El muerto había tenido tiempo de hablar
Los hombres que habían abandonado a Christoph Pfister cerca del Gaisbühlhof habían cometido un error: lo habían dejado con vida. En la mañana del 5 de abril de 1786, fue hallado gravemente herido, incapaz de incorporarse. Trasladado hasta la granja vecina, aún pudo pronunciar varios nombres. No sobrevivió al trayecto hacia Reutlingen; pero antes de que la carreta alcanzara las puertas de la ciudad, sus agresores habían dejado de ser siluetas anónimas surgidas en la noche.
Pfister servía como granadero a caballo en las tropas de Wurtemberg. Sus antiguos compañeros lo conocían con el nombre de Toni. El principal de los que señaló se hacía llamar Hannikel; su verdadero nombre era Jakob Reinhard. Junto a su hermano Wenzel y varios allegados, recorría los territorios del suroeste alemán y las comarcas vecinas. Las fronteras que frenaban o entorpecían las persecuciones no suspendían sus desplazamientos ni sus fechorías. Sin embargo, el asesinato de Pfister obligaría a las autoridades a buscar a sus hombres más allá de dichas líneas.
El origen de la venganza era antiguo. Mantua, que antes había sido compañera de Wenzel, lo había abandonado por Pfister. A aquella ruptura siguieron amenazas; durante varios años no se habían ejecutado. Pfister se había hecho soldado, pero continuaba viajando, en particular para vender porcelana cuando conseguía un permiso. No se había apartado del todo del mundo en el que aún le guardaban rencor. Un encuentro con Ursula, hijastra de Hannikel, lo devolvió al alcance de sus enemigos.
Según el relato extraído del sumario y publicado en 1787 por Christian Friedrich Wittich, Ursula avisó a los hombres de un encuentro concertado con Pfister. Hannikel aprobó la expedición. Wenzel, Duli, Nottelen y otros participaron en la emboscada. Algunos pretendían mutilarlo; otros, quebrarle los miembros; la eventual huida del soldado debía impedirse con las armas. La supuesta reparación de una ofensa privada había adoptado la forma de una empresa colectiva.
Una venganza bajo los árboles
En la tarde del 4 de abril, los hombres se aproximaron al lugar convenido y se apostaron a los lados del camino. Ursula debía retener la atención de Pfister. Cuando este comprendió el peligro, ya estaba cercado. Las armas de fuego empleadas en los primeros instantes fallaron; los garrotes y las hojas ocuparon su lugar. Pfister intentó escapar, pero fue alcanzado, derribado y golpeado por varios asaltantes. La violencia se prolongó hasta dejarlo prácticamente inmóvil.
Los interrogatorios deslindarían más tarde los actos atribuidos a unos y a otros. Hannikel habría sujetado a la víctima infligiéndole mutilaciones; Wenzel habría asestado golpes con su arma blanca; Duli y Nottelen, con sus garrotes. Cada cual intentaría luego reducir su propia iniciativa amparándose en la autoridad del cabecilla. Pero la escena había dejado heridas que los cirujanos pudieron constatar y un testigo que, durante algunas horas, había sido el propio herido.
La noticia corrió con rapidez. Los nombres recogidos se difundieron en requisitorias de busca y captura. En Sulz, el magistrado Jacob Georg Schäffer, ya empeñado en la persecución de las cuadrillas, organizó las pesquisas. Se apoyó principalmente en dos hombres que conocían a los prófugos: Matthes y Hans Jerg Reinhardt. Su colaboración era remunerada, y su conocimiento directo de las personas valía más que las vagas descripciones con que las cancillerías solían acompañar sus peticiones. Las pistas de la justicia descansaban en vínculos humanos que el acusado aún confiaba en poder negar.
Se practicaron detenciones en Wurtemberg. Otros miembros del grupo habían huido hacia Suiza. En el mes de agosto llegaron noticias desde Coira: varios sospechosos habían sido apresados cerca de Zizers, después de que una partida de cazadores encabezada por el conde de Salis diera con su campamento. Schäffer obtuvo autorización para ir a buscarlos. Partió con una escolta y carruajes, llevando consigo a un hombre capaz de desenmascarar a quienes pretendieran comparecer bajo otra identidad.
El hombre que renegaba de su nombre
En Coira, los interrogatorios comenzaron por la filiación. Hannikel sostuvo que se llamaba Kilian Schmid y que era cazador de oficio. Le confrontaron con el delator y luego con sus propios hermanos. El reo persistió. La obstinación no mudaba las facciones, pero demoraba el instante en que habría de responder por los hechos: antes de figurar como un homicida sujeto a extradición, prefería pasar por un caminante apresado por error.
Entonces, en vísperas de la partida, se evadió. La guardia descubrió que un prisionero minuciosamente aherrojado podía esfumarse. Schäffer se vio obligado a negociar a un tiempo con los magistrados locales, con los hombres encargados de recapturar al fugitivo y con aquellos a quienes ahora disputaba las costas de custodia carcelaria. En la crónica de la época, los gastos de encarcelamiento ocupan un lugar casi tan enojoso como la propia fuga. Había que pagar para que le entregaran a un reo; y aquel que debían entregar ya no estaba allí.
Las batidas se extendieron a las montañas. Hannikel intentó ganar un paso alto, tropezó con la nieve y buscó otra vereda. Varios campesinos lo habían avistado; los testimonios acabaron por guiar a los perseguidores. Capturado tras un nuevo intento de huida, fue conducido a Ragaz y luego a Sargans. Ensayó todavía una identidad distinta, la de Johannes Lagarell, y suplicó que no lo entregasen a las autoridades extranjeras. Schäffer acudió de nuevo por él. En septiembre de 1786, la comitiva arribó a Sulz; esta vez, las puertas de la prisión se cerraron definitivamente tras sus pasos.
Las confesiones no llegaron de golpe. Los careos se sucedieron sin tregua. Los miembros de la cuadrilla, interrogados por separado, detallaron sus desplazamientos y asaltos. Duli aportó un indicio comprobable: la pistola de Pfister había quedado en manos de un vecino de Abtsgmünd. Se ordenó su incautación y el arma llegó a Sulz. La causa ya no dependía únicamente de testimonios cruzados que los reos pudieran desmentirse entre sí; un objeto material venía a recorrer el mismo camino que uno de ellos le había trazado.
Las causas del pasado vuelven a abrirse
Tras el homicidio salió a la luz una dilatada serie de robos. La casa rectoral de Eltingen, talleres, alquerías y varias familias de comerciantes judíos habían sido objeto de asaltos. Algunas acciones eran simples hurtos con allanamiento; otras habían sumado al saqueo torturas destinadas a forzar la entrega de caudales ocultos. En Dettwiller y en Marienthal, la banda había fingido además ser un destacamento militar francés encargado del decomiso a un contrabandista. El uniforme o el mando fingido servían para desarmar la resistencia del vecindario.
Aquellas víctimas judías no eran meros figurantes en una peripecia de salteadores de caminos. Sus pérdidas, sus heridas y sus declaraciones pasaron a formar parte de las piezas del proceso. En Marienthal, Hannikel rebatió ciertos tormentos denunciados por el dueño de la casa; su hermano lo contradijo. El pormenor revela una instrucción consagrada a cotejar versiones, aun cuando la obra impresa que nos la transmite mezcle los hechos con los prejuicios de su tiempo hacia los grupos que describe.
Un descubrimiento alcanzó asimismo a víctimas de muy distinta condición. Tras el saqueo de Mittelbronn en 1768, siete hombres de Lutzelbourg habían sido condenados: cuatro a la pena capital y tres a galeras. Sin embargo, Hannikel y Wenzel señalaron a otros participantes. Interrogados de nuevo, afirmaron categóricamente no conocer a los sentenciados como cómplices. El impreso de 1787 denunció un error judicial y exhortó a buscar a los supervivientes. El texto no permite seguir aquí el curso de semejante llamamiento; evidencia, en cambio, cómo la instrucción seguida contra una cuadrilla podía reabrir una causa que los fallos habían dado por concluida con excesiva premura.
Al término del proceso de Sulz, Hannikel, Wenzel, Duli y Nottelen fueron condenados a la horca. El 17 de julio de 1787 fueron conducidos al lugar del suplicio. Hannikel debía perecer el último, tras presenciar la ejecución de sus compañeros; se obligó a comparecer a varios miembros de sus familias para que presenciaran el cadalso. El acto pretendía ser un escarmiento público, concebido incluso para los niños a quienes se forzaba a contemplar el destino de su padre.
La justicia había recobrado al soldado en las confesiones de sus agresores, y tras ellas había desenterrado años de moradas saqueadas. No había devuelto la vida a Pfister, ni subsanado los yerros que ella misma pudiera haber consumado en otros fueros. Cuando el carruaje se detuvo al pie de la horca, concluían al unísono dos movimientos opuestos: a los fugitivos ya no les quedaba camino abierto; ciertas causas, que se creían sepultadas dieciocho años atrás, acababan apenas de recomenzar.
