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Bandidos y caminos reales · Alemania

La bolsa del viajero

Peter Niers: en los baños de Neumarkt, la copla popular precipita la caída de su propio monstruo

El viajero había dejado su bolsa en la posada para acudir a los baños. He aquí el gesto, del todo ordinario, mediante el cual la copla derribaba al hombre a quien acababa de conceder la invisibilidad. Un hechicero capaz de cruzar comarcas enteras bajo la apariencia de una bestia, de burlar las miradas y eludir toda persecución, había encomendado sus pertenencias al cuidado de un ventero. Todo su poder se reducía ahora a lo que cabía tras un mostrador.

En la historia cantada de Peter Niers, a quien llamaban también Nirsch, Neumarkt se transformaba así en la trampa definitiva. Corría el año de 1581. El hombre llegaba de las tierras de Ratisbona y marchaba con rumbo a Núremberg; se detuvo ante el letrero de La Campana, tomó aposento y decidió asearse. Había trasegado demasiados caminos para sospechar peligro alguno en una sala donde los burgueses iban a desentumecer sus miembros. Mas fue allí donde las palabras lo alcanzaron: varios hombres hablaban de Peter Niers, de sus matanzas, de su semblante. Aquel a quien retrataban se hallaba al alcance mismo de sus voces.

El relato popular había preparado este encuentro con minuciosidad. Antes de Neumarkt, paseaba a su protagonista por una Alemania de sendas inciertas, y luego hacia Austria y Bohemia. El Rin, Wurtemberg, Ulm, Augsburgo y Praga se sucedían como las etapas de un mismo espanto. A cada región correspondían nuevas víctimas; las cifras se sumaban con esa seguridad inimitable de las leyendas que jamás entregan sus cuentas a la verificación. El viajero dejaba de ser un hombre para convertirse en una calamidad andante, dotada de la ubicuidad necesaria para responder de cualquier desdicha acontecida entre dos ciudades.

Semejante fama no había aguardado a su postrera captura. Una hoja volante impresa en Tubinga por Alexander Hock en 1577 pregonaba ya los crímenes de Niers y su cuadrilla. Su portada achacaba cuatrocientos cuarenta asesinatos a las confesiones de diez encausados. El número abrumaba al lector antes siquiera de que hubiese conocido el nombre de una sola víctima. La culpa colectiva permitía reunir, bajo un puñado de nombres, un sinfín de violencias cuyo hilo prometía desentrañar la estampa. Cuatro años más tarde, el terror proseguía su viaje; Niers había sobrevivido a la primera difusión impresa de su renombre.

La canción le prestaba una fuerza aún más temible. Se decía que un camarada lo había iniciado en las artes negras; el demonio mismo se habría convertido en su cómplice. A partir de entonces, un macho cabrío al borde del camino, un perro que seguía los pasos de un caminante o una sombra imprecisa vislumbrada en el crepúsculo hallaban acomodo en la leyenda. El asesino mudaba de apariencia. Semejante explicación entrañaba una formidable conveniencia: cada fracaso de los perseguidores ratificaba los poderes de aquel a quien no habían podido prender. No se había dejado escapar a un mortal; se había tropezado con un ser contra el cual las cautelas ordinarias resultaban ya vanas.

Las mujeres encintas ocupaban un lugar estremecedor en tales inculpaciones. El romance les atribuía una desvalida condición y hacía de los ultrajes cometidos contra ellas la materia prima de ritos mágicos. Las criaturas por nacer se trocaban en instrumentos de poder. Estos pasajes pertenecen al orbe de los delirios sanguinarios y las noticias sensacionalistas; no constituyen una relación de hechos acreditados. Su cometido, dentro de la copla, era clausurar toda rendija a la piedad. Frente a semejante adversario, la justicia podría llevar elplicio tan lejos como el verso había empujado el horror.

En los baños, sin embargo, no hacía falta conjuro demoníaco alguno. Un tonelero describía señas puramente humanas: dos dedos contrahechos, una cicatriz, una edad ya madura. El retrato cobraba nitidez. El forastero podía cambiar de tierra e inventarse otra vida; su mano permanecía junto a él, y su rostro también. El romance lo pintaba fingiendo indiferencia, mientras dos vecinos conferenciaban aparte. Su pesquisa comenzó con un trayecto brevísimo: salieron de los baños y regresaron a la posada.

El mesonero custodiaba un fardo. De pronto, se vio interrogado sobre su huésped: desde cuándo se alojaba allí, qué modales gastaba, qué traía consigo. La bolsa fue mostrada y, acto seguido, abierta. La copla colocaba en su interior aquellos despojos humanos a los que atribuía los prodigios del prófugo. Era el objeto idóneo para rematar la fábula: lo que antaño había guarecido a Niers se convertía en la prueba que lo condenaba. La hostería, los baños y la casa del magistrado componían ya un circuito cerrado. Ambos ciudadanos llevaron su hallazgo ante la autoridad; se encomendó a ocho hombres el prendimiento del viajero.

El número de corchetes tiene su peso en esta escena. Hicieron falta ocho hombres contra uno solo, de tal modo la fama del acusado precedía a sus movimientos. Fue atado y conducido ante el magistrado. El reo reclamó entonces la identidad de un soldado de regreso de Hungría. Exigía su bolsa y demandaba que fuesen leídos sus salvoconductos. La misma pieza de equipaje sostenía dos historias irreconciliables: para él, debía albergar el testimonio de una vida en regla; para sus acusadores, encerraba el estigma del monstruo. Ningún papel podía ya contemplarse con ojos limpios.

Sobrevino luego el tormento. El romance hacía seguir al descoyuntamiento de los miembros el reconocimiento del nombre y la confesión de las culpas. Presentaba esta secuencia a guisa de revelación; no obstante, mostraba en ese mismo trazo de qué modo se había arrancado aquella voz. En lugar de una instrucción que desgranase pacientemente cada homicidio, el vulgo recibía una cifra total. Quinientos veinte figuraban en la canción, a los que se sumaban veinticuatro mujeres encintas; una relación impresa de 1582 consignaba quinientos cuarenta y cuatro. Los números podían cuadrar mediante el cómputo aritmético sin erigirse, por ello, en inventario de víctimas contrastadas.

El desenlace fue la ejecución pública en Neumarkt, en septiembre de 1581, acompañada de suplicios inauditos. Los textos antiguos compiten en la minuciosidad del castigo y difieren sobre su duración. La relación impresa de 1582 reparte los tormentos a lo largo de tres jornadas, para describir después la rueda y el descuartizamiento; la copla añade sus propios refinamientos. Al término de estos relatos, los despojos son expuestos en los caminos. El hombre a quien la leyenda había hecho vagar de un país a otro debía aún, una vez muerto, servir de escarmiento a los viajeros apostado a varias salidas de la villa.

Empero, el castigo no clausuró el comercio de su nombre: le proporcionó su desenlace. La canción podía recomenzar ante otro auditorio, remontar el Rin, franquear el umbral de una taberna y solicitar la atención de hombres y mujeres por igual. Prometía que el crimen hallaría castigo y exhortaba a todos al recto vivir; antes, no obstante, se había recreado en exhibir aquello mismo que pretendía hacer aborrecer. Niers había perdido su bolsa, su identidad prestada y el aliento. La historia, en cambio, conservaba íntegros sus poderes: mudaba de ropaje, cruzaba las fronteras y encontraba acogida allí dondequiera que se temiese al extraño sentado al lado de uno.

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novela corta

La bolsa del viajero

Dos burgueses abren el equipaje de un forastero y descubren hasta qué punto el miedo dicta cuanto creen ver.

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novela

La copla del monstruo

Un ciego cantor de romances sigue la pista de un asesino cuyos crímenes han sido multiplicados por sus propios pliegos de cordel.

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trilogía

Las nuevas terribles

Tres volúmenes sobre una estirpe de impresores: los crímenes anunciados, el proceso vendido en pliegos y la memoria de una ciudad que se niega a enmendar su propia leyenda.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El relato sigue y analiza la antigua balada Ein Gesang auf Peter Nirsch, recogida y transcrita en el corpus universitario Execution Ballads. Las escenas del arresto, la bolsa y las imputaciones sobrenaturales se narran como elementos consustanciales a dicha tradición y no como certezas procesales. La ficha del mismo corpus dedicada a la hoja de Hock (1577) da noticia de cuatrocientos cuarenta asesinatos atribuidos a las confesiones de diez encausados. Un pasaje del pliego impreso por Jacob Müller en 1582, consultado en su transcripción alemana, relata el suplicio de septiembre de 1581. El cómputo de víctimas y los pormenores del castigo difieren entre las fuentes; los testimonios arrancados bajo tormento impiden considerarlos hechos judicialmente establecidos.

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