El prisionero reclamaba sus peines, sus hebillas de rodilla y el dinero que se le adeudaba. Al leer sus exigencias, se habría pensado en un viajero disgustado por la morosidad de sus corresponsales. Solo que los peines debían introducirse en una fortaleza; los corresponsales tenían sobradas razones para desconfiar; y las cartas, antes de llegar a su destinatario, pasaban por las manos de quienes pretendían llevar a su autor al cadalso.
Lips Tullian creía haber conservado una vía de escape. Su cuerpo estaba cautivo, pero otro recluso escribía por él y una mujer transportaba las misivas. Había urdido incluso un nombre secreto para Michael Schmied, su antiguo anfitrión: Alibrunnen, un vocablo que evocaba una anguila que ambos habían sustraído y arrojado a un pozo. Aquel recuerdo debía certificar que las peticiones procedían sin duda de él. Nadie imaginaba entonces que el mezquino hurto de una anguila pudiera conducir al esclarecimiento de asuntos de una gravedad muy distinta.
El destinatario, con todo, no disipaba sus recelos. Tullian multiplicó los santos y señas: un caballo que había desherrado una pata, una carrera en trineo, una comida compartida. A cada muestra de desconfianza, entregaba una memoria suplementaria. Los pesquisas conservaban copias fidedignas. Mientras los dos cómplices se esforzaban en certificar la legitimidad de sus lazos, la justicia desentrañaba de qué materia estaban tejidos.
Lo que guardaban los baúles
Semejante celo inquisitorial sucedía a una dilatada cadena de robos, capturas y fugas. El nombre de Lips Tullian encubría a un individuo que acabó declarándose Philipp Mengstein, tras haber sido apodado también Schönknecht. Las brumas de sus primeros años alimentarían la leyenda. Sus desavenencias con la justicia presentan un tapiz menos indulgente, donde las puertas fracturadas y las víctimas pesan más que los fabulosos orígenes de un jefe de salteadores.
El 16 de noviembre de 1702 tomó parte en el saqueo perpetrado en la mansión del conde de Beichlingen, en el viejo mercado de Dresde. Hubo un expolio de platería, oro y moneda acuñada. Repartido el despojo, Tullian y un secuaz marcharon a Halle para convertir su cuota en dinero contante. El metal precioso estorba; su venta procura la liquidez para una nueva partida. Mas aquella operación dio entrada en sus designios a personas capaces de seguirles el rastro.
De regreso, ambos tomaron severas precauciones para ocultar su aposento en Leipzig. Se despidieron del cochero ante las puertas de la ciudad, introdujeron sus arcones, los traspasaron de un mozo de cuerda a otro y solo pisaron su verdadera posada tras dar múltiples rodeos. La maniobra debía volver inescrutable el trayecto final. Resultó vana: el comprador, enojado por una transacción que su cónyuge había pactado en su ausencia, les dio alcance junto a su vástago y requirió la intervención de la guardia.
Ante el tribunal, los reos ofrecieron un descargo insólito. Afirmaron haberse topado en mitad de la noche con dos desconocidos que acarreaban un arcón; al verlos, estos habrían huido dejando atrás el oro y la plata. El lance tenía el mérito de hacer llover el botín prácticamente del cielo. Tenía, en cambio, la flaqueza de exigir a los jueces una fe que ni las circunstancias ni los efectos aprehendidos autorizaban.
Tullian calló bajo el tormento. La relación judicial estampada en 1716 ilustra las aporías de una instrucción que, a falta de confesión expresa, no podía concluir en la condena capital anhelada, pero conservaba contra el procesado indicios bastantes para impedirle recuperar la libertad. A una sentencia de destierro sucedió la orden de enviarlo a los trabajos forzados en las fortificaciones de Dresde. Se fugó de allí junto con otros presidarios.
Las cerraduras vuelven a ceder
Capturado de nuevo en Leipzig a comienzos de 1705, purgó cerca de un lustro en presidio. La crónica le atribuye el recuerdo de noches sin reposo, con los miembros lacerados por las extenuantes faenas. El escarmiento no lo apartó de las ganzúas. Consiguió sacar el molde de una llave de la casa de corrección y templar el hierro necesario para salvar el portón.
Durante la feria de Año Nuevo de 1710, ganó la calle en compañía de siete reclusos. En Niederbobritzsch, Michael Schmied le deparó cobijo. De noche, los prófugos descansaban en un pajar; de día, se dispersaban por la comarca. Oteaban ocasiones propicias, preparaban los asaltos y se concertaban para consumarlos. Los templos de la región ofrecieron varias presas seguras.
En Glashütte, Tullian se ufanó de haber desquiciado la puerta de una sacristía a fuerza de un denuedo brutal. Oponía su vigor muscular a la maña de los ladrones que empleaban falsas llaves para salvaguardar las cerraduras. Lo que presentaba como una hazaña dejaba tras de sí un santuario esquilmado. La valiosa cadena sustraída en aquel saqueo volvería a asomar en sus reclamos pecuniarios una vez devuelto a las mazmorras: restaba una parte del botín por liquidar. Ni los mayores golpes de la cuadrilla garantizaban que cada cual percibiese lo que juzgaba de justicia.
El 19 de septiembre de 1710, su paso por Freiberg lo enfrentó a un fiel de pasaportes. El oficial era encuadernador de oficio. Tullian carecía de los papeles requeridos; invocó a un capitán aposentado en el lugar y el guardia consintió en acompañarlo a la vivienda. Cerca de una entrada, en un zaguán umbrío, estalló una refriega. Tullian desenvainó la espada y asestó dos estocadas. El inspector cayó sin vida; el gentío que acudió al alboroto redujo al agresor.
En esta coyuntura, la causa trascendía la mera averiguación de procedencia de unas joyas. Un hombre había sido abatido en el ejercicio de sus funciones. Tullian disputó la intencionalidad del golpe letal; padeció nuevos interrogatorios y la aplicación del tormento. Tras las diligencias, las autoridades dispusieron su retorno a las obras de defensa de Dresde, donde ingresó en noviembre de 1711. La fecha de su vuelta al encierro se confundiría a menudo, en crónicas posteriores, con el día del homicidio.
La última rendija
Un plan de evasión acabó por desbaratarse. Se habían introducido herramientas en el recinto y varios penados delataron las maniobras. Tullian lo negó con terquedad. Le impusieron durante veintiséis jornadas unos hierros que le inmovilizaban las manos a la espalda. La crónica coetánea, no obstante su celo por ensalzar a la judicatura, consigna los brazos hinchados y desollados del reo. Cuando pocas páginas más adelante exalta la espontánea libertad de sus confesiones, semejante crudeza arroja una sombra elocuente.
Fue en aquel confinamiento donde arraigó la correspondencia clandestina con Schmied. Advertidos de la trama, los pesquisidores dejaron correr los billetes. Hallaban ante sí una prueba infinitamente más rica que las negativas arrancadas por la fuerza: solicitudes de metálico, advertencias cautelares y consignas precisas sobre qué declarar o callar en la audiencia. El estilo resultaba en ocasiones críptico, mas el propio Tullian terminó por descifrar sus sobreentendidos. La anguila de la cisterna recuperó su papel en la trama; y con ella, las deudas pendientes y los vínculos que los apodos debían salvaguardar.
Sus delaciones abrieron paso a una gigantesca labor de cotejo y careo. El tribunal comisionado redactó más de mil artículos de interrogatorio, a los que sumó pliegos adicionales. Tullian fue puesto frente a otros encausados; les echó en cara parajes, fechas y palabras que el memorial jura verídicas. Los magistrados subrayaron la fecundidad de sus respuestas, útiles tanto para sentenciar a cómplices como para desvincular a inocentes difamados por sospechas infundadas.
Él, en pago a sus servicios, solo imploró un suplicio menos atroz. Ya no pedía franquear las puertas del presidio, sino conmutar el despedazamiento de la rueda por la decapitación a espada. Los testimonios preservados en la impresión de 1716 documentan minuciosamente este trámite: elevación al monarca, respuesta soberana, fallo y concesión de gracia. Augusto concedió la merced. El 8 de marzo de 1715, Tullian y cuatro reos más fueron decapitados; sus despojos se fijaron luego sobre las ruedas de escarmiento.
Las cerraduras no volvieron a ceder ante él. Quedó, con todo, el testimonio mudo de su último ardid: cinco cartas preservadas en un legajo judicial, con sus asientos de cuentas, sus temores y sus menudencias cotidianas. Poco de héroe legendario asoma en ellas; tan solo un preso apremiado por hacerse con unos táleros, convencido de que la memoria de un lance común disiparía la desconfianza de su cómplice. Aquel mismo recuerdo confirió a los jueces el hilo del que tirar para atraparlos a ambos.
