía de personajes.
La elección de Núremberg confería a su última maniobra una singular audacia. Se dirigía a la misma urbe que lo había visto nacer amparado en la autoridad de un príncipe distante. El sello y la epístola tenían por cometido desviar la mirada del hombre hacia el supuesto mandante. Si el crédito procedía de Berlín, resultaba menos urgente escudriñar la vida del emisario. Mil quinientos ducados salieron así de las arcas bajo la apariencia de un vínculo político que jamás existió.
El retorno bajo custodia
Wolff fue prendido en Ratisbona y entregado a Núremberg. El registro no pormenoriza la primera sospecha ni los despachos que permitieron demostrar la falsedad del encargo. Resume la causa una vez fenecida, cuando las autoridades pudieron cotejar el empréstito fraudulento con una larga serie de malversaciones y falsificaciones. Las distancias, que tantas veces habían mantenido incomunicadas a las víctimas, dejaron entonces de separar los hechos: todos convergieron contra el mismo individuo.
La imputación no se limitaba a una firma fingida. Schmidt menciona diversos sellos de magnates que Wolff había mandado falsificar, amén de numerosos manuscritos adulterados. El conjunto reveló a los jueces la dimensión de un designio premeditado. Aquellos nombres otrora destinados a encubrir a su portador se convertían ahora en indicios para identificarlo. Lo que antes había multiplicado sus vidas multiplicaba ahora las pruebas de su presencia.
La sentencia prescribía en primer término una mutilación: debía cortársele la mano derecha. Los preparativos ya estaban dispuestos, consigna el ejecutor, cuando se le conmutó esta parte de la pena. Wolff fue decapitado y su cadáver consumido por el fuego. El término gracia figura en la relación judicial; alude aquí a la atenuación relativa de un castigo cuyo término inexorable sigue siendo la muerte, y no a la posibilidad de reanudar el camino.
El 11 de octubre de 1593 concluyeron en Núremberg aquellos veinticuatro años de andanzas declaradas. El libro de un verdugo retuvo lo que un hombre había consagrado media vida a dispersar: su verdadero nombre, sus falsas identidades y las operaciones que las anudaban entre sí. Los magistrados no solo habían condenado al sujeto que obtuvo mil quinientos ducados; habían reunido en una misma persona al secretario cortesano, al sirviente desleal y al caminante cargado con los despojos de un difunto.
Queda una ironía de la cual Wolff no pudo disfrutar. El sello adulterado de Juan Jorge le granjeó un voto de confianza por parte de la ciudad; el verdadero nombre de Gabriel Wolff le aseguró, sobre todo, una plaza perdurable en el memorial de su verdugo. Tantas formas tuvo de presentarse ante el mundo, pero solo una sobrevivió lo suficiente para conducirnos de vuelta hasta él.
