La prometida que lo había previsto todo
Un hombre escribe a un periódico para consultar si una prometida puede heredar todos los bienes de aquel con quien ha de contraer matrimonio. La pregunta pertenece a esa multitud de pequeñas inquietudes burguesas que las redacciones acogen entre un anuncio comercial y las noticias de vecindad. El autor firma como Alexander Hermsdorf. No existe tal persona. Tras ese nombre se oculta Grete Beier, hija del burgomaestre de Brand, en Sajonia; y tras la consulta jurídica comienza a perfilarse un testamento del cual el verdadero dueño jamás habrá dictado una sola línea.
Grete tiene veintidós años cuando comparece, el 29 de junio de 1908, ante la corte de apelación de Freiberg. El difunto se llamaba Kurt Preßler. Ingeniero en Chemnitz, de treinta y cuatro años, había creído preparar su boda. Ella preparaba su desaparición, y luego la explicación de su desaparición; pues este caso encierra dos crímenes imbricados: suprimir a un hombre y fabricarle una vida que hiciera verosímil su muerte.
Entre ambos se interponía Hans Merker, un joven empleado de comercio conocido en un baile en febrero de 1905. Grete se había comprometido en secreto con él. Al año siguiente entabló relación con Preßler, cuya posición brindaba a una familia respetable perspectivas mucho más halagüeñas que los apuros financieros de Merker. Hubo un compromiso que se rompió y luego se reanudó. De puertas afuera, el decoro recobraba su orden conveniente; por dentro, nada estaba resuelto. Grete continuaba frecuentando al otro hombre, procurándole dinero y prometiéndole un porvenir en cuyo camino se alzaba Preßler como un obstáculo.
Sería cómodo repartir los papeles a partir de este punto: una joven forzada, un seductor tiránico, un prometido inoportuno. El juicio los confundió. Grete acusó a Merker de coaccionarla bajo la amenaza de desvelar un aborto; Merker negó el chantaje y presentó su relación de modo que su propia culpa quedara atenuada. Ante los magistrados, cada cual aportaba una versión donde el otro había ocupado un espacio mayor. Subsistía una certidumbre: la necesidad de dinero ya había empujado a Grete mucho más allá del engaño amoroso.
Una italiana de papel
Una pariente anciana, la señora Kröner, poseía dinero y una cartilla de ahorros. Con el auxilio de una comadrona, Grete se apoderó de ciertos títulos y luego se presentó en el banco bajo el nombre de Erna Kröner para retirar los fondos. A comienzos de mayo de 1907, Merker recibió varios miles de marcos. La fortuna que ella le entregaba tenía dueños legítimos; aquella dificultad, a ojos de la joven, parecía aún subsanable mediante otra firma falsa.
El mismo recurso le sirvió para dotar a Preßler de una esposa italiana. Leonore Veroni enviaba cartas en las que se detallaban un matrimonio secreto, un infortunado parentesco y la amenaza de un escándalo. Mas Leonore no era sino una invención de Grete. La joven redactaba ambas caras de su desdicha venidera: ella sería la prometida engañada, y el muerto, el hombre abrumado por la revelación de una antigua unión. Así, el suicidio no brotaría sin motivo; hallaría sobre la mesa las pruebas de aquello que lo habría provocado.
Esta farsa entrañaba asimismo su interés material. Un testamento falso disponía de los bienes de Preßler en favor de Grete. Al dolor público debía suceder la herencia. Ambos designios se sostenían mutuamente: la esposa italiana justificaba la muerte; el testamento recompensaba a la prometida alemana; bastaba con que nadie exigiese a ambas caligrafías relatar cosa distinta de lo que se les había encomendado decir.
El 13 de mayo de 1907, Grete viajó a Chemnitz. Preßler acudió a recibirla. En su vivienda, él se ocupó del café, de la crema, de esas pequeñas atenciones que colman las horas ordinarias de una visita. Ella le dio a beber un veneno. Cuando el hombre se desplomó, le disparó con un revólver y dispuso los elementos necesarios para inducir a la conclusión de un suicidio. Las cartas y el testamento quedaron en el lugar. Al anochecer, había emprendido el camino de regreso a Freiberg; el crimen yacía ya tras una puerta cerrada, en otra ciudad.
Al día siguiente, una asistenta de la casa, la señora Robel, descubrió el cadáver. El agente que acudió a certificar la defunción encontró el revólver y los documentos. Unas vecinas habían oído una detonación sin sospechar que procediera de la vivienda del ingeniero. Nada había interrumpido a Grete; ahora, todo parecía concurrir en favor de su relato. Un muerto, un arma, una historia de matrimonio encubierto: requería menos imaginación aceptar el suicidio que sospechar de quien debía ser la víctima sentimental.
¿Había conocido el muerto su propia historia?
Preßler fue incinerado el 16 de mayo. La desaparición del cuerpo clausuraba una vía de examen cuya importancia se mediría más tarde. Su madre y su hermano acogieron al principio las explicaciones que se les ofrecían. Grete tomó posesión de enseres procedentes de la vivienda; la existencia truncada del ingeniero empezaba a repartirse entre recuerdos, pertenencias y trámites sucesorios.
Sin embargo, la trama italiana adolecía de un defecto que ni las mejores cartas falsas lograban subsanar: solo existía en aquellas misivas. Una hermana del difunto abrigaba dudas. Un amigo, Herzog, no reconocía a Preßler en semejante biografía sobrevenida. En cuanto al deseo de ser incinerado, invocado tras su muerte, no se correspondía con anhelo alguno que aquel amigo le hubiese oído expresar jamás. Los papeles parecían hablar con escrupulosa precisión; los vivos que habían conocido al hombre no reconocían la voz de este en la de aquellos textos.
La investigación se abrió también por otra vía. Las malversaciones cometidas en perjuicio de la señora Kröner condujeron a Grete a prisión. El desorden de sus asuntos pecuniarios llevó hacia Merker; Merker, a su vez, condujo hacia lo que ella había manifestado sobre la posible suerte de Preßler. El detective Fähndrich averiguó que, antes del fallecimiento, ella ya había sugerido ante su amante que el ingeniero se quitaría la vida. La hipótesis del suicidio dejaba de ser un hallazgo posterior a la tragedia: se revelaba como una solución anunciada con antelación.
Durante su reclusión, Grete continuó escribiendo. Ciertos mensajes llegaron hasta Merker, en particular por mediación de la madre de este. Solicitaba su complicidad, urdía aún relatos alternativos y pretendía hacer desaparecer a otra persona, una tía con intereses en la sucesión de Kröner. En ciertos pormenores de tales proyectos, las declaraciones de ambos habrían de discrepar; las cartas, en cambio, ofrecían a la instrucción una materia más firme que sus acomodaticios recuerdos.
Merker las entregó a la policía. Aquel gesto desbarató la última certeza de Grete: el hombre por quien decía haber obrado podía expresarse ahora con las propias palabras de ella. Su letrado, el doctor Knoll, le comunicó que la correspondencia obraba en poder de los pesquisidores. Tras prolongadas conferencias con él, confesó. El prometido no había sido traicionado por una italiana; había sido asesinado por quien se presentaba como su prometida burlada.
Los que condenan y los que piden clemencia
Una primera sentencia, el 5 de junio de 1908, ya había castigado los delitos patrimoniales. El juicio por asesinato sobrevino a continuación. Grete reconoció el envenenamiento, el disparo, las falsificaciones y su propósito. Los magistrados pudieron ordenar lo que al principio parecía pertenecer a historias diversas: el amante endeudado, la cartilla de una pariente, la corresponsal italiana, el testamento y el revólver.
La vista no resultó por ello más sencilla. Restaba calibrar la premeditación, la responsabilidad, la supuesta influencia de Merker. Este declaró como hombre que tenía mucho que perder si aparentaba hallarse más involucrado en el crimen. Los peritos dictaminaron que el estado de la acusada no permitía eximirla de responsabilidad penal. La defensa buscó en su juventud, en su dependencia afectiva y en el conjunto de su conducta elementos que distinguieran a la autora de un acto atroz del personaje monstruoso que la curiosidad pública ya había comenzado a perfilar.
El jurado declaró culpable a Grete. Acto seguido, ese mismo jurado solicitó por unanimidad que fuera indultada. Entre ambas decisiones radicaba toda la encrucijada que el veredicto no disipaba: admitir el asesinato premeditado no empujaba de manera forzosa a quienes lo habían reconocido a desear la ejecución. Su petición llegó ante el soberano sajón. Fue rechazada.
El 23 de julio de 1908, Grete Beier fue guillotinada en el patio de la prisión de Freiberg. Su madre la había visitado una última vez; su abogado y el capellán la acompañaron hasta las horas postreras. La serenidad que se le atribuyó dio pie aún a controversias. Knoll vio en ello el fruto del auxilio religioso antes que una prueba suplementaria de insensibilidad. Incluso en el cadalso, sus ademanes continuaban siendo interpretados por quienes habían resuelto de antemano lo que habrían de significar.
Preßler, por su parte, a punto estuvo de desaparecer bajo una biografía enteramente ajena a la suya. Sea este acaso el rasgo más singular de la causa: para arrebatarle sus bienes y su vida, Grete había pretendido asimismo apoderarse de su pasado. Unos pocos allegados rehusaron reconocer a su difunto en semejante semblanza. Su reparo parecía en un principio harto endeble frente a un testamento y unas cartas. Devolvió, no obstante, a la investigación su dilema capital: ¿quién había redactado la historia que el mundo entero estaba dando por cierta?
