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Justicia y escándalos · Italia

El ahorcado que todos querían tocar

Bolonia: Pietro Antonio sobrevive, se convierte en una señal del cielo y regresa finalmente al patíbulo.

El primer cuerpo no ofreció dificultad alguna. Los frailes lo descolgaron de la horca y lo tendieron sobre las parihuelas. El hombre rondaba los sesenta años; el castigo se había consumado y no restaba más que darle sepultura. Se volvieron luego hacia el segundo ajusticiado, casi un niño a su lado. Aquel aún respiraba.

La historia la refiere Cherubino Ghirardacci en su crónica de Bolonia. Dio comienzo el 15 de abril de 1505 en el mercado del ganado, escenario habitual de las ejecuciones. Dos hombres convictos de robo habían sido ahorcados allí y dejados en suspensión hasta la hora en que la cofradía encargada de los difuntos debía recogerlos. Todo se había desarrollado con el rigor acostumbrado, hasta el instante en que unas manos adiestradas para alzar un cadáver toparon con un superviviente.

El muchacho se llamaba Pietro Antonio. Tenía unos dieciocho años, había sido acogido por un vecino del Borgo San Pietro y había conocido el noviciado en San Giacomo. La crónica no pormenoriza los hurtos que lo condujeron a la sentencia. Se demora en cambio en otro punto: en aquel cuerpo donde porfiaba la vida, en el asombro de los presentes y, más tarde, en la explicación que el resucitado ofreció de cuanto le había acaecido.

Fue trasladado al hospital. El cuello mostraba una herida; el vigor aparente del muchacho no borraba las huellas del suplicio. Quienes se habían acercado al patíbulo para amortajar a los muertos escoltaban ahora a un hombre al que era preciso curar. La mudanza se reducía a escasos ademanes, pero trastocaba el destino del cortejo: unas andas ya no caminaban hacia la fosa.

La nueva corrió de boca en boca. Un emisario del Senado acudió a constatar los hechos y a recoger la declaración de Pietro Antonio. El poder que había ordenado ejecutar la sentencia requería escuchar cómo su aplicación había consentido la vida de aquel a quien pretendía arrebatársela. El mozo respondió invocando a san Nicolás de Tolentino. Antes de expirar, afirmó, había hecho voto de vestir el hábito si lograba sustraerse a tan infame desenlace. El santo en persona había acudido a sostenerlo por los pies mientras pendía de la soga.

Tal fue la explicación que la ciudad acogió como un milagro. El testimonio desplazaba la supervivencia desde el terreno del azar hasta el de la intervención divina. Ya no se inquiría únicamente por qué la cuerda no había quebrado la vida; se deseaba comprender por qué el santo había distinguido a aquel joven. La pregunta entrañaba ya, en su misma formulación, una promesa: quien había sido salvado no podía continuar viviendo como antes.

Los curiosos afluyeron al hospital. Ansiaban contemplar al superviviente y oírle relatar lo que sus ojos no habían presenciado. La herida atestiguaba el suplicio; el relato esclarecía la liberación. Pietro Antonio se convertía a un tiempo en testigo, prueba y beneficiario del suceso. Su cuerpo exponía la contradicción que la fe pretendía solventar: la justicia de los hombres había decretado su muerte, pero una voluntad superior la habría tornado imposible.

El anciano descolgado antes que él se había desvanecido, entretanto, en su sepultura. La crónica no rescata su nombre ni sus postreras palabras. Su presencia inicial basta, con todo, para conferir aspereza al relato: dos hombres fueron conducidos juntos al mismo patíbulo, y solo uno de ellos alcanzó esta segunda historia. Para los cofrades que los habían recogido, la jornada había deparado un entierro y un traslado al hospital. La ciudad retendría sobre todo el segundo.

El 27 de abril, la curación adoptó la forma de una procesión. Los religiosos de San Giacomo acudieron a buscar a Pietro Antonio, acompañados por la cofradía que lo había hallado con vida. Lo condujeron de regreso a su templo a través de parajes donde la multitud pudiera apiñarse a su paso. Vestía una túnica blanca, un manto negro y, ceñida a la garganta, la misma cuerda del tormento.

Aquel objeto había mudado de sentido sin alterar su materia. Concebido para pregonar el poder de la sentencia, se portaba ahora como emblema de su interrupción. El muchacho no necesitaba describir la horca a cada transeúnte: llevaba consigo su atadura. Su marcha reconciliaba así lo que la ciudad habría podido separar con excesiva premura: el reo de la víspera y el protegido del santo.

Ante la imagen de la Virgen, cayó de rodillas. La muchedumbre se abalanzó. Según refiere Ghirardacci, hubo mujeres que rasgaron jirones de sus vestiduras en su fervor, y fue preciso cubrirlo con otro manto para que prosiguiera su camino. La devoción, que lo cercaba de reverencia, amenazaba ya con dejarlo despojado. Cada cual anhelaba llevarse una brizna de lo que creía haber tocado; aquel hombre vivo se tornaba casi en reliquia antes de su muerte.

En San Giacomo, la cuerda fue depositada sobre el altar. El prior le confirió el hábito y un nombre nuevo: fray Nicolás, en honor al santo a quien atribuía su salvación. Los cánticos sellaron la mudanza. Pietro Antonio, ladrón condenado, ingresaba en la vida religiosa bajo la mirada de una ciudad que aguardaba de él la confirmación cotidiana del milagro.

Ofreció un retrato suyo al óleo, acompañado de la soga. La crónica consigna incluso los gastos del cuadro y de la procesión, asentados en un libro del convento. Este pormenor contable no enfría la historia; revela, por el contrario, cómo el acontecimiento se había instalado en la duración. Se había retribuido a un pintor, se habían sufragado las ceremonias y se había fijado una imagen que otros podrían contemplar mucho después de haberse acallado el tumulto del hospital.

Durante cuatro años, añade Ghirardacci, Nicolás llevó una vida devota y asistió a los enfermos. El voto parecía cumplido. El hombre conducido un día para recibir cuidados devolvía a su vez ese auxilio a aquellos cuya existencia dependía de manos ajenas. Esta secuencia habría bastado para coronar un relato ejemplar: culpa, peligro, salvación y enmienda.

Mas el cronista no interrumpe allí su pluma. Refiere que Pietro Antonio abandonó el hábito, reincidió en el robo, fue capturado de nuevo y ahorcado otra vez, ahora en la larga balconada del palacio del Podestà. La segunda cuerda no halló, en su destino, las manos protectoras del santo como contrapeso. Murió, y la crónica interpretó semejante final como el castigo inexorable a una gracia traicionada.

De este modo, una misma crónica podía sustentar dos lecciones antitéticas. Ilustraba la misericordia que suspendía la pena y, a continuación, la recaída que convalidaba el castigo. Entre ambos extremos mediaron cuatro años de desvelo junto a los enfermos, una existencia que no había sido una vana antesala de la horca ni la mera ilustración de un sermón.

El cuadro y la cuerda habían quedado depositados juntos. El lienzo preservaba al joven salvado; el objeto recordaba aquello de lo que había escapado. Para quien conociera el desenlace anotado por Ghirardacci, resultaba imposible contemplar lo uno sin evocar lo otro. La ciudad había caminado en procesión tras un milagro. Pietro Antonio, por su parte, había tenido que seguir viviendo una vez dispersada la multitud.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

La cuerda al cuello

El superviviente de una ejecución debe atravesar una procesión donde la muchedumbre pugna por tocar la prueba de un milagro.

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novela

Los cuatro años de Pietro

Una ficción sobre la segunda vida de un condenado, desgarrado entre una vocación forzosa y el anhelo de volver a ser un hombre ordinario.

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trilogía

El santo de los ladrones

Tres volúmenes siguen al superviviente, al pintor de su exvoto y al custodio de su memoria: el milagro muda de sentido a medida que se extinguen sus testigos.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Corrado Ricci recoge en Umbria Santa el relato de Cherubino Ghirardacci sobre Pietro Antonio, condenado y superviviente del 15 de abril de 1505. El pasaje describe el hallazgo del ajusticiado aún con vida, sus declaraciones sobre san Nicolás de Tolentino, la procesión del 27 de abril, su ingreso en religión y un nuevo ahorcamiento cuatro años más tarde. Se trata de una tradición cronística y devocional: la intervención del santo constituye la creencia transmitida por los protagonistas. El hurto inicial no aparece descrito con precisión y la segunda condena no se halla documentada en este texto mediante autos procesales conservados.

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