Ir al contenido
Maison BeaulieuMAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · GASTRONOMÍA Y ARCHIVOS HISTÓRICOS
Justicia y escándalos · Francia

Ella anunciaba la paz

Charlotte Corday: el viaje secreto, el asesinato de Marat y el país al que una muerte no logra liberar

Había anunciado a su padre que partía hacia Inglaterra. Descendió en París.

Esta mentira debía entrañar una virtud: preservar a los suyos de lo que se disponía a hacer. Charlotte Corday esperaba matar a Marat, morir en el acto y dejar tras de sí a una desconocida. El designio no se cumplió sino a medias. Marat murió; ella sobrevivió el tiempo suficiente para ser interrogada, juzgada, retratada y, finalmente, entregada a una posteridad que no dejaría de atribuirle los nombres que ella había querido llevarse consigo.

Procedía de Caen, donde la contienda entre girondinos y montañeses había adoptado el semblante de hombres a los que trataba a diario. Tras la expulsión de los diputados girondinos de París, varios de ellos se habían refugiado en Normandía. Se organizaba una resistencia, se hablaba de marchar contra los dominadores de la Convención. Corday escuchaba aquellos discursos con una adhesión que iba mucho más allá de cuanto sospechaban aquellos a quienes dirigía sus preguntas.

En la carta dirigida a Barbaroux, redactada tras el crimen, vinculó su resolución con el alistamiento de voluntarios del 7 de julio de 1793. ¿Por qué arriesgar tantas vidas para abatir a un solo hombre, pensaba ella, si una sola persona podía asestar el golpe? El razonamiento le confería la apariencia de la economía y la abnegación. Suponía, sobre todo, que la guerra civil tenía un único autor, que bastaba cercenar a ese autor para recobrar luego la paz. Marat condensaba a sus ojos la violencia de toda una crisis.

Partió de Caen el 9 de julio. El viaje no tuvo nada de la marcha silenciosa que los lienzos venideros habrían podido augurarle. Los compañeros de viaje conversaban; uno de ellos, cuenta ella, le inventó una identidad, una fortuna, y luego le ofreció su mano. Ella eludió sus pretensiones con una chanza. El contraste no procedía de un novelista afanado en dar tregua a su drama: la propia Corday lo consignó en la carta donde daba cuenta de su partida para matar.

En París, una recomendación le permitió entrevistarse con el diputado Duperret. Solicitaba su mediación en un asunto relativo a la señora de Forbin. Aquella gestión poseía una realidad propia, pero no tardaría en volverse comprometedora en cuanto el crimen confiriese un nuevo sentido a todos los encuentros de la viajera. Duperret había recibido a una joven provista de una misiva; los pesquisas pronto inquirirían qué sabía él del puñal.

Corday había pensado en un principio herir a Marat en la Convención. La enfermedad lo mantenía alejado de ella. Era preciso, pues, buscarlo en su morada. Solicitó una audiencia, se presentó en la vivienda e insistió tras una primera negativa. El 13 de julio fue al fin admitida ante aquel a quien afirmaba informar sobre los sucesos de Normandía.

Marat trabajaba en su bañera. La dolencia no había interrumpido su correspondencia ni su actividad política; un tablón le servía de escribanía. Aquella disposición, convertida en la imagen casi universal de su muerte, era ante todo la de un hombre que proseguía su labor a despecho de un cuerpo lacerado. La visitante podía hablarle de sus adversarios, de los nombres y de los movimientos que él anhelaba conocer. Lo que él tomaba por una confidencia era el medio elegido para aproximarse.

Corday lo apuñaló. Quienes acudieron alertados la sujetaron; ella ni logró ni intentó entonces desvanecerse bajo otra identidad. Una multitud se congregó frente a la casa. Había contado, diría más tarde, con ser ultimada en el acto; varios hombres la resguardaron de la violencia y permitieron que fuese conducida a prisión. Quien creía deber morir en el tumulto iba a ser entregada al aparato judicial que había pretendido anticipar.

Comenzaron los interrogatorios. El acto estaba confesado. La instrucción indagaba qué podía ocultarse detrás: complicidades, una misión, alientos transmitidos entre líneas. Los contactos de Caen y de París reaparecieron uno tras otro. Duperret fue inquietado; Fauchet, asimismo. Corday sostenía haber decidido sola. En su correspondencia, se irritaba al ver a hombres transformados en cómplices por la sola necesidad de ensanchar el crimen.

Su aplomo no vedaba los pesares, mas estos recaían en los demás. Temía por su padre, rogaba que se protegiese a sus parientes y amigos, lamentaba haber comprometido a Duperret mediante una visita cuyo verdadero fin él ignoraba. Quien había pretendido segar una sola vida descubría ya que el acto arrastraba a aquellos a quienes había procurado mantener al margen.

Continuó, sin embargo, presentando el asesinato como el principio de la concordia. La carta a Barbaroux resulta sobrecogedora porque deja intacta esa convicción en medio de las realidades del presidio. En ella habla de sus custodios, del decoro violentado por una vigilancia nocturna, de las canciones que compone, de aquellos a quienes convendría transmitir su memoria. Luego retorna a la Francia emancipada que cree haber hecho posible. La celda se le antoja un lugar de espera tras la consumación, mientras afuera el magnicidio alimenta una cólera renovada.

Refirió asimismo que Marat, tras anotar ciertos nombres, habría anunciado la inminente condena de estos. Fueron las palabras que ella le atribuyó, no una conversación cuyo pormenor hubiesen certificado varios testigos. Cobraban en su relato una función manifiesta: la amenaza confirmaba, a última hora, la sentencia que ella había pronunciado antes siquiera de abandonar Caen.

El 17 de julio, Charlotte Corday compareció ante el Tribunal Revolucionario. Chauveau-Lagarde asumió su defensa. El debate no podía borrar ni la muerte ni la premeditación que ella reivindicaba; versaba sobre su significación y sobre el ánimo de quien los asumía. Allí donde ella hablaba de salud pública, la acusación divisaba una conjura contrarrevolucionaria. Las mismas palabras de patria y libertad se hallaban a uno y otro lado, ligadas a actos irreconciliables.

El veredicto fue la muerte. La sentencia ordenó que fuese conducida al cadalso vestida con una camisa roja. Las horas postreras fueron asimismo las del retrato. Hauer, que había bosquejado sus facciones en el tribunal, las fijó antes de que se desvanecieran; el rostro no tardaría en circular junto con los relatos, ensalzando a la heroína de unos y volviendo más turbadora a la asesina de otros. Corday había anhelado permanecer ignorada. Salía del juicio con una efigie destinada a sobrevivirla.

Fue ejecutada ese mismo día, en la plaza de la Revolución. Su entereza, copiosamente referida, no probaba la certidumbre de su cálculo político; su crimen tampoco suprimía la firmeza con la que había encarado su propio fin. Sostener ambos hechos al unísono resulta más arduo que elegir entre una santa o un monstruo. Marat se convirtió en mártir para sus partidarios. La paz prometida no sobrevino con su desaparición.

En su misiva, Corday se había asombrado de que los prisioneros de la Conciergerie parecieran apiadarse de ella. Los desdichados, pensaba, se volvían compasivos. Era acaso la observación más distante del razonamiento que la había conducido a París: en lugar de reducir un país entero a un enemigo único, descubría, en aquellos semblantes recluidos, una humanidad que no inquiría de antemano a qué bando pertenecía. Apenas dispuso de unas horas para contemplarla.

De este caso podría nacer un libro

Ayúdenos a elegir nuestro próximo libro

Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

El nombre del viajero

En la diligencia rumbo a París, un pasajero cree cortejar a una joven. Tras el crimen, su testimonio deberá deslindar el devaneo del secreto.

Cargando votos…

novela

La segunda mitad del viaje

La novela seguiría a Corday desde Caen hasta el tribunal, cruzando su anhelo de paz con la cólera de quienes veneraban a Marat.

Cargando votos…

trilogía

Una muerte para la paz

Tres libros: las tramas normandas, las jornadas parisinas y, finalmente, las familias comprometidas por un acto anunciado como solitario. El mismo hecho se transforma según quienes le sobreviven.

Cargando votos…

Un voto por caso en este navegador, modificable en cualquier momento. Los proyectos más apoyados orientarán nuestras próximas ediciones. Cómo se conservan sus votos.

Ver los demás proyectos en el Salón →
El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Las cartas dirigidas a Barbaroux, reproducidas a partir de los originales en la edición de 1863 de las Œuvres politiques, se han examinado íntegramente. En ellas resuenan la voz de Corday, sus intenciones y la inquietud por las personas comprometidas; no avalan, en cambio, las últimas palabras que ella atribuye a Marat. Las memorias de Sanson proporcionan las referencias narrativas del traslado, el juicio y la ejecución. No se recogen los diálogos prestados tardíamente al verdugo. El retrato de Hauer consta certificado en la reseña del Museo Lambinet.

← Todos los 1.003 casos del Gabinete