Tras haber dado muerte al duque de Milán, Girolamo Olgiati buscó una puerta que tuviese a bien abrirse. Había contado con la ciudad entera. Tuvo que empezar por convencer a su propia familia. En el relato de Maquiavelo, su padre y sus hermanos lo rechazan; sólo su madre le procura un refugio en casa de un sacerdote. El libertador anhelado se oculta bajo un hábito prestado. Fuera, Milán continúa sin él.
No había improvisado, sin embargo, su determinación. Junto a Giovanni Andrea Lampugnani y Carlo Visconti, había examinado largamente la muerte de Galeazzo Maria Sforza. Hablaban de ella como de un acontecimiento cuyas consecuencias resultarían sencillas: caería un tirano, los ciudadanos agradecidos se alzarían y la libertad regresaría a la urbe. La dificultad estribaba en alcanzar al príncipe. Cuanto habría de seguir parecía casi seguro. Era precisamente lo que estaba a punto de faltar.
Parte de semejante aplomo procedía de los libros. El maestro Cola Montano, que enseñaba letras latinas, alimentaba en sus discípulos la admiración por las repúblicas antiguas y sus defensores. Bruto no constituía para ellos una figura lejana, confinada en una página. Ofrecía una norma de conducta. Al aprender a celebrar a quienes habían abatido a los tiranos, los jóvenes aprendían también a representarse su propio renombre. La historia antigua suministraba héroes; Milán parecía brindarles la ocasión de igualarlos.
El gobierno de Galeazzo Maria daba pábulo a tales cóleras. El duque protegía las artes, sostenía una corte brillante e imponía su autoridad con aspereza. A su alrededor circulaban relatos de violencias y vejaciones. Maquiavelo entrelaza, entre los móviles de los conjurados, el ideal republicano con los agravios particulares: honores denegados, intereses contrariados, afrentas a la reputación de los linajes. El odio hacia un poder rara vez se nutre de una sola razón. Los tres hombres podían pronunciar al unísono la palabra libertad sin otorgarle exactamente el mismo contenido.
Su antiguo trato les resultaba provechoso. Se los veía reunirse, conversar largamente, permanecer entre amigos; aquella intimidad nada nuevo revelaba. Eligieron una ceremonia a la que el duque acudiría rodeado de cortejo, mas accesible. El 26 de diciembre de 1476, festividad de san Esteban, asistiría a misa en la iglesia consagrada al santo. Sabrían dónde esperarlo. El recinto confería al encuentro la apariencia de un homenaje y, a sus ojos, una solemnidad digna del acto que proyectaban.
Habían señalado asimismo las casas de los allegados al régimen, entre ellas la del secretario Cicco Simonetta, hacia las cuales el movimiento popular podría dirigirse. En tiempos de estrecheces materiales, la perspectiva del saqueo debía, según pensaban, concitar adhesiones. Su república ideal contaba también, pues, con apetitos harto ordinarios.
Lampugnani congregó a hombres de su séquito. Según Maquiavelo, varios creían acompañarlo para dirimir una disputa de tierras; ignoraban lo que verdaderamente se exigiría de ellos. Los conjurados engrosaban así sus filas sin multiplicar las confidencias. Tal cálculo debía preservar el secreto, pero delataba ya la fragilidad de su empresa. Tenían en torno a sí brazos, no voluntades comprometidas con una insurrección. Pasado el primer instante, cada cual habría de escoger aquello que comprendía y cuanto estaba dispuesto a arriesgar.
La ceremonia congregó al duque con su casa y a representantes de las cortes vecinas. Los asesinos se apostaron a su paso. Un movimiento destinado en apariencia a despejarle el acceso facilitó la aproximación. Lampugnani asestó el primer golpe; Visconti y Olgiati se sumaron a él. Galeazzo Maria fue herido de muerte. Los leales retrocedieron, los servidores reaccionaron, quienes nada habían visto procuraron entender por qué la multitud se quebraba. El tumulto barrió en pocos instantes el bello orden que los tres amigos habían conferido a su designio.
Lampugnani no salió con vida del templo. Olgiati logró ganar la calle. Le correspondía a partir de entonces encontrarse con el pueblo cuyo entusiasmo tantas veces había anticipado. Mas una ciudad no asimila la muerte de su príncipe como tres conspiradores se la anuncian en una estancia cerrada. Recibe clamores, versiones encontradas, el pavor a una venganza, la incertidumbre sobre quién conserva el mando. Los habitantes de Milán no habían prometido a Olgiati seguir sus pasos. Su silencio no constituía una traición a la palabra empeñada: jamás se la habían otorgado.
Maquiavelo convierte este desengaño en el verdadero desenlace político del magnicidio. Los autores del golpe habían creído que el aborrecimiento al duque bastaría para engendrar una acción mancomunada. Ahora bien, detestar, asentir en secreto, franquear la puerta y tomar las armas son resoluciones distintas. A medida que Olgiati buscaba cobijo, tales diferencias cobraban ante él la dimensión de una calle por cruzar, de un aposento por abandonar, de un rostro que se desvanecía. Había suprimido al príncipe; no había extirpado el miedo a su gobierno.
El asilo procurado por su madre no podía trocarse en retiro duradero. Oculto bajo ropas talares, el joven aguardó un alzamiento que no llegaba. La corte, por su parte, no permaneció inmóvil. La muerte de Galeazzo Maria dejaba a un heredero niño, Gian Galeazzo, en torno al cual podían articularse los intereses de la dinastía. Los servidores del poder disponían de cancillerías, mesnadas y órdenes que dictar. A los conjurados supervivientes no les restaban más que escondrijos.
Olgiati fue apresado. El relato de su tentativa pasó desde aquel instante a manos de quienes habrían de juzgarlo y de aquellos que, más tarde, desearían explicarlo. Confesó su participación. El ideal clásico al que se había aferrado no le brindó amparo alguno; le deparó, no obstante, una apostura con la que sostener su personaje ante la muerte. Su condena fue seguida de una ejecución pública a comienzos de enero de 1477. La restauración republicana pregonada en las conversaciones no se había producido.
Una sentencia ha quedado ligada a su nombre. Maquiavelo refiere que se exhortó al valor y contrapuso la amargura de la muerte a la perdurabilidad de la fama. Es, ciertamente, el lenguaje de su aprendizaje: hasta el pie del cadalso, Olgiati buscaba el lugar que las generaciones venideras habrían de concederle. Moría vencido en la ciudad real, mas confiaba aún en salir airoso en la de los libros.
Entró en ella, en efecto, sin obtener por entero el papel que ambicionaba. Los historiadores lo han consignado entre los homicidas de Galeazzo Maria; las meditaciones sobre las conjuras han hecho de su fracaso un paradigma. Su nombre sobrevive al de no pocos servidores prudentes del ducado. Sin embargo, la escena más despiadada de su periplo sigue siendo aquella llegada tras el crimen, cuando hubo de implorar asilo. Para derribar a un príncipe, tres hombres se habían bastado. Para gobernar cuanto sobrevenía después, no habían convocado más que una esperanza.
