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Justicia y escándalos · Francia

Los dos muertos del puente de Andert

Un notario regresa de noche con su esposa muerta y relata el ataque de su criado, a quien él mismo acaba de matar. Entre peritajes y reputaciones, el proceso Peytel convierte cada detalle en una acusación.

Cuando Sébastien-Benoît Peytel trajo a su esposa de vuelta a Belley, reclamó la presencia de médicos con una insistencia que la justicia no tardaría en volver en su contra. Llamaba a voces, golpeaba las puertas, suplicaba auxilio. Félicité Alcazar yacía en el carruaje. Fue declarada muerta; él exigió aún que acudieran otros facultativos. En el relato que la acusación se disponía a levantar, aquella agitación no sería la de un marido despavorido. Se convertiría en una comedia demasiado forzada, la primera falta de un actor criminal.

Otro cuerpo había quedado sobre el camino, cerca del puente de Andert: el de Louis Rey, el criado. Peytel admitía haberlo matado a golpes de martillo. Afirmaba que Rey había disparado antes contra su esposa con la intención de robarles. El superviviente traía consigo, al mismo tiempo, una muerte que confesaba, una muerte que atribuía al difunto y una relación de los hechos que nadie podía verificar de principio a fin. El caso se abría bajo esta desigualdad implacable: dos de los tres viajeros ya no volverían a hablar.

El regreso de Mâcon

El matrimonio y su criado regresaban de una estancia en Mâcon. Peytel ejercía la profesión notarial en Belley tras haber frecuentado los círculos literarios parisinos. Había desposado a Félicité pocos meses atrás. El viaje se realizaba en dos carruajes, uno de los cuales transportaba el equipaje bajo la custodia de Rey. A finales de octubre de 1838 habían partido de Mâcon, pasado por Bourg y hecho escala en Pont-d'Ain; el 1 de noviembre reanudaron la marcha rumbo a Belley.

Según Peytel, los pequeños contratiempos del trayecto habían presagiado la traición del sirviente: reticencias a subir el dinero a una alcoba, silencios, mala disposición frente a la lluvia. Transportaba 7 500 francos. Aquella suma era, según su versión, lo que había inducido a Rey a tenderle una emboscada. A medida que avanzaba la instrucción, cada parada se convertía en un lugar que convenía revisitar, cada posadero en el depositario involuntario de algún indicio que los viajeros hubiesen dejado tras de sí sin advertirlo.

Más allá del puente de Andert, narraba el notario, resonó un disparo. Su esposa se hallaba a su lado en el coche; él disparó hacia una figura en la que reconoció a su criado y se lanzó en su persecución. Declaró haber golpeado a Rey con el martillo que llevaba consigo, hasta darle muerte. Cuando fue después en busca de Félicité, la halló en un terreno anegado, cerca del curso de agua. Logró finalmente recabar la ayuda de dos hombres, los Thannet, padre e hijo, para devolverla al carruaje y alcanzar Belley.

Los Thannet podían dar fe del auxilio solicitado y del cuerpo transportado. No habían presenciado el primer disparo. Ese límite separaba la porción comprobable del regreso de la tragedia que la había precedido. Cuanto había ocurrido antes dependía por entero de las palabras de Peytel, de las heridas, de los objetos hallados y del modo en que se lograse articular todo aquel conjunto.

El dinero de Félicité

Los magistrados examinaron los cadáveres, las armas y el escenario de los hechos. Buscaron asimismo un móvil distinto al robo de los 7 500 francos. El matrimonio se lo brindó. Félicité poseía bienes; las disposiciones financieras conyugales, las sumas de las que el marido había dispuesto y el testamento que ella había otorgado en su favor concitaron el interés de la instrucción. Una unión desdichada, un caudal por percibir, una esposa muerta: la acusación había encontrado la línea que le permitía enlazar el hogar con el camino real.

No se trataba de una objeción menor. El testamento concedía al superviviente un beneficio que la muerte convertía en realidad tangible. Mas los documentos notariales no habían presenciado la escena de Andert. Para pasar del interés en matar a la prueba material de un asesinato, mediaba aún una distancia que los semblantes morales no bastaban para salvar. No obstante, se confió a la correspondencia conyugal y a los recuerdos de viejas disputas la carga de explicarlo casi todo.

La reputación de ambos hombres entró de igual modo en pugna. Los testigos hallados a lo largo de la ruta no describían forzosamente al Rey sombrío y díscolo anunciado por su señor. Varios lo habían encontrado solícito o conversador. Su pasado militar, sus antiguos patronos y quienes lo habían tratado fueron convocados para preservar su memoria. Enfrente, el pasado literario y financiero de Peytel alimentaba sospechas de ambición, dispendio y probidad dudosa. El muerto y el vivo recibían paulatinamente carácteres tan nítidamente opuestos que bien hubiera podido creerse el reparto sellado antes de la vista.

Lo que el presidente juzgaba imposible

Durante el juicio, el interrogatorio volvió a centrarse en los movimientos de los hombres. ¿Cómo pudo Peytel alcanzar a un criado robusto que había emprendido la huida antes que él? ¿Por qué habría corrido Rey en línea recta en lugar de internarse en el bosque? ¿De qué modo habría manejado al mismo tiempo un capote de montar, un látigo y una pistola? Las preguntas transformaban el sendero nocturno en un espacio de demostración geométrica. Se exigía al superviviente reproducir al milímetro una carrera de la que afirmaba no haber podido contar los pasos.

El debate médico revestía una gravedad aún mayor. Se discutieron la distancia del disparo, la trayectoria de las heridas y la capacidad de Félicité para articular palabra tras ser alcanzada. Peytel aseguraba que su esposa le había dirigido frases inteligibles; los dictámenes periciales esgrimidos en su contra parecían excluirlo por completo. Suplicaba que se escuchasen dictámenes profesionales discrepantes. Su defensa tropezaba con este obstáculo: todo lapsus de memoria podía erigirse en mentira, y toda mentira aparente, en prueba del doble homicidio.

El jurado lo declaró culpable. La condena a muerte se pronunció el 30 de agosto de 1839. En París, Balzac asumió su defensa con vehemencia. Había conocido a Peytel y consideraba que la instrucción había seleccionado únicamente cuanto lo abrumaba, desdeñando las pesquisas que habrían podido favorecerlo. En su carta publicada en septiembre, impugnaba en particular el empleo de antiguos desajustes contables para componer la semblanza de un hombre codicioso. Una supuesta irregularidad en una notaría no bastaba, insistía, para explicar dos cadáveres.

El escritor inglés Thackeray se interesó igualmente por la causa. No compartía sin reservas la certidumbre balzaquiana acerca de su inocencia; censuraba, más bien, la manera en que meras hipótesis eran presentadas como axiomas indiscutibles y el modo en que el relato acusatorio predisponía los afectos del público. Dos hombres de letras intervenían así al margen de un proceso donde cada bando reprochaba al contrario estar urdiendo una novela.

El recurso de casación fue desestimado; el indulto jamás llegó. El 28 de octubre, Peytel fue ejecutado en Bourg. La crónica de la época recogida por Thackeray lo muestra resuelto a marchar hacia el cadalso por su propio pie. Aquella postrera compostura fue escrutada con el mismo apetito de interpretación que sus primeros gritos en Belley. Era posible descifrar a un hombre hasta en el porte de sus pasos; resultaba infinitamente más arduo regresar al camino de Andert, en la noche del crimen, y hacer hablar allí a los dos muertos.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El capítulo The Case of Peytel de Thackeray fue consultado íntegramente: reproduce el acta de acusación, fragmentos de las vistas del juicio y una crónica de la ejecución, al tiempo que formula una crítica de la justicia francesa. La primera parte de la carta de Balzac, aparecida en la Gazette des tribunaux del 28 de septiembre de 1839, se ha revisado para contextualizar los antecedentes y su censura a la instrucción sumarial. Estas intervenciones no suponen una rehabilitación judicial en sentido estricto. La reconstrucción de la noche del 1 de noviembre se atribuye de manera constante al testimonio de Peytel; no se han incorporado los ataques personales dirigidos contra su esposa.

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