El verdugo de Florencia no vio al principio la piedra. Oyó el chasquido que dio contra la madera, junto a su pie. Bajó la vista, la detuvo en aquel terrón endurecido y luego la alzó hacia la multitud. Nadie parecía haberlo arrojado. Todos señalaban con el dedo, gritaban, se volvían hacia el vecino. Buscaba a un adversario; no tenía ante sí más que rostros resueltos ya a no dejarle hacer.
Instantes antes, aquellas mismas gentes aguardaban su labor. El 29 de mayo de 1503, se había conducido al lugar del suplicio, fuera de la ciudad, a un muchacho de unos veinte años. Ejercía el oficio de banderaio, fabricante de estandartes, y había dado muerte a un colega de profesión. Landucci atribuye el crimen a una rivalidad. El joven reo llegaba a su vez frente a la muerte. Su víctima ya no estaba allí para atraer las miradas; él las atraía todas, con su visible mocedad y su cuerpo todavía lleno de vida.
El verdugo había distinguido aquel rostro juvenil en medio de los hombres encargados de custodiarlo. Nada había dicho al respecto. No se le pedía que conociera los motivos de una reyerta ni que midiera las culpas: la sentencia estaba dada. Su cometido empezaba allí donde cesaban las palabras de los demás. Conocía bien ese reparto de tareas, que permitía a cada cual creer que no ejecutaba sino una mínima fracción de la desgracia. Los magistrados habían dictaminado; los guardias habían conducido; él iba a ejecutar.
Había comprobado el espacio a su alrededor. Los curiosos se agolpaban ya demasiado cerca. Los cofrades, aquellos battuti llegados para reconfortar al condenado, atendían al muchacho; el oficial vigilaba el curso de las cosas. El verdugo hizo una seña para que retrocedieran. Le cedieron unos pasos, con esa desgana propia de quienes acuden a mirar y no quieren perder el sitio. Él hubiera preferido que olvidasen su propia persona. Una ejecución diestramente consumada volvía casi invisible a quien la perpetraba. Se hablaba del reo, del crimen, del fallo. Luego, él se marchaba.
El muchacho ocupó su lugar. Obedecía, pero sus ojos saltaban de un hombre a otro, intentando aún desentrañar qué palabra iba dirigida a él. El verdugo lo corrigió con un ademán seco. Cundió una impaciencia en las primeras filas; aún carecía de destinatario. Se aguardaba el fin, se lo temía, quizá se lamentaba haber acudido, sin dejar por ello de estirar el cuello para no perder detalle. El joven inclinó la cabeza. Aquel movimiento sofocó varias voces.
El primer golpe erró.
El verdugo sintió de inmediato la mudanza que lo rodeaba. No dispuso de tiempo para analizarla. El condenado yacía allí, la faena incompleta, y los ojos del oficial clavados en sus manos. Preciso era reanudarla. Volvió a colocarse con una aplicación que se tornaba agobiante. Lo que había deseado despachar con premura exigía ahora de todos una espera intolerable. Se alzó un grito, al que pronto acalló una orden. El verdugo asestó un nuevo golpe. El segundo impacto tampoco puso fin a la ejecución.
Entonces el muchacho dejó de ser, a los ojos del pueblo, el hombre que había matado a otro fabricante de pendones. Pasó a ser ese cuerpo joven, sometido a una torpeza que prolongaba su tormento. El fallo de la justicia, discutido o admitido antes de la llegada, se borraba ante el espectáculo que presenciaban. El verdugo oyó los insultos. Reconoció vocablos que a veces le arrojaban por las calles, mas cobraban aquí una fuerza inédita: ya no lo escoltaban tras su paso, sino que pretendían detenerlo en mitad de su oficio.
Un tercer golpe volvió a fracasar. El oficial intervino; las crónicas conservarían la memoria de dos bastonazos en medio de aquella confusión. En torno al condenado, la autoridad ya no lograba conferir al trance apariencias de orden. Quienes habían guardado un silencio expectante rompieron a protestar. Las primeras filas empujaban hacia atrás; las de más allá avanzaban para enterarse. Un clamor corrió de grupo en grupo. Entonces, la primera piedra dio contra el madero.
El verdugo alzó la mano, como si aquel gesto pudiera devolverle el espacio perdido. Voló otra piedra. Alguien gritó que se agacharan por más. El suelo, hasta entonces mero estrado de la representación, procuraba armas a quienes lo pisaban. Hombres que nada habían resuelto un instante antes se inclinaban ahora a su vez. Obraban menos por mandato que por el permiso tácito que les concedía el vecino. Ya no hacía falta ser el primero; otros habían comenzado por ellos.
El oficial quiso hacerse oír. Su investidura no le sirvió de escudo. Los proyectiles alcanzaban también a los cofrades, cuya presencia no tenía otro fin que socorrer al reo. Intentaron cubrirse, replegarse, abrirse paso. El verdugo vio a esos hombres buscar la huida y comprendió que nadie podría garantizar ya su propia retirada. La multitud había despojado a su persona del amparo de la justicia, sin esperar a que otra justicia viniese a reemplazarla.
Se volvió hacia el muro. Había ya gente apiñada contra él para hurtarse a los golpes. Quien lo había visto actuar unos minutos antes no le tendió la mano. Él mismo precisaba de un asidero. El verdugo reculó, dio un traspié, buscó una hendidura entre dos espaldas. El espanto lo volvía torpe a su vez. Ya no pensaba en el fallo judicial, ni en su oficio, ni en las órdenes recibidas. Solo ansiaba ganar unos pasos en una dirección donde no llovieran las piedras.
Lo mataron. La compasión que había enardecido al pueblo por el joven reo no bastó para contener sus brazos ante un segundo hombre inerme. Tras los adultos, los niños se adueñaron del cadáver y lo arrastraron hacia Santa Croce. La ejecución había abandonado su emplazamiento original. Recorría ahora la ciudad bajo una forma que ningún tribunal había dictado.
No tardaron algunos en atribuir a aquella muerte una causa más remota que el asunto del banderaio. El verdugo, decían, pagaba por haber ajusticiado a Savonarola y a sus compañeros en 1498. La memoria del fraile predicador dividía aún a Florencia. Al trabar entrambas escenas, se mudaba un linchamiento en el castigo que aguardaba desde hacía cinco años. La piedra arrojada en mitad de la revuelta recibía a posteriori una misión providencial.
Landucci consignó el desastre y prosiguió luego con las nuevas de la urbe. Al día siguiente, el precio de la sal inquietaba a los desposeídos. La guerra contra Pisa continuaba. Florencia tenía otros motivos de cólera y otros negocios que atender. Un artesano había sido llevado al patíbulo en virtud de una sentencia; el encargado de cumplirla había sido muerto por los espectadores. La muchedumbre había venido a ver expirar a un reo. Se marchaba con la sangre de un verdugo en las manos.
