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Justicia y escándalos · Francia

El hombre que no tenía cómplices

Louvel: matar al heredero de los Borbones y dejar que la justicia busque un complot

Le reclamaban cómplices; Louvel respondía que no los tenía. Esta contestación, reiterada con una obstinación que exasperaba a sus jueces, contrariaba menos la instrucción del homicidio que la idea preconcebida de su trascendencia. Un príncipe acababa de ser herido de muerte a las puertas de la Ópera. Detrás de aquel puñal debían hallarse forzosamente una facción, caudales, un gobierno extranjero o algún designio a la altura de la víctima. El hombre detenido pretendía haber bastado por sí solo.

Louis-Pierre Louvel era talabartero. El 13 de febrero de 1820, aguardó al duque de Berry, le asestó una puñalada cuando este acababa de acompañar a su esposa hasta su carruaje y, acto seguido, intentó huir. Capturado en las inmediaciones, reconoció de inmediato su acción. La justicia poseía, pues, al asesino antes de que París hubiese comprendido siquiera lo acontecido. Lo que no poseía era la explicación política que tanto anhelaba.

Un obrero al servicio del rey

Louvel prestaba servicios en las caballerizas reales. Semejante cercanía tornaba el crimen aún más perturbador: la monarquía había dado empleo al hombre que maquinaba privarla de porvenir. Resultaba imposible expulsarlo con comodidad del ámbito mismo que acababa de golpear. Cosía en él, pasaba allí sus jornadas y cumplía con las tareas habituales de un oficio que exige paciencia y manos firmes.

Su infancia había conocido la orfandad y el amparo de una hermana mayor. El relato publicado en 1832 en la Revue des Deux Mondes lo presenta instruido en Versalles y formado después en el oficio de talabartero. Detalla asimismo sus viajes y su ferviente apego a la memoria napoleónica. Estos antecedentes no entrañan una fatalidad necesaria. Innumerables obreros habían crecido en medio de las convulsiones de la Revolución y el Imperio; no por ello se habían abrogado el derecho a asesinar.

Louvel, por su parte, situaba en 1814 el nacimiento de su determinación. En Metz, ante el regreso de los Borbones propiciado por la derrota francesa, concibió un odio que se obstinó en llamar patriotismo. A lo largo de varios años, aquel propósito sobrevivió a los traslados, a las fatigas del trabajo y a las oportunidades fallidas. Acabó concentrándose en el duque de Berry, en quien advertía la única posibilidad de descendencia para la rama mayor de la dinastía.

El príncipe dejó de ser un semejante en su razonamiento; pasó a convertirse en una cepa que convenía extirpar. Las doctrinas homicidas suelen brotar de esta comodidad verbal: arrebatan el rostro humano para no enfrentarse más que a una función.

A la salida de la Ópera

Aquella noche de febrero, el duque había acompañado a la duquesa hasta el coche de caballos. Louvel se aproximó y descargó el golpe. Los asistentes trasladaron al herido al interior; la gala se convirtió en una penosa agonía, y la Ópera, a donde se había acudido a contemplar un espectáculo, mudó en morada mortuoria. El duque expiró de madrugada.

A pocas calles de allí, el reo declaraba ya que su propósito había sido liberar a la patria. Fue conducido ante las autoridades, que lo sometieron a prolijos interrogatorios, y luego a la Conciergerie. La violencia de un ademán instantáneo abría meses de pesquisas. Louvel debió reiterar cuanto había hecho, las razones que lo guiaron, con quiénes lo tramó y soportar, al tiempo, la incredulidad ante el pasaje de su testimonio que resultaba más inverosímil: su soledad.

La crónica de 1832 refiere que fue llevado ante el cadáver del príncipe y forzado a reconocer la herida. Le atribuye después una reflexión donde se entreveraban la admisión del horror del acto y el mantenimiento inflexible del móvil político. Palabras transmitidas por terceros, en efecto, y no un asomo fidedigno a su conciencia; revelan, sin embargo, una contradicción insoslayable para el tribunal: era capaz de admitir un crimen perpetrado contra un hombre sin renunciar a pretender que había servido a su nación.

No suplicaba a la víctima su perdón por haber dejado de mirarla como a un semejante. Reclamaba que se comprendiese la doctrina que lo había facultado para ello.

El asunto que se quiso engrandecer

El atentado se sometió al conocimiento del Tribunal de los Pares, jurisdicción competente para juzgar los delitos dirigidos contra los miembros de la familia real. Los legajos conservados en el Senado dan fe de la magnitud de la causa; el auto de instrucción comprendía centenares de notas. Los Archivos Nacionales custodian asimismo el arma y los efectos incautados. El magnicidio había generado a su alrededor un vasto universo de papel y hierro, donde se pretendía apresar todo aquello que hubiese podido preceder a la puñalada.

Se escudriñaron amistades, desplazamientos, conversaciones. El gobierno sospechó de maniobras extranjeras e influencias bonapartistas. Louvel persistió en sus dichos: no había mediado orden ni estipendio alguno. Semejante constancia no probaba que fuese impermeable a cualquier influjo; nadie piensa en una soledad absoluta. Mas compartir un encono o una convicción no basta para trabar complicidad en un asesinato.

Semejante distinción causaba un hondo disgusto. Una conspiración ofrece adversarios a los que perseguir y victorias que proclamar ante el público; un individuo aislado fuerza a reconocer que un régimen es incapaz de vigilar cada resolución que germina bajo su propio techo. El talabartero de las caballerizas infligía a la policía un agravio suplementario al negarse a proveerle una organización a la medida de sus indagaciones.

Durante su encierro, la familia hubo de soportar el oprobio que mancillaba su apellido. Las crónicas de antaño dan cuenta de la angustia de sus hermanas, una de las cuales vivía de sus labores manuales y quedó de improviso expuesta al escarnio. Louvel se dolió por ella. Aquel desvelo filial no atenuaba su culpa; ponía en evidencia, tan sólo, que un hombre apto para abrigar ternura hacia los suyos podía rehusar esa misma condición humana a sus semejantes.

El fallo y el porvenir truncado

El 6 de junio de 1820, el Tribunal de los Pares condenó a Louvel a la pena capital. Una sesión secreta había dilucidado, en particular, la validez del voto de aquellos pares que guardaban lazos de parentesco con el difunto. Al día siguiente, Louvel fue ejecutado en el cadalso. Había confesado su acto y sostenido su resolución; el veredicto segó su existencia, mas no el rédito político que otros habrían de extraer de su crimen.

La muerte del duque recrudeció los antagonismos de la Restauración. Se buscó en las doctrinas liberales, en la prensa o en las supuestas complacencias del poder a los culpables que un reo obstinado jamás consintió en nombrar. El puñal preservado acabaría convirtiéndose a su vez en pieza de museo, desvinculado de la mano que lo empuñó pero cargado de las narraciones que se empeñaban en rodearlo.

Meses después del magnicidio nació el hijo póstumo del duque de Berry, el futuro conde de Chambord. El cálculo dinástico de Louvel había fracasado. Mas este vuelco de los acontecimientos no debe trocarse en un donaire que soslaye la tragedia del muerto: el príncipe no le fue devuelto a su esposa por el solo advenimiento de un vástago.

Louvel pretendió alterar el curso del porvenir segando una vida. No legó tras de sí más que una viuda desolada, descendientes huérfanos, parientes afrentados por su linaje y un país aún más presto a desconfiar del prójimo. La estirpe que creyó tronchar prosiguió su curso; la herida que presumía cerrar no hizo sino ensancharse. El talabartero consumó el acto largamente meditado y casi nada de cuanto se había prometido llegó jamás a cumplirse.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Los fondos de los Archivos Nacionales y del Senado documentan el asesinato del duque de Berry el 13 de febrero de 1820 y el proceso incoado ante el Tribunal de los Pares. Se ha consultado el estudio de Barthélemy Saint-Hilaire aparecido en 1832 para los interrogatorios y las notas sobre Louvel. La sentencia dictada el 6 de junio fue ejecutada el 7 de junio. La presente crónica desecha las tentativas políticas de atribuir el crimen a una conspiración jamás probada.

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