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Justicia y escándalos · Italia

Había regresado a otra Roma

Tiburzio di Maso: una banda impone una liberación y pierde después el favor de la ciudad.

En la primavera de 1460, los hombres de Tiburzio ocuparon el Panteón para arrancar la liberación de uno de los suyos. El antiguo templo, transformado en iglesia, ofrecía a la vez un refugio y una posición inexpugnable en el corazón de Roma. A su alrededor, los vecinos debían contemporizar con las exigencias de aquella tropa. Un prisionero había sido arrestado; para arrebatárselo a la justicia, sus camaradas amenazaban a un barrio entero. Obtuvieron su libertad. Tiburzio pudo creer entonces que acababa de aprender cómo se gobernaba la ciudad.

El reo respondía al sobrenombre de Innamorato, el Enamorado. El apodo poseía una gracia que la acusación distaba de compartir: se le imputaba haber raptado a una joven doncella en vísperas de contraer matrimonio. Había sido entregado a los tribunales. Sus compañeros, guarecidos en Palombara, acudieron a galope tendido. El episodio, recogido por las crónicas y consignado por Ludwig von Pastor, sitúa de inmediato el suceso bajo una doble luz: la lealtad inquebrantable de una facción armada y, al mismo tiempo, el desafío abierto a la capacidad punitiva del gobierno.

Tiburzio y su hermano Valeriano pertenecían a un linaje marcado por una represión anterior. Su padre, Angelo di Maso, emparentado por matrimonio con Stefano Porcari, había perecido tras la conjura de 1453. El apellido Porcari conservaba el eco de una tentativa por sustraer a Roma del dominio pontificio. Para sus adversarios, evocaba la figura de un conspirador justamente castigado; para quienes compartieron su anhelo, la de un mártir caído al servicio de la libertad. Los hermanos heredaban así una pérdida familiar y una causa cuyo sentido permanecía en disputa.

Pío II se hallaba ausente de Roma. Aquella lejanía privaba a la urbe de la corte, de una parte sustancial de sus rentas y de la presencia carnal de quien pretendía regirla. Los magistrados municipales preservaban sus cargos, las grandes familias sus palacios y clientelas, las cuadrillas de mozos sus aceros. Ninguno de estos poderes bastaba, por sí solo, para imponer un orden común. Los clamores ascendían hasta el pontífice; este recelaba que las autoridades locales dejaran medrar las revueltas con el único fin de forzar su retorno.

En sus misivas de aquella primavera, el papa les reprochó que contemporizaran con la violencia. Se negaba a dar la impresión de que el tumulto de las calles dictaba sus desplazamientos. Con todo, las zozobras desbordaban las encrucijadas romanas. La contienda por el reino de Nápoles enfrentaba a los partidarios de Anjou con los de Aragón; el pontífice respaldaba a Fernando con el sostén de Milán. Linajes baroniales hostiles a su autoridad hallaban en esta discordia alianzas y coyunturas propicias. Jacopo Savelli brindaba en Palombara un amparo del que los secuaces de Tiburzio sabían beneficiarse.

Esa plaza fuerte exterior les permitía penetrar en Roma, desplegarse con arrogancia y retirarse acto seguido. Intramuros, otras partidas se aglutinaban o buscaban su cercanía. Bonanno Specchio descolla entre sus cabecillas. Las crónicas adversas describen parapetos fortificados, correrías nocturnas, saqueos y a una juventud díscola que cobraba a los ciudadanos el precio de su audacia. Una torre próxima a San Lorenzo in Lucina, y más tarde el palacio Capranica, figuran entre los bastiones tomados. Tiburzio se erige, en este retrato, en una suerte de soberano sin corona.

Dominaba, sin embargo, no tanto una ciudad como la facultad de perturbarla. Los hogares que cedían a sus pretensiones no le rendían pleitesía. Los vecinos que enmudecían ante sus hombres no juraban empuñar las armas por su causa. El triunfo del Panteón pudo alimentar semejante espejismo: arrancar una capitulación a los magistrados parecía probar que el pueblo abrazaba a la banda. Demostraba, ante todo, que en aquella jornada el coste de una batalla campal se había juzgado excesivo.

Al declinar el verano, los movimientos del condotiero Jacopo Piccinino tornaron la crisis aún más peligrosa. Sus huestes amenazaban los aledaños de Roma; los enemigos del papa parecían prestos a aunar la tenaza militar externa con una insurrección interior. Un prisionero, Luca da Tozio, desgranó bajo custodia revelaciones sobre un plan para franquear las puertas. Según esta delación, Tiburzio y sus secuaces debían facilitar el ingreso del caudillo. Para la corte pontificia ya no se trataba solo de refrenar desmanes urbanos, sino de conjurar la pérdida inminente de su capital.

Pío II emprendió el camino de regreso. Hizo su entrada a primeros de octubre, escoltado por jinetes facilitados por Milán. Su presencia mudó los cálculos antes de que se entablara combate alguno. La corte traía consigo caudales; los magistrados hallaban un firme asidero; las familias patricia podían parlamentar de tú a tú con el soberano. Mozos que habían tomado parte en las revueltas se sumaron a la comitiva de bienvenida. Las mismas espaldas en las que Tiburzio había confiado asentar la sedición sostenían ahora la litera papal, según la cuidada escena que conservan los Comentarios del pontífice.

Tiburzio se encontraba en Palombara cuando Bonanno Specchio cayó preso en Roma a finales de mes. Quiso entonces reeditar la maniobra que tan bien le había valido en primavera: acudir con sus leales, soliviantar los ánimos e imponer la suelta del cautivo. Pero el viento político había cambiado de rumbo. Al convocar a la juventud romana a empuñar las armas, no halló el concurso esperado. Infessura pone en sus labios una réplica que compendia aquel aislamiento: el tiempo ya había pasado.

Los ministros de la justicia encontraron esta vez ciudadanos dispuestos a prestarles auxilio. La insurrección mudó en cacería. Tiburzio fue capturado junto a varios de los suyos; los demás buscaron la salvación en la huida. Aquel postrer envite, acometido en nombre de la fidelidad a un camarada, acababa de arrojarlo en manos del mismo poder al que había torcido el brazo escasos meses antes.

Las fuentes pontificias le atribuyen la confesión de un plan para derrocar el gobierno y desvalijar las mansiones opulentas, amén de una ciega fe en profecías que vaticinaban el fin del poder clerical. Son, también, los testimonios de los vencedores. La sentencia, por lo demás, no se quedó en letra de crónica: el 31 de octubre de 1460, Tiburzio, Bonanno y varios de sus partidarios fueron colgados en el Capitolio. La ciudad presenció el escarmiento de que las liberaciones arrancadas por la fuerza no se consentirían dos veces.

La muerte del cabecilla no apaciguó de golpe la comarca. Los baluartes baroniales, las discordias de armas y los ahogos económicos persistieron. Otros miembros de la facción subieron al cadalso al año siguiente. Tiburzio había pretendido erigir su audacia y su movilidad en poder efectivo; sucumbió en el instante en que vecinos, magistrados y papa hallaron mayor provecho en entenderse que en claudicar ante él. Del Panteón al Capitolio, su periplo se cifra en esa mudanza de lealtades. Había creído regresar a por un prisionero. Había regresado a otra Roma.

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El prisionero de más

Tiburzio regresa para liberar a un camarada y descubre que las puertas que antaño se abrían se cierran ahora a su paso.

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Los hombres del Panteón

Una ficción sigue a una banda romana entre la lealtad de armas, las exacciones forzosas y la causa republicana, hasta que el retorno del papa echa por tierra sus apoyos.

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Las lealtades de Roma

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El relato sigue los hechos consignados por Ludwig von Pastor en su Historia de los papas, volumen III, pp. 107-112, que cita las crónicas de la época y los Comentarios de Pío II. Se apoya asimismo en las aportaciones de Paola Farenga acerca de las relaciones entre el pontífice, los magistrados y el pueblo romano. Las acusaciones de conspiración y las confesiones se atribuyen a la versión pontificia; la figura de Tiburzio no queda reducida a la de un mero bandolero desprovisto de horizonte político. El ahorcamiento tuvo lugar el 31 de octubre de 1460. Las circunstancias exactas del interrogatorio no han sido reconstruidas.

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