Al regresar del pozo, la mano del vicario sangraba. El brigada reparó en ello, y el abate Bruneau explicó que se había desollado al buscar a su párroco. Podía ser la herida de un hombre que había intentado socorrer a otro. Podía convertirse también, en una investigación ya colmada de sospechas, en el rastro de una violencia previa. Entre ambas lecturas, una hora iba a cobrar una trascendencia atroz: ¿en qué momento exacto había descendido Bruneau?
El 3 de enero de 1894 se descubrió el cadáver del cura Fricot en el pozo de la casa rectoral de Entrammes. Había desaparecido la víspera. Su vicario vivía con él, junto al ama de llaves. El herrero Pivert alertó a las autoridades y tomó parte en las primeras pesquisas. Según la declaración que prestaría ante la audiencia, Bruneau le reprochó haberse apresurado a propagar la noticia; acto seguido, el vicario se hizo descender para intentar izar el cuerpo. A partir de aquella mañana, cada uno de sus movimientos fue escrutado dos veces.
El examen médico dictaminó que Fricot había sufrido violencias gravísimas. El doctor Dupré atribuyó el fallecimiento a una fractura de cráneo, no a una asfixia por inmersión prolongada. Las erosiones en manos y pies, donde se habían incrustado guijarros, le inclinaron a pensar que el sacerdote intentó trepar apoyándose contra las paredes. En el pozo se habían arrojado leños. El cadáver no presentaba la simple historia de un despeñamiento fortuito, y los objetos hallados pasaron a ser las piezas de convicción de un crimen.
La sangre asomó además en otros lugares. El perito químico Gallereau detectó manchas en pañuelos y servilletas pertenecientes al acusado, así como en el armonio de la rectoría. El médico advirtió escoriaciones recientes en las manos de Bruneau. La acusación hilvanó tales observaciones; el vicario les oponía las fatigas padecidas durante las pesquisas en torno al pozo. El auxilio intentado tras el hallazgo amenazaba con erigirse en la coartada de las marcas que lo señalaban como sospechoso.
Pivert declaró que en un principio el vicario situó su herida hacia las tres. El ama de llaves afirmó, por el contrario, que a esa hora aún no se había emprendido búsqueda alguna: las exploraciones se iniciaron tras el regreso de Bruneau de la Trapa, adonde había acudido a solicitar un sustituto para oficiar la misa. Ante los jueces, el reo arguyó que no había pretendido fijar una hora precisa. Las tres o las seis: la discrepancia que él presentaba como mera aproximación se transmutaba, para sus detractores, en flagrante contradicción.
En torno al difunto se volvió a hablar asimismo de dinero. Fricot había sufrido un robo que lo dejó en precaria situación; había implorado el socorro del abate Landais, un viejo amigo. Este describió ante la audiencia a un hombre meticuloso, que consignaba sus cuentas en un libro diario. Tras el óbito, no halló rastro de aquel cuaderno ni de una suma que sabía obraba poco antes en su poder. Sin embargo, al inquirirle el presidente del tribunal si Fricot había señalado alguna vez a Bruneau como su expoliador, su respuesta fue tajante: no.
Otros testigos evocaban palabras más ambiguas. Fricot habría aseverado conocer a quien lo había despojado, negándose luego a revelar su nombre. Un propietario relató que Bruneau contradijo a su párroco tras una manifestación de tal tenor: si en verdad conocía al ladrón —vino a decir—, acudiría a la gendarmería. Las frases truncas del difunto y las réplicas del vivo pasaban de la conversación cotidiana al acta judicial. Cuanto se había silenciado por prudencia, o por incertidumbre, cobraba ahora una pesadumbre reveladora.
Las sospechas arrojadas sobre Bruneau rebasaron pronto los muros de la rectoría. Se examinaron sus dispendios, sus ausencias, los hurtos que se le imputaban desde su juventud. En la vista del 9 de julio, el presidente confrontó la parquedad de sus rentas con las sumas que habría dilapidado. Él replicó que había socorrido a su familia y podía justificar el origen de sus caudales. Los reproches sobre su conducta eclesiástica se entreveraban con los que pretendían cimentar un asesinato. Para el reo, ningún resquicio de su existencia quedaba al abrigo de la sospecha.
Se le atribuyó igualmente el asesinato de la viuda Bourdais, una florista de Laval ultimada el año precedente. El doctor Accolas describió sus heridas, el cuchillo recuperado, los vestigios dejados en la alcoba. Mas la minuciosidad de un informe pericial no bastaba para designar al matador. Este segundo sumario sobrecargaba el proceso antes incluso de que cada indicio encontrase su justo encaje. Bruneau se hallaba en el vórtice de una trama de crímenes y desmanes cuyos hilos correspondía desenredar a sus jueces.
Una declaración tardía apuntaló aún más el legajo. En abril, sor Louise Bouvier atribuyó al vicario unas palabras según las cuales los leños se arrojaron sobre el cuerpo para hacer pasar un suicidio por un crimen. El historiador Jean-François Tanguy destaca que esta religiosa ya había sido interrogada en reiteradas ocasiones sin referir jamás semejantes términos. Lo tardío de la memoria tornaba frágil el testimonio; no impidió a los magistrados esgrimirlo como un argumento de peso.
El juicio se celebró en Laval del 9 al 12 de julio. L’Écho saumurois describe las ropas ensangrentadas, los pesados maderos y el teclado del armonio exhibidos ante el tribunal como piezas de convicción. Frente a tales despojos, Bruneau respondía con sequedad y conferenciaba con su letrado, el abogado Dominique. El cronista pretendía adivinar la violencia estampada en sus mismas facciones. Tal certidumbre fisonómica delataba también la impaciencia de quienes exigían que el semblante prefigurase ya el veredicto ansiado.
El 12 de julio, tras el informe fiscal y los alegatos de la defensa, se dictó la condena a muerte. Su defensor prosiguió las diligencias. A finales de agosto, el señor Dominique fue recibido por el presidente Casimir-Perier; según el despacho inserto en L’Écho saumurois, insistió en la total ausencia de premeditación. Circularon rumores de indulto, que fueron luego desmentidos. La orden de ejecución llegó a la fiscalía. Los periodistas aguardaban el regreso del letrado en la estación de tren; los preparativos del cadalso, en cambio, no aguardaban ya.
La mañana del 30 de agosto, Bruneau hizo entrega de una epístola en la que confesaba faltas contra la castidad, mas negaba con firmeza los crímenes que se le imputaban. Escuchó misa, comulgó y fue conducido al cadalso. La prensa dio cuenta de los clamores y aplausos del gentío. Su muerte puso término al trámite judicial; no convirtió retrospectivamente cada sospecha en una certidumbre.
Mucho tiempo después, Jacques Leconte reexaminó las actuaciones y sostuvo la inocencia del ajusticiado. Dicha relectura atizó la controversia; no debe confundirse empero con una rehabilitación solemnemente pronunciada por un tribunal de justicia. La causa conserva así sus dos imperativos éticos: no relegar al olvido al cura Fricot, inmolado en su propia morada, y no permitir que la infamia de un encausado ejecute por sí sola la labor que en derecho corresponde a las pruebas.
