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Justicia y escándalos · Francia

El maleficio y los ahorros

Georgette y Sylvain Thomas: una anciana acusada de traer mala suerte y los niños que presenciaron lo que los adultos pretendían borrar.

Temía recibir una paliza, pero hablaría de todos modos. Ante el tribunal, uno de los nietos de Marie Lebon declaró que diría la verdad, costara lo que costase. El Journal du Lot refiere esta determinación infantil en mitad de la crónica de una vista judicial donde cuatro adultos intentaban explicar cómo una anciana había perecido en el fuego de la chimenea. Los acusados manejaban abundantes términos: accidente, desdicha, superstición. El niño había visto unas manos.

Marie Lebon había trabajado largas décadas al servicio de un viticultor. De aquellos años conservaba unos pocos ahorros: setecientos u ochocientos francos, según la relación judicial de noviembre de 1886. No constituía una fortuna capaz de transformar una comarca, pero sí bastaba para alterar la mirada de una familia. Envejecida y desvalida, se trasladó a vivir con su hija Georgette y su yerno Sylvain Thomas, en la alquería de Le Luneau, en las proximidades de Selles-Saint-Denis. La mujer que aportaba aquel dinero precisaba ahora de cuidados ajenos.

Durante la vista, la acusación perfiló de inmediato una trama de codicia. Los Thomas habrían pretendido hacerse con los ahorros sin asumir la carga de quien los había ganado con su esfuerzo. La tentativa de internarla en el asilo de Blois había resultado infructuosa. La anciana permaneció, por tanto, en el hogar, con sus achaques, su fragilidad y aquel capital del que ya se hablaba a su alrededor como si hubiese dejado de pertenecerle. El rotativo asumió tal hipótesis con categórica certeza; los letrados de la defensa, en cambio, le opusieron el arraigo persistente de las supersticiones locales.

Circulaba, en efecto, otra versión de la que Marie Lebon seguía siendo la víctima propiciatoria. Se la creía capaz de echar maleficios. Las contrariedades de la granja, las dolencias y los infortunios hallaron así un rostro idóneo: el de la pariente anciana a la que cobijaban bajo su techo. El estudio patrimonial de Les Lanturelus recuerda esta reputación y la visita del matrimonio a un curandero que aseguraba deshacer hechizos. A quienes buscaban un culpable, aquel individuo habría señalado a la madre de Georgette. Una imputación sin fundamento ofrecía de pronto respuesta a todas las desdichas.

El 29 de julio de 1886, Sylvain fue a buscar a los dos hijos de Marie, Alexandre y Alexis Lebon. Su llegada no restableció la concordia en la casa. De acuerdo con las crónicas de la época, la hermana ya había empujado a la madre hacia el fuego, y las marcas de aquella primera agresión resultaban evidentes. Los varones podrían haberla resguardado de los golpes; por el contrario, entablaron una agria disputa en torno a los ahorros que debía de poseer. La mujer por cuyo peculio reñían yacía allí mismo, postrada, al alcance de sus voces.

Al caer la tarde, Georgette le ofreció de beber. Marie lo rechazó. El periódico de 1886 sugirió la presencia de veneno, sin llegar a demostrarla; tal conjetura apenas altera la gravedad de lo sucedido. A la negativa de la anciana siguió su inmolación. Sus hijos y su yerno la llevaron en volandas hasta el hogar y allí la retuvieron. Las llamas no se debieron a un infortunio doméstico: varios de sus parientes consanguíneos concertaron su muerte.

Los niños se habían escondido tras el lecho. Aquel rincón exiguo, que los sustraía parcialmente de la vista de los mayores, no les impidió presenciar la escena. Distinguieron con claridad quiénes empujaban a su abuela, quién avivaba las brasas y cómo se apagaban sus alaridos. Su testimonio derribaría por completo la patraña de una caída fortuita ante la que los adultos habrían quedado estupefactos. Una de las coartadas esgrimidas por la defensa consistió en asegurar que se habían limitado a mirar; sin embargo, no devolvía la inocencia a sus miradas ni la vida a la víctima.

Cuando la causa llegó a los tribunales, el crimen no hubo de reconstruirse a partir de una chimenea desierta. Había testigos que habían sobrevivido en la misma estancia. Unidos a los reos por los lazos más íntimos y dependientes de ellos para subsistir, debieron detallar cada uno de sus actos. Semejante indefensión otorga su verdadero peso al miedo a los castigos. Las palabras del pequeño declarante no procedían de una entereza aprendida en los libros; expresaban el precio inmediato que creía pagar por negarse a mentir.

En la audiencia de Loir-et-Cher, celebrada en noviembre, los cuatro imputados volvieron a reunirse tal como lo habían hecho en la casa. No obstante, la concurrencia obedecía a un fin distinto. Ya no se trataba de persuadirse mutuamente de que la anciana causaba las desgracias, sino de responder individualmente por su complicidad en el hecho delictivo. El parentesco, que había facilitado el designio criminal, no permitía amparar las culpas bajo un apellido común.

El ministerio fiscal solicitó la pena capital para los cuatro. Los defensores alegaron el poderoso influjo de la superstición en la comarca de Sologne. Tras aquel alegato asomaba un dilema pavoroso: ¿hasta qué punto un delirio colectivo podía ofuscar el juicio de quienes perpetraban un homicidio? Admitir la existencia de tales creencias no obligaba a validar los embrujos, y aceptar que el temor hubiera azuzado el crimen no disipaba la ejecución deliberada de los actos que lo consumaron.

El veredicto discernió las responsabilidades. Según el Journal du Lot del 25 de noviembre, Georgette y Sylvain Thomas fueron sentenciados a la guillotina; Alexandre Lebon, a trabajos forzados a perpetuidad, y Alexis, a veinte años de idéntica condena. Los hermanos no recibieron, pues, la misma suerte. El tribunal estableció distinciones allí donde la requisitoria fiscal exigía que se cercenaran las cuatro vidas por igual. En los extractos que más tarde redujeron el caso a unas pocas líneas, tal discrepancia tendería a desdibujarse; constituía, sin embargo, para aquel cuya pena contemplaba un término, la medida entera del porvenir.

El 24 de enero de 1887, los cónyuges Thomas fueron ajusticiados en la Place d'Armes de Romorantin. La muchedumbre acudió a presenciar el fin del matrimonio cuyos desmanes habían llenado las columnas de la prensa. Para el gentío, aquella fría mañana representaba un desenlace irrebatible. Para los huérfanos, la justicia arrebataba a los progenitores después de que estos hubieran asesinado a la abuela. Ninguno de aquellos lazos podía restaurarse mediante el curso inexorable de un suplicio legal.

En este proceso, la palabra «bruja» había recorrido un largo trayecto. De la maledicencia había pasado a la sospecha; de la sospecha, a la justificación del infortunio, y de tal justificación, al salvajismo. Al final de aquel camino no aguardaban misterios ocultos ni maldiciones desterradas: yacía tan solo Marie Lebon, una mujer desvalida cuyos ahorros y fragilidad no debieron importar a nadie más que su propia vida.

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novela corta

Tras el lecho

Los niños que presencian un crimen intrafamiliar hallan el valor de declarar lo que los adultos pretenden hacer pasar por un accidente fortuito.

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novela

El maleficio y los ahorros

Una novela rural contrapone las supersticiones que marginan a una anciana a la codicia material de los parientes que la denuncian.

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trilogía

La casa de Le Luneau

Una trilogía que abarca los años de fatiga de Marie, la reunión familiar orquestada en torno al crimen y las vidas que los huérfanos reconstruyen tras el cadalso.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

La narración toma como base la crónica del Journal du Lot del 25 de noviembre de 1886 a partir de su texto hemerográfico: la acogida de Marie Lebon, sus fondos, las agresiones, las deposiciones de los menores, la acusación fiscal y la sentencia. La prensa coetánea asumió sin ambages el móvil pecuniario sostenido por la acusación pública; la presente crónica lo expone como una interpretación judicial. La conjetura de un veneno, recogida en las columnas de la época, no se da por probada. Se recurre de forma puntual a la memoria histórica de Les Lanturelus en lo relativo a los maleficios achacados al matrimonio y la fecha de la ejecución. El Journal du Lot distingue entre Alexandre Lebon, condenado a cadena perpetua, y Alexis, castigado con veinte años de trabajos forzados; se preserva dicha divergencia procesal frente a resúmenes modernos que los asimilan. No se han incorporado personajes ni diálogos ficticios.

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