La madre había recuperado a su hijo; ocho días más tarde, volvió a perderlo. Esta vez no regresó jamás. En la declaración judicial de la viuda Chauveau, sombrerera de la rue Gréneta, el caso Deschauffours comenzaba con un encargo de sombreros y concluía en una ausencia irremediable. Entre ambos extremos mediaron un muchacho devuelto a las once de la noche, lágrimas, magulladuras, y la cólera estéril de una mujer arrojada a la calle cuando acudió a exigir explicaciones.
Los hechos que refería se remontaban a 1719. El muchacho había salido a entregar unos sombreros de castor a un cliente. La palabra designaba una mercancía honesta; la jornada debió concluir con un pago puntual o, a lo sumo, con uno de esos regateos de los que vive el pequeño comercio. El joven no regresó. Su madre corrió a casa de Deschauffours y logró rescatarlo. En el camino de vuelta, el mozo le relató que lo habían conducido a otra casa, en la rue Montmartre, donde varios hombres habían abusado de él. Jamás fue capaz de reconocer aquella puerta. Una semana después, tras salir para asistir a misa, se desvaneció sin dejar rastro.
El padre aún vivía entonces. Había impedido denunciar el hecho a la justicia, temeroso de que el descrédito manchara su casa. Aquella cautela, dispuesta para salvaguardar la honra familiar, dejó a la criatura en el más absoluto desamparo. Cuando la viuda pudo por fin confiar su relato a la policía, habían transcurrido años enteros. Otras declaraciones comenzaban a converger con la suya; las señas y las identidades coincidían. Tras diversas figuras que los testigos habían tratado por separado, asomaba un mismo individuo: Deschauffours, quien se hacía llamar Duplessis, Préau o con cualquier otro alias, mudando de semblante social como quien cambia de alojamiento.
Frecuentaba a nobles titulados, recibía a forasteros y colocaba a criados. Aquel comercio de intermediación le franqueaba el acceso a jóvenes recién llegados en busca de oficio y a familias a las que seducía la perspectiva de una casa acomodada. Los testimonios reunidos en la pesquisa de 1725 describen, tras semejante fachada, agresiones, secuestros y una verdadera trata de personas. Sin embargo, los magistrados englobaban tales tropelías y las relaciones entre hombres bajo una misma condena moral. En semejante léxico procesal, la noción de consentimiento solía eclipsarse; las propias víctimas temían a menudo el castigo reservado a los culpables.
Daniel Perron, mozo al servicio de un tratante de vinos, se topó con aquel engranaje al hacer una entrega. Deschauffours lo sonsacó acerca de sus devaneos amorosos y le propuso luego un protector masculino que, en lugar de costarle dinero, se lo reportaría. Perron se negó y rogó a su amo que no volviera a enviarlo a la morada de aquel parroquiano. El suyo era el testimonio de un hombre que había logrado zafarse a tiempo. Otros desgranaron lo que acontecía cuando la puerta no se abría con tanta presteza.
Un joven saboyano llamado Vaupinesque, apodado Chambéry, declaró haber sido entregado en 1723 al conde de Monticelli. Refirió un asalto carnal en el que Deschauffours había tomado parte activa, seguido de una servidumbre donde la sujeción económica perpetuaba la violencia. El confesor a quien recurrió le habló de condenación eterna y de las llamas del infierno. Para abandonar la casa, el criado devolvió la librea y repartió el dinero recibido. Buscaba romper con su señor; la institución eclesiástica sólo le había enseñado a contemplarse a sí mismo como un réprobo merecedor de castigo.
Una mujer apodada la Picarda guio las primeras indagaciones. El 16 de julio de 1725 dieron comienzo los interrogatorios; dos días después, el teniente general de policía d’Ombreval ordenó el arresto de Deschauffours y su encarcelamiento en la Bastilla. Los testigos no acudían únicamente a denunciar proposiciones o costumbres privadas. La viuda Finet expuso el caso de su hijo Henri-Hilaire, sumido en un letargo anormal tras haber bebido en casa del encausado y devuelto a su hogar con graves lesiones. Dos cirujanos lo habían examinado. Su informe del 10 de julio, reproducido décadas más tarde por Paul d’Estrée, entrevera la constatación de desgarros corporales con explicaciones médicas hoy insostenibles; conserva, ante todo, el clamor de una madre empeñada en que su hijo fuese tratado como una víctima.
Deschauffours lo negó todo. Admitía ciertos tratos mundanos, pero rechazaba de plano los actos que se le imputaban. A cada nombre de linaje aristocrático oponía una relación respetable; a cada acusación, una animadversión personal. Semejante ardid le había servido durante largo tiempo en las casas de huéspedes, donde apenas se conocía al inquilino y a sus visitantes de paso. Ante los pesquisas, sin embargo, se enfrentaba ya a varias vidas que se entrelazaban. Una sirvienta recordaba a un niño golpeado; un cirujano confirmaba haber sido llamado de urgencia; un padre narraba una persecución desesperada por las calles.
Jeanne Trappel había visto llegar a casa de Deschauffours a un muchacho de corta edad que reclamaba a sus padres entre sollozos. Según su deposición, el hombre lo había golpeado brutalmente, para luego explicar al cirujano Vincent que su hijo se había lastimado jugando. La criatura, remitida al Hôtel-Dieu bajo el nombre ficticio de Jasmin, falleció allí poco después. La instrucción judicial descubría así la violencia tras un fingido accidente y una falsa filiación tras la apariencia de cuidados paternales. El alguacil en cuya casa se hospedaba Deschauffours lo despidió de inmediato; el escándalo abandonó la vivienda junto al inquilino, mientras el cadáver quedaba sepultado bajo un nombre ajeno.
Pierre Guillois aportó otra escena dantesca. Su hijo había sido arrebatado, en el arrabal de Saint-Antoine, por un individuo que lo ocultaba bajo una capa encarnada. Había corrido tras él sin lograr darle alcance. Otro criado intentó socorrerlo; el padre sólo retuvo la desgarradora estampa de unos piececitos asomando bajo el paño. Su denuncia no hablaba de componendas ni de un servicio consentido. Narraba un secuestro y la atroz impotencia de un hombre que ve desvanecerse a su sangre a pocos pasos de sus brazos.
Tras una interrupción, el procedimiento se reanudó bajo la autoridad del teniente de policía Hérault. En abril de 1726, Deschauffours persistía en sus negativas y arremetía contra la Picarda. El magistrado lo acosaba con una saña que la crónica de d’Estrée no oculta: llegaba al extremo de esgrimir la negativa a confesar como una prueba concluyente de culpabilidad. El 16 de mayo, el acusado claudicó. Tales confesiones, arrancadas en semejante asimetría de fuerzas, deben deslindarse con rigor de los testimonios con los que coinciden; no obstante, proporcionaron al expediente su armazón definitiva.
Deschauffours admitió haber narcotizado a Finet para entregarlo a dos hombres a cambio de dinero. Reconoció múltiples transacciones, explicó sus mudanzas de nombre y asignó un destino al vástago de la viuda Chauveau: un noble se lo habría llevado consigo a Polonia. El niño muerto en el Hôtel-Dieu recibió asimismo una estirpe: era hijo de un zapatero de viejo llamado Le Nain. En cuanto al pequeño de Guillois, Deschauffours declaró haberlo vendido a un abate y lo situó en Lyon. Para los progenitores, aquellas revelaciones abrían acaso una senda de búsqueda; mas no devolvían a nadie a la estancia vacía.
La condena y el suplicio se sucedieron en mayo de 1726. Deschauffours fue conducido a la plaza de Grève para ser arrojado a las llamas, merced a una cláusula de gracia que preveía su estrangulamiento previo. Las crónicas de la época discrepan sobre si tal atenuación se cumplió efectivamente. La muchedumbre presenció el fin de un reo cuyo juicio nutriría coplas populares, chanzas cortesanas y enconadas disputas filosóficas. Los ilustres linajes salpicados acapararon bien pronto las tertulias. Resultaba más ameno ventilar el escándalo mentando a marqueses que a una modesta sombrerera.
La viuda Chauveau, sin embargo, había formulado la interrogante más elemental y desgarradora de todo el proceso: ¿dónde estaba su hijo? La sentencia había designado a un culpable; la pira funeraria había clausurado el espectáculo público. La única respuesta brindada a la madre quedaba confinada a un paraje remoto, balbuceado entre las actas de un interrogatorio. Entre el crimen expiado y el hijo recobrado mediaba ese abismo insondable que los fastos de la justicia suelen dejar a sus espaldas.
