El señor Tiquet seguía con vida, y tal circunstancia habría debido de constituir la mejor noticia de la velada. No obstante, se convirtió en el preludio de un proceso que conduciría a su esposa a la muerte. Le habían disparado en plena calle; los vecinos habían acudido al tumulto de las detonaciones; el consejero había sobrevivido a las heridas. Quedaba por esclarecer quién había deseado reducirlo a un cadáver, y por qué su primera sospecha apuntaba directamente a su propio hogar.
En el París de 1699, el matrimonio de los Tiquet distaba mucho de ser aquella unión deslumbrante que auguraban las fortunas y las apariencias. Angélique-Nicole Carlier había aportado caudal, ingenio y una belleza sobre la cual los cronistas habrían de explayarse con casi tanta insistencia como sobre el crimen. Claude Tiquet había puesto en juego su condición de consejero en el Parlamento. A juzgar por las crónicas antiguas, cada cual había hallado en el otro una promesa que la vida en común se encargó prontamente de desmentir.
Lo que se divide y lo que perdura
Había descendencia, gastos y acreedores; mediaba asimismo una separación de bienes que permitía salvaguardar el patrimonio sin disolver el matrimonio. Los cónyuges compartían techo, mas su residencia había dejado de ser un espacio de confianza. La crónica que Champagnac publicó en 1833 los describe retirados en aposentos distintos, limitando sus encuentros a las horas del almuerzo y la cena. Esta estampa, fruto de un relato tardío, permite calibrar con bastante exactitud el drama conyugal: es posible hallarse lo bastante cerca para vigilar a alguien y, a la vez, demasiado lejos para dirigirle la palabra.
El nombre de Montgeorge, capitán de guardias, planeaba sobre sus desavenencias. Los autores de la época creyeron ver en él al galán seductor enfrentado al esposo importuno; mas tanta certeza respecto a las inclinaciones íntimas de cada cual merece mayor cautela que el cómputo de sus fechas. Resultaría muy cómodo hacer brotar el crimen de una sola pasión, igual que quien tira de un hilo suelto de un sayo. La causa involucraba asimismo el dinero, el dominio del ámbito doméstico, la servidumbre y la presteza con que una confidencia ajena puede trocarse en arma arrojadiza.
Según la acusación, un primer designio criminal se encomendó a Auguste Cattelain y al portero de la casa. Se les habría entregado o prometido una recompensa dineraria a cambio de dar muerte al consejero. La tentativa no prosperó. Durante cierto tiempo, el secreto permaneció en manos de unos hombres a quienes el éxito habría colmado de oro, pero a quienes el fracaso convertía en una amenaza latente para quien había demandado sus servicios.
La cancela y la llave
En aquella casa, el portero no era un mero sirviente encargado de abrir la cancela: sabía quién acudía, quién aguardaba y a quién convenía franquear la entrada con sigilo. El consejero, recelando que favoreciese encuentros ilícitos, lo puso de patitas en la calle. Refieren las crónicas que a partir de entonces guardó él mismo la llave. La precaución asemeja una victoria, mas revela ante todo la ruina de un hogar donde se cree recobrar la seguridad llevando la cerradura consigo.
Otras tentativas asoman en los legajos, en particular un caldo emponzoñado que un criado habría dejado caer deliberadamente al suelo. El suceso resulta harto teatral; lo conservamos aquí a título de tradición transmitida, sin atribuirle la solidez probatoria de una pieza que hubiésemos cotejado por nuestra mano. Conviene no recargar un sumario criminal tan sólo porque una escena vistosa salga a nuestro encuentro.
Sobrevino luego la agresión de 1699. El magistrado recibió varios impactos; según la crónica, se negó en redondo a que lo condujesen a su morada y suplicó que lo trasladasen a casa de unos vecinos. Se colige sin esfuerzo lo que semejante rechazo debió de significar para la servidumbre apostada en el zaguán: el hogar donde se habría debido curar al herido se transformaba a sus ojos en el epicentro de la amenaza. Esta lectura nos compete a nosotros; el ademán es el que nos ha legado la crónica.
Un secreto de tres años atrás
La sospecha del cónyuge no bastaba, por sí sola, para asentar la culpabilidad de su mujer. Mas Cattelain compareció para declarar que ella le había pagado, unos años antes, a fin de urdir un asesinato. Así, las pesquisas incoadas a raíz de un atentado reciente resucitaron un complot pretérito. Un crimen frustrado, que sus artífices acaso creyeron sepultado por el olvido, cobró nueva vigencia procesal en labios de uno de sus ejecutores.
La encausada no intentó huir. Los memorialistas atribuyen semejante aplomo a su altivez o a su desmedida capacidad de fascinación; poseen una facilidad singular para penetrar en los pensamientos de las mujeres a quienes condenan. Baste señalar aquí que permaneció en su puesto e hizo frente a la justicia. Su permanencia no acreditaba inocencia alguna, del mismo modo que su belleza tampoco era prueba concluyente de dolo.
El punto crucial suele pasar inadvertido en las síntesis del caso: a tenor del relato de Champagnac, el acervo probatorio no bastó para inculparla en la última emboscada; la pena capital se fundó en la maquinación pretérita. La causa no se circunscribe, por ende, a la detención de una dama tras la agresión sufrida por su esposo; versa sobre una antigua voluntad criminal, delatada por un cómplice, que los tribunales juzgaron merecedora de la muerte.
El esposo implora clemencia
En el mes de junio, la sentencia quedó dictada. Madame Tiquet debía perecer decapitada y su portero, en la horca. Para Cattelain se reservaron las galeras. Las responsabilidades, las jerarquías y los suplicios se repartían de un modo muy distinto al que regía en la casona donde se anudaron sus destinos.
Acompañado de sus hijos, el consejero acudió a implorar el perdón para su esposa. Constituye este uno de los giros más desconcertantes del proceso: el hombre que se había proclamado acechado por ella pretendía ahora librarla del patíbulo. Cabe vislumbrar en ello piedad cristiana, conmiseración hacia su prole, el rechazo a un deshonor público indeleble o una mezcla confusa de motivos. No nos corresponde elegir una sola causa para forjarle un corazón transparente. Dio el paso; la gestión no surtió el efecto anhelado.
En torno a este caso particular se alzaba un clamor de miras mucho más vastas acerca de la inmunidad de los maridos y el desenfreno de las esposas. El castigo se erigía en escarmiento público. Desde el instante en que los jueces pretenden devolver la tranquilidad a un estamento entero mediante el suplicio de un solo individuo, el proceso muda de escala: la reo debe responder de su propia causa y, al tiempo, de todos los temores colectivos que en ella se han depositado.
Lo que la multitud retuvo en la memoria
Madame Tiquet subió al cadalso de la plaza de Grève en junio de 1699. Las relaciones de la época reparan minuciosamente en su compostura, en los torpes percances del verdugo al cercenar la cabeza y en la honda consternación de los congregados. Le atribuyen últimas voluntades, muestras de penitencia y una serenidad que cautivaba a los mismos que habían clamado por su castigo. No precisa el lector que reproduzcamos tales postrimerías para sopesar la violencia de semejante desenlace.
Una oración fúnebre, folletos moralizantes y coplas de ciego prolongaron bien pronto la resonancia del caso. La ajusticiada se convirtió sucesivamente en pecadora ejemplar, en heroína trágica y en advertencia solemne para las casadas. El magistrado había sobrevivido; sus vástagos debían seguir adelante; el portero había dejado su vida en el lazo. Mas la memoria popular prefirió atesorar el semblante de Madame Tiquet, cual si esa belleza tan glosada contuviese la clave de lo que el dinero, las nupcias y los tribunales dejaron por siempre irresuelto.
A la postre, no fue una puerta lo que se atrancó sobre el misterio de los Tiquet. Fueron infolios los que se abrieron, empeñándose cada cual en rescatar de ellos la moraleja que previamente había traído consigo.
