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Amores y traiciones · Francia

El primer día del año

Una visita de Año Nuevo termina en un doble asesinato en el seno de la familia Campisiano. En el juicio contra Matraccia, los supervivientes se ven obligados a confrontar a aquel a quien habían abierto las puertas de su hogar.

Una visita de Año Nuevo subía la escalera con excesivo estrépito. En lo alto de aquellos peldaños, en el hogar de los Campisiano, no se aguardaba a amigos expresamente invitados. Gaspard Matraccia llegaba con Lucrecia, la hija mayor de la casa, y dos compatriotas con los que se había topado durante el paseo. Pretendía mostrarles la alcoba destinada a su futuro matrimonio. Aquiles Campisiano se asomó al umbral y dio a entender de inmediato que aquella visita no era bien recibida. Pocos instantes después, su madre y su hermana Diana yacerían muertas; él mismo, herido de gravedad, sobreviviría para relatar cómo una disputa a la entrada devastó a toda una familia.

El suceso acaeció en Marsella el 1 de enero de 1857. Para seguir sus primeros compases contamos, en particular, con una reseña del proceso que recogió en primavera el Telegraph de Terranova. La lejanía de la publicación no debe inducir a error: el periódico transmite una relación coetánea de las audiencias de Aix. Conserva asimismo sus defectos, sus efectos teatrales, los juicios vertidos sobre la conducta de las mujeres y la propensión a teñir el origen italiano con un cariz criminal. Resulta imperativo traspasar ese lenguaje para reencontrar a las personas: un relojero, su esposa, sus hijos, un hombre acogido en su intimidad y, al cabo, una ruptura que nadie logró contener.

Hacía varios años que Campisiano residía en Marsella con su familia. Matraccia, a quien habían conocido tiempo atrás, reanudó el trato con ellos. Trabajaba en espectáculos de destreza y acrobacia; la prensa lo presenta como volatín y bailarín de cuerda. Entre él y Lucrecia brotó una relación. La joven abandonó el hogar paterno para seguirle, regresando más tarde en el mes de diciembre. Se convino un casamiento, y Matraccia fue recibido bajo el techo de los padres mientras se formalizaba la unión. Aquella solución, en apariencia, debió apaciguar la discordia. Sin embargo, no hizo sino reunir en una misma casa a personas cuyos agravios distaban mucho de haberse extinguido.

La madre recriminaba a Matraccia lo sucedido; Diana respaldaba a su madre. La crónica judicial da cuenta de disputas reiteradas y recoge una amenaza de muerte proferida el 31 de diciembre. Este punto revestía una importancia que excedía la crudeza verbal. Durante el proceso, una amenaza previa podía transformar la lectura del ataque acaecido al día siguiente: la acusación ya no apreciaría un repentino arrebato de cólera, sino una intención premeditada. Correspondía a los testimonios esclarecer qué se había dicho, a quién y en qué circunstancias. El cronista, por su parte, debe abstenerse de convertir tales palabras referidas en un cálculo interior cuyas fases pretendiera dominar.

Al día siguiente, Matraccia y Lucrecia pasaron un rato en un establecimiento público y salieron luego a pasear. Fue entonces cuando coincidieron con los dos hombres a quienes invitaron a descubrir la estancia. Es fácil calibrar lo que encerraba semejante gesto: para el visitante, acaso la ostentación de un lugar conquistado; para los moradores, la irrupción de una confianza que les era impuesta. Ninguna de estas hipótesis equivale a una declaración judicial. El hecho capital, en la relación de las audiencias, estriba en la negativa manifestada por Aquiles en cuanto llegó el grupo. Se entabló la riña y Matraccia desenvainó un puñal.

Aquiles fue alcanzado. Sus clamores alertaron a su madre y a Diana, que acudieron prestas para arrancarlo de su agresor. Matraccia se revolvió contra ambas y las hirió de muerte. El expediente conserva de este modo un pormenor que la fascinación por la figura del criminal suele desvanecer con demasiada frecuencia: aquellas dos mujeres no penetraron en la escena para dirimir una rencilla abstracta; intervinieron para socorrer a un hijo y a un hermano herido. Su muerte fue la consecuencia directa de ese acto de auxilio. Matraccia descendió acto seguido la escalera y emprendió la huida. Fue perseguido y detenido. Las heridas de Aquiles, en un principio consideradas letales, no llegaron a costarle la vida.

La instrucción penal no se vio, pues, en la necesidad de buscar largamente a un desconocido. Su labor radicaba en fijar la secuencia de unos hechos presenciados por varios miembros de una misma familia y discernir, en mitad de su dolor, los extremos fácticos que fundamentaban la acusación. La cercanía de los testigos no los tornaba mudos ni estériles; convertía la vista pública en un trance desgarrador. Conocían al hombre sentado frente a ellos. Lucrecia había proyectado su porvenir a su lado. Aquiles arrastraba las secuelas de la acometida. El padre se veía forzado a narrar la pérdida de su mujer y de su hija ante aquel a quien había franqueado las puertas de su morada.

La causa judicial se prolongó durante dos jornadas en Aix. Refiere la prensa que Matraccia interrumpió a Lucrecia cuando esta describía el asesinato y rebatió su testimonio. Ella le replicó señalándolo a la cara como el asesino de su madre y de su hermana. Huelga reproducir al pie de la letra aquel cruce de frases para intuir su virulencia: la mujer que había compartido su vida comparecía para sostener públicamente la acusación, mientras él se afanaba en desacreditar su voz. En reiteradas ocasiones, la sala resonó con invocaciones religiosas entremezcladas con desmentidos. La fe devenía una garantía a la que cada cual recurría en su defensa, sin llegar jamás a suplir el examen de las pruebas materiales.

La declaración del anciano padre se quebró bajo el peso de la emoción. A tenor de la relación impresa, fue preciso retirarlo en brazos tras sufrir un desfallecimiento. Aquiles, colmado de indignación ante las interrupciones del encausado, empuñó una silla e intentó abalanzarse sobre él; lo redujeron a tiempo y lo hicieron abandonar la sala. Estos episodios no son aditamentos novelescos urdidos para animar los debates. Son lances consignados por la prensa coetánea, con la debida cautela que exige su apego al dramatismo. Evidencian, por encima de todo, cuán arduo resulta ceñir el duelo a las formas procesales. La hermana menor llamada al estrado, Rosina, de doce años de edad según la misma crónica, prestó testimonio a su vez sobre cuanto había visto.

El 13 de febrero de 1857, la Audiencia de lo Criminal de Bouches-du-Rhône condenó a Matraccia a la pena de muerte. Su recurso de casación fue desestimado el 5 de marzo; la Gazette des tribunaux deja constancia del fallo en su edición de la jornada siguiente. La petición de clemencia tampoco prosperó. El 21 de marzo, en Marsella, fueron a buscarlo al romper el alba. El abate Richaud le prestó los auxilios espirituales y tradujo al italiano la lectura de la sentencia. El reo solicitó la presencia de un paisano suyo y la de un loro por el que sentía gran afecto. Sendas peticiones le fueron concedidas.

La jaula fue llevada hasta el cadalso, en la plaza Saint-Michel. Este pormenor insólito ha sorteado el paso del tiempo en las crónicas con mayor fortuna que los nombres de Diana y de su madre. Cautiva la atención de inmediato, promete un enigma de orden sentimental y parece infundir una insospechada ternura en la existencia del condenado. Sin embargo, no nos autoriza a inferir la bondad recóndita de un individuo ni la hipocresía de su querencia. Una persona es capaz de profesar apego a un animal y cometer a la vez un doble crimen; semejante contradicción no exige resolverse mediante un giro ingenioso.

Matraccia fue ajusticiado aquella mañana. El relato bien podría clausurarse con su despedida postrera, tal como tantas crónicas se detienen en el último gesto que les brinda un desenlace efectista. Es preciso, no obstante, descender de nuevo la escalera de aquel primero de enero y regresar junto a quienes allí se quedaron. Aquiles había sobrevivido, Lucrecia había testificado, Rosina había evocado la memoria de su madre. Ningún detalle pintoresco del suplicio podía colmar el vacío dejado por las dos ausentes. Con ellas debe clausurarse la narración que dio comienzo con una visita de año nuevo.

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La alcoba prometida

En vísperas de sus desposorios, una joven descubre con amargura que el hombre con quien proyecta unirse convierte cada muestra de acogida en un tiránico derecho de posesión.

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Una saga novelesca sigue los pasos de los supervivientes de la tragedia marsellesa entre estrados judiciales, la vocación musical y un nuevo horizonte en París.

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trilogía

La casa tras la fiesta

Una trilogía relata, a través de tres hermanos ya en su madurez, aquel aciago primero de enero y los destinos irreconciliables que desgajó para siempre.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Se ha consultado la crónica coetánea del proceso publicada por el Telegraph, así como la reseña de la ejecución inserta en la Gazette des tribunaux y la providencia de casación. Las escenas vividas durante la vista oral proceden de la cobertura de la prensa de la época; ningún diálogo añadido se presenta como hecho histórico indiscutible. La procedencia regional exacta de Matraccia, contradictoria según las diversas fuentes, no ha sido precisada. El pormenor del loro no eclipsa en modo alguno el destino de las víctimas.

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