Cuando le pidieron que lo contara, Mary Ann buscó primero por dónde debía comenzar. ¿En el instante en que su padre bebió? ¿En el momento en que tomó el jarro? ¿O antes, antes de que los objetos del hogar aprendieran a volverse contra las personas que vivían allí? Miraba sus manos. Habían llevado la cerveza; desde hacía semanas, aquella simple tarea les otorgaba, ante sus propios ojos, una importancia que habría querido arrebatarles.
Ve de nuevo la mesa de su cocina, una tarde de abril de 1820. El jarro ha vuelto de la taberna, su padre Thomas ha bebido y Rebecca se inclina sobre él. Mary Ann aguarda a que le ordenen algo. Es lo que sabe hacer: ir a buscar, sostener, traer. El dolor de su padre no le señala ningún encargo preciso. No sabe qué hacer con su premura.
—Quítate de ahí —dice la madre.
La niña retrocede hasta la puerta. Oye el roce de una silla y, después, un rumor de líquido. Rebecca enjuaga el jarro. El gesto se parece a todos los que cumple cada tarde; sin embargo, esta vez, Mary Ann lo contempla hasta el final. Su padre sufre y su madre lava. Sería preciso que las cosas graves interrumpieran los pequeños quehaceres; puesto que no los interrumpen, la niña aún se convence de que el mal pasará.
No pasa. En los días sucesivos, la casa cambia de uso. La alcoba ocupa el lugar de la cocina; los adultos entran sin preguntar si molestan, bajan la voz delante de los niños y la alzan de nuevo en cuanto se creen solos. Mary Ann sorprende su nombre de pila en una conversación. Se detiene, dispuesta a responder, pero no es a ella a quien hablan. Hablan de ella, de su trayecto, de lo que trajo consigo. Descubre esa manera de volverse presente sin ser admitida.
Thomas Worlock muere el 21 de abril. Su esposa es arrestada bajo la acusación de haberlo envenenado con arsénico. Una mujer declara haber presenciado la compra del veneno. Su hija Mary Ann había ido a buscar la cerveza que él bebió. Esos pocos hechos bastan a partir de entonces para transformar a una niña encargada de un recado en el testigo de una causa capital.
La primera noche sin sus padres, Mary Ann cree oír que la llaman de nuevo. Se incorpora en la cama antes de reconocer el viento contra la ventana. La estancia donde la han acostado nada tiene de amenazante; una mujer le ha preparado un sitio, ha dejado agua junto a ella y se ha cerciorado de que no tuviera frío. Pero nadie sabe que en su casa dormía vuelta hacia la puerta, y ese detalle, que no se atrevería a explicar, le hace sentir la ausencia más que cualquier pésame.
Al día siguiente, la mujer le pregunta si quiere comer.
—Puedo fregar después —responde Mary Ann.
Ofrece el único precio de que dispone para no resultar una carga. La mujer le tiende el pan sin aceptar el trato. Por un instante, la niña duda: recibir sin devolver le parece un permiso peligroso, del cual más adelante podrían pedirle cuentas. Luego come, a pequeños bocados, vigilando las manos de su anfitriona. Permanecen quietas sobre la mesa.
Pasan las semanas. Es preciso repetir lo que se vio. Mary Ann se esmera en no confundir los hechos con lo que ha oído relatar desde entonces. El esfuerzo la agota. Ciertas imágenes se vuelven tan nítidas a fuerza de ser repasadas que ya no sabe si las conserva en la memoria o si las está fabricando. Entonces regresa a lo más simple: un recipiente en su mano, el umbral cruzado, su padre en el interior. Para todo lo demás, aprende una respuesta que le cuesta pronunciar: no lo sabe.
—Debes decir la verdad —le aconseja la mujer que la custodia.
—¿Aunque madre no vuelva?
La mujer atrae hacia sí la labor de costura que había dejado sobre las rodillas. Podría prometerle un desenlace venturoso; la niña es aún bastante joven para creerlo. Mas la promesa quedaría suspendida entre ambas cuando todo hubiera concluido. Deja, pues, la labor de nuevo sobre la mesa y responde tan sólo:
—A ti no te corresponde decidir lo que le ocurrirá.
Mary Ann quisiera retener esa frase. No lo consigue del todo. En su entendimiento, decir y decidir permanecen unidos, como dos prendas a las que un mismo alfiler impide separarse.
El proceso tiene lugar en Gloucester el 14 de agosto de 1820. Rebecca es declarada culpable. La decisión de la justicia compete a los adultos que juzgan; la presencia de su hija entre los testigos no la convierte en su autora ni en su responsable. Pero no basta con restituir las responsabilidades a su justo lugar para que la niña, al salir, recupere de inmediato el suyo.
Mary Ann toma asiento al borde de un banco, fuera de la sala. Le ofrecen de beber. Rechaza el vaso, y luego vuelve a tomarlo al comprender que su negativa inquieta. Todos examinan ahora sus movimientos con una dulzura atenta. Casi echa de menos las antiguas órdenes, su laconismo, la facilidad que le brindaban de obedecer sin ser observada.
—Lo dije tal como fue —murmura.
La mujer sentada a su lado le responde que ha obrado bien. No obstante, ese bien nada ha remediado. La niña esperaba que la verdad desatara la desgracia; descubre que puede hacerla ineludible. Habría deseado una tarea suplementaria, un lugar hacia donde correr, algún olvido que subsanar antes de que fuera demasiado tarde. Ya no le piden nada.
Rebecca Worlock es ahorcada en Gloucester el 16 de agosto. Entre el fallo y la ejecución han transcurrido dos días. En la vida de su hija, la ausencia que comienza no tendrá una medida tan cómoda.
Al llegar la noticia, Mary Ann no llora de inmediato. Pregunta si puede terminar de zurcir la manga que sostiene. La mujer asiente. La aguja avanza, yerra la tela, retrocede; hay que deshacer tres puntadas. Esa minúscula resistencia le permite seguir sentada. Mientras la manga no esté terminada, conserva aún una razón para no levantar la vista.
Por la noche, recogen la mesa. Mary Ann toma los platos y luego se detiene ante el recipiente del agua. La mujer tiende la mano para librarla del peso; la niña lo retiene.
—Este sí puedo.
Lo lleva hasta la mesa sin apresurarse. Nadie la aplaude, nadie le dice que es valiente. Simplemente le hacen sitio. Por primera vez desde abril, lo que transporta llega a su destino sin convertirse en una pregunta. Deja el agua; alguien le pide que tome asiento. Se sienta.
