El sastre pidió que se descosiera el cuello. Había reconocido el traje; para probarlo, señaló un detalle que los magistrados no podían advertir: una carta de baraja dispuesta entre la tela y el forro para conferir cuerpo y rigidez a la prenda. Se trataba, según afirmó, de un rey de picas. Se abrió la costura. En el relato publicado por el doctor Chartier en 1897, la estampa emergió y devolvió al difunto una identidad que los años y la ocultación casi habían borrado.
El hombre desaparecido era Pierre Baillet, presidente de la Cámara de Cuentas de Dijon. El 6 de septiembre de 1638, había anunciado que visitaría a su primo Philippe Giroux, presidente con birrete del Parlamento. Este último debía partir al día siguiente hacia Rennes, donde lo reclamaba otro asunto judicial. Baillet entró por la noche en su mansión, acompañado por su criado Neugot, apodado Baudot. Se les vio llegar; ya no se les vio salir. A la mañana siguiente, Giroux abandonó Dijon según lo previsto.
Semejante ausencia no podía permanecer circunscrita al ámbito familiar. Baillet poseía un nombre, un cargo, deudos y adversarios; su desaparición conmovió a un círculo donde cada quien conocía las alianzas de los demás. Se atribuía a Giroux una relación ilícita con Marie, la esposa de su primo. El presunto amor brindaba un móvil; las rivalidades y las protecciones políticas ofrecían otros. El rumor engendró de inmediato una explicación. A los jueces les correspondía hallar algo más sustancial que aquello que la ciudad repetía.
Una primera indagación no arrojó nada decisivo. La madre de Baillet perseveró en sus diligencias; en marzo de 1640, se confió una instrucción a los consejeros Jacquot y Millière. Su posición resultaba espinosa. El sospechoso pertenecía a su mismo tribunal, disponía de influencias poderosas y era sumamente capaz de impugnar con pericia cada una de sus providencias. Varios magistrados hubieron de prestar juramento de guardar secreto. No se trataba únicamente de rastrear unos cuerpos: el Parlamento investigaba en el seno mismo del estrato del que emanaban su autoridad y sus lealtades.
Giroux se defendió con vehemencia. Denunció una persecución, embistió contra Saumaise de Chasans, su enemigo declarado, e incriminó a cuantos aportaban datos al proceso. Chartier refiere amenazas dirigidas a testigos y mesoneros susceptibles de darles cobijo. Un monitorio, leído en las parroquias, conminó a revelar lo que se supiera bajo pena de excomunión. Entre el temor al amo y el miedo a la Iglesia, la servidumbre se vio impelida a declarar en un trance que distaba mucho de una libre conversación.
Éléonore Cordier atrajo la atención de Jacquot por sus respuestas. Servía en la casa de Giroux; la corte dispuso su ingreso en la Conciergerie, oficialmente para sustraerla a las intimidaciones. Las pesquisas condujeron a un baúl que la doncella había enviado a Langres, a casa de una antigua señora. Contenía armas y un sombrero. El baile Humblot recordaba un sombrero de copa baja, hendido como por la punta de una espada. Ahora bien, Baillet acostumbraba a usar precisamente ese modelo. De pronto, un accesorio adquiría el valor de un nexo verosímil entre el desaparecido y la morada del sospechoso.
Cuando el baúl fue llevado de vuelta a Dijon, el sombrero ya no coincidía con la descripción. Humblot mantuvo su testimonio. Cabía dirimir entre una confusión y una sustitución. La instrucción acreditó, según refiere Chartier, que Giroux había tomado prestado el sombrero ordinario que ahora yacía en el arca. La pieza de reemplazo acusaba casi con tanta fuerza como aquella que se pretendía haber esfumado. A ojos de los comisarios, tal cambio delataba una maniobra destinada a confundir el rastro; para la defensa, todo aquel andamiaje seguía abierto a controversia.
El siguiente hallazgo se produjo el 8 de abril de 1641. Ciertas deposiciones, algunas de ellas arrancadas bajo tortura, guiaron a los magistrados hasta la vivienda de la señora du Vigny, madrina de Giroux. Benoît Giroux, padre del inculpado, los acompañaba. En un gabinete se hallaba una tinaja de salazón cerrada con llave. En su interior, sacos, osamentas y jirones de vestiduras: una bota, unos zapatos, una espuela. Los dos ausentes retornaban a la causa bajo la forma menos reconocible y, no obstante, la única que el derecho podía constatar.
Dos cirujanos examinaron los huesos y reconstruyeron dos cuerpos masculinos. Las prendas fueron mostradas a oficiales de cada oficio. El sastre Deloigny reconoció una labor confeccionada para Baillet y anunció la presencia del naipe en el cuello; un zapatero identificó su calzado. El padre de Giroux admitió haber ordenado el traslado de unos cadáveres hallados en el jardín de su hijo. Los comisarios trababan así los despojos humanos, las costumbres del vestir y el peregrinaje de un depósito clandestino. Cada indicio, considerado de forma aislada, suscitaba dudas; reunidos, cimentaban la convicción en la que los jueces habrían de fundar su fallo.
El 2 de mayo de 1643, Giroux compareció ante dieciséis magistrados, excluidos sus parientes del tribunal juzgador. Se le vedó portar las insignias ordinarias de su dignidad. Las osamentas ensambladas fueron presentadas como las de Baillet y Baudot. El reo se negó a reconocerlas y sostuvo que era víctima de sus adversarios. El interrogatorio entrelazaba el doble homicidio con otras imputaciones, muchas de las cuales no deben confundirse con los hechos expresamente recogidos en la sentencia. El juicio puso a prueba asimismo la solidez de unos testimonios que se retractaban o esquivaban las preguntas.
El 8 de mayo, la corte lo declaró culpable del doble asesinato, de una tentativa contra du Magny y de diversas maquinaciones urdidas para forjar acusaciones calumniosas o desacreditar a los testigos. Pronunció su degradación, la vergüenza pública y la decapitación en el Morimont. El fallo imponía igualmente multas y desagravios, otorgaba una indemnización a la hermana de Neugot y ordenaba la sepultura de las osamentas en Notre-Dame. El criado recobraba así, por virtud del auto, una familia y un lugar diferenciado del presidente al que había servido.
Giroux fue ejecutado ese mismo día. La crónica recogida por Chartier describe varios golpes fallidos del verdugo y una multitud enfurecida que amenazó al ejecutor hasta ser dispersada. Consigna asimismo que Giroux no denunció a Marie Baillet como cómplice. Por tanto, su condena no arrojó la confesión generalizada que sus enemigos ansiaban. La escena pormenorizada del crimen no se desveló sino más tarde, en la deposición prestada en enero de 1646 por el antiguo sirviente Aubriot, apodado La Valeur: sobre la agresión misma, este se remitía señaladamente a lo referido por otro criado. Semejante revelación tardía en ningún caso pudo haber servido de fundamento a una sentencia ya ejecutada.
El proceso se ha narrado a menudo como una tragedia pasional donde cada pieza ratificaba con fatalidad el desenlace. No obstante, encierra una trama mucho más rigurosa: dos hombres desaparecen, una madre reclama justicia, unos magistrados se enfrentan a uno de los suyos y los objetos cobran voz a través de las manos que los manufacturaron. El rey de picas no revelaba quién había asestado las cuchilladas. Revelaba que aquella vestidura había pertenecido a Baillet. Entre esa certeza material y la convicción del relato, el proceso judicial hubo de abrirse penosamente camino.
